domingo, 4 de abril de 2010

Decir tonterías es gratis... o hasta te pagan (y un pastón)

Declaraciones de la Ministra de Cultura (¿?) Ángeles González-Sinde en relación al (por otra parte nada fundamentado) rumor de que las productoras norteamericanas se planteaban no distribuir DVD´s de sus películas en España debido a la piratería: "Tradicionalmente, en los países mediterráneos es dificil hacer entender que las cosas inmateriales pueden tener el mismo valor que las materiales".

Aunque para cualquiera con dos dedos de frente (a no ser que estén invadidos por dos cejas en forma de ^) estas palabras sólo pueden llevar a la risa o a la indignación (depende del "callo" que cada uno haya hecho ya en su maltratada mente), permitidme que haga un comentario a esta aseveración, recordando las palabras que un antiguo profesor le espetó a un compañero de colegio años ha: "tú eres tonto(a) y en tu casa no lo saben... ves, llámalos por teléfono, y se lo dices". En la anécdota original el por otra parte buen chaval se marchó de la clase, llamó a su domicilio como le habían ordenado, pero en ese momento no se encontraba nadie en su casa al que comunicar el descubrimiento/confesión. Supongo que si llamase la ministra y se lo cogieran, le contestarían que algo ya sospechaban, ya...

Esta mujer o es tonta (que dice tonterías, aunque la mamá de Forrest Gump incluyese la acción y omitiese la palabra como elemento definitorio del sujeto merecedor de tal consideración) o se cree que somos gilipollas (con perdón). El caso es que ahí está, de ministra. ¿Qué? ¿Cuánto decís que cobra un ministro? ¿Y reparte miles de millones en subvenciones según criterio propio, filias y fobias personales, sin dar explicaciones? Ay, madre, que va a ser lo segundo, que los tontos somos nosotros y nos la están metiendo doblá... Bueno, tampoco es que esto sea nada nuevo.


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sábado, 3 de abril de 2010

Yo no estuve allí: La Lanza del Destino (II)

Carlomagno se convirtió en Emperador cuando fue coronado por el Papa León III en el año 800. Antes, desde 768, era rey de los francos. Según la leyenda, Carlomagno blandió la lanza del destino en 47 campañas victoriosas. De nuevo las fuentes difieren aquí sobre cómo consiguió la lanza. Mientras unas aseguran que era propiedad familiar, pues ya Carlos Martel la había enarbolado en la batalla de Potiers (732) frente a los musulmanes, otras aseguran que fue un regalo del Papa León III. En este último caso, el arma se conocía como Lanza de San Mauricio, pero se aseguraba que fue utilizada por el emperador Constantino en sus batallas. Aparte del poder que otorgaba la reliquia a quien la poseyera, también tenía una maldición: aquel que la perdiera pagaría por ello con su vida. Precisamente, Carlomagno es la primera víctima conocida de la maldición, pues la dejó caer vadeando un arroyo en Aix-la-Chapelle, en el año 814, muriendo poco después.

A partir de Carlomagno la Lanza de Constantino pasa por las manos de diversas monarquías y grandes casas nobiliarias europeas (los reyes sajones de Inglaterra, la Casa de Borgoña) hasta que en el siglo X nos la encontramos en manos de Enrique el Pajarero, fundador de la casa real de Sajonia. De éste, pasaría a su hijo, Otón I el Grande, coronado emperador por el Papa Juan XII en 962, hecho que se considera el inicio del Sacro Imperio Romano Germánico, toda vez la idea imperial se había venido debilitando desde Carlomagno y la división de su imperio entre sus hijos. Aunque sabía que existía otra Santa Lanza, que podemos llamar de Longinos, en Oriente, creyó que su lanza, la supuesta de Constantino, el había llevado a la victoria sobre sus enemigos, y regaló una copia de la misma a los reyes de Hungría y Polonia (otras fuentes dicen que fue Enrique II el que hizo este regalo). Una de estas copias sería la que se conserva hoy en día en Cracovia (Polonia)

El nieto de Otón el Grande, Otón III, añadió a la lanza un clavo, supuestamente uno de los que sujetaron el cuerpo de Cristo en la cruz, cosiéndolo a la punta con hilos de oro, plata y cobre. Recordemos que la original Lanza de Constantino había sido hecha a partir de uno de los clavos de Cristo (que en principio, al menos los que encontró Santa Elena, eran dos), con lo que si efectivamente ésta fuese la original lanza de Constantino el Grande, ambos clavos encontrarían unidos en el arma. La posesión de la lanza por parte de la dinastía de Sajonia como elemento de justificación divina del poder fue un importante elemento propagandístico en la llamada Guerra de las Investiduras. Igualmente, la dinastía heredera de la anterior, los Hohenstauffen, la utilizaron de manera similar en los inicios de la lucha entre güelfos y gibelinos, que dividieron a Italia dividida durante varios siglos.

El primer Hohenstauffen, Federico I Barbarroja, fue otra víctima de la maldición de la lanza: vadeando el rio Cidno, en Asia Menor, en el año 1190, la dejó caer y murió ahogado. Su nieto Federico II, tras asegurarle el Papa Gregorio VII que la lanza era la que atravesó el costado de Cristo, la llevó a Nuremberg, donde fue custodiada durante 500 años hasta la llegada de Napoleón. En 1350, Carlos IV, emperador germánico de la casa de Luxemburgo, grabó en la lanza la leyenda Lancea et clavus domini (lanza y clavo del Señor) y el Papa Inocencio VI estableció oficialmente su veneración como la Lanza de Longinos.

Pero volvamos en el tiempo y a Asia. En 1204, durante la Cuarta Cruzada, los caballeros occidentales atacaron el imperio bizantino y tomaron Constantinopla, fundando el Imperio Latino de Oriente. Uno de sus emperadores, Balduino II, vendió en 1241 la punta de la lanza (¿la de Constantino?¿La de Jerusalén encontrada por Santa Elena? ¿La de Antioquia recuperada durante la Primera Cruzada? ¿Otra totalmente distinta?) al rey Luis IX de Francia (San Luis), que construyó la Sainte Chapelle para albergarla junto a la corona de Espinas. Allí estuvo hasta la Revolución Francesa, cuando fue trasladada a la Biblioteca Nacional Francesa. Actualmente la corona de espinas está perdida (lo que ahora llaman así es una guirnalda, en conmemoración, supongo) y de la lanza poco se sabe. Eso sí, en el siglo XIV un peregrino decía haber visto las puntas de Paris y Constantinopla y que esta última parecía mucho más antigua que la francesa.

Otra vez a viajar. Hasta ahora una ciudad ha sido la más importante en “número de lanzas”: Constantinopla. Retornemos a ella. En el 1453 cae en manos del Imperio Otomano. Con la ciudad, el asta de la lanza (que o es la de Constantino sin la punta, que a saber dónde está, o es el asta de la de la encontrada por santa Elena, trasladada desde Jerusalén a Constantinopla, donde supuestamente estaba la punta, de la que tampoco nada se sabe entonces, a no ser que una de las dos puntas fuese la de París, que no parece por los testimonios antes comentados, aunque esto fue lo que aseguró el Papa Benedicto XIV en 1700, al considerar que esta punta se complementaba perfectamente con el asta que nos ocupa). En 1492 el papa Inocencio VIII intercambió este asta por el hermano del sultán Bayaceto, y desde entonces se encuentra guardada, junto con otras reliquias de dudosa autenticidad como la Verónica en el interior de uno de los cuatro grandes pilares de San Pedro del Vaticano.

Regresemos a la de San Mauricio, o “de los Habsburgo”. La habíamos dejado en Nuremberg. A principios del siglo XIX, con Napoleón adueñándose de Europa, sacan la reliquia de la ciudad alemana y va a parar a Viena, a la colección de Tesoros Reales de los Habsburgo, conocida como la Schatzkammer (Cámara de los Tesoros). Allí es donde la vió Adolf Hitler por primera vez en 1909, y donde comenzó una obsesión de la que hablaremos posteriormente. Si hemos de concluir en relación a esta pieza que es la que mejor se conoce, desde su posesión por Carlomagno en la actualidad (está en Viena, en el Palacio Hofburg), aunque el problema es que hay pocas probabilidades de que ésta que le llegó a Carlomagno fuese la original de Longinos.

Como vemos, en la actualidad podemos ver cuatro lanzas, la de Cracovia (una copia de la de Viena), la de Echmiadzin (de dudosa historicidad), la del Vaticano (a la que ni siquiera el Papado le hace mucho caso) y la de Viena (la más interesante y de más largo y conocido recorrido histórico, pero que difícilmente es la original). Aunque abundaremos en esta cuarta lanza y su relación con Hitler en un próximo capítulo, la conclusión a la que podemos llegar es que la lanza original de Longinos, si existió, jamás ha sido encontrada, pero su recuerdo, identificado como reliquia en otros objetos ha tenido un gran poder e influjo en la historia de la cristiandad en particular y de la humanidad en general.


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viernes, 2 de abril de 2010

Yo no estuve allí: La Lanza del Destino (I)

La Lanza del Destino, también llamada de Longinos. En realidad, como descubriremos, habría que decir las lanzas del destino. El arma con la que fue atravesado el costado de Cristo en la cruz, y que desde entonces se ha convertido en una de las reliquias más importantes de la cristiandad, sólo superada por el Santo Grial y la Sábana Santa. Con los años este arma se ha convertido no sólo en una reliquia cristiana, sino en un objeto de poder sobrenatural que asegura a su poseedor la victoria sobre sus enemigos y ha sido buscada, encontrada, y blandida por multitud de personajes ávidos de gloria y poder, caso de Carlomagno, Federico II Barbarroja, o el propio Adolf Hitler. Vamos, pues, con la historia de la Lanza del Destino. Advirtamos antes que, más que con la historia de una reliquia, nos encontraremos con la aparición de varias lanzas en determinados momentos históricos que fueron identificadas por sus dueños como la verdadera arma que traspasó el costado del crucificado. Pero empecemos por cómo aparece esta reliquia en la tradición cristiana.

Como ya narré aquí, los judíos no querían que el sábado de la Pascua hubiese crucificados, por lo que pidieron que se diese muerte a los condenados y fueran retiradas las cruces y los cadáveres. Cuando se quería que un crucificado muriese pronto, se le quebraban las piernas y al no poder tomar impulso para exhalar el aire, se asfixiaban. Eso les encomendó Pilatos a sus soldados, que así lo hicieron con los dos ladrones que estaban crucificados junto a Jesús, pero llegando a éste, vieron que ya había muerto. Uno de ellos, le atravesó el costado con una lanza, y manando de él sangre y agua, comprendieron que había muerto. Éste sería el origen de la lanza del destino, narrado en Jn. 19, 31-34. El Evangelio de Juan es el más original de los cuatro, no en vano a los otros tres se les llama sinópticos porque son parecidos. En ellos no se narra la escena de la lanzada, pero sí que se cuenta cómo el centurión romano que custodiaba a los condenados, al ver morir a Jesús, exclamó “verdaderamente era Hijo de Dios” (Mc. 15, 39; Mt. 27, 54) o “verdaderamente era un hombre justo” (Lc. 23, 47). La tradición ha identificado a este centurión con el soldado de la lanzada, y en el evangelio apócrifo e Nicodemo, del siglo IV, se le bautiza como Longinos (derivado de la palabra griega logjié, que significa lanza). A partir de entonces se le han atribuido diversas historias casi milagrosas, como que le comunicó a Pilatos que se había equivocado en su veredicto, que cuando le clavó la lanza, al salpicarle sangre de Cristo se le curó un ojo que tenía enfermo, o que se convertiría en ermita en Capadocia, donde sería martirizado y por ello alcanzaría la santidad (dentro del martirologio romano se le cita como San Longinos).

En cuanto a la lanza, el arma habitual de los legionarios romanos era el pilum, una lanza arrojadiza, pero también existía el hasta longa, más larga y que se asemejaría más a lo que nosotros entendemos como lanza y a la propia historia de la lanzada de Cristo. Estas lanzas tenían una punta metálica de entre 25-30 cm., astil de madera y regatón metálico en el extremo inferior, de modo que medirían en total entre 1´80 y 2´60 metros.

Vayamos pues con la odisea de la reliquia hasta nuestros días.

Empezamos con la historia de “una” de las lanzas. Una vez Jesús fue sepultado (y resucitado para los creyentes), la lanza fue guardada y escondida por las primeros discípulos de Cristo. Tras la rebelión judía del 66 liderada por Simón Bar Giora y Juan de Giscala, el emperador Tito entró en Jerusalén y destruyó la ciudad hasta sus cimientos. Los cristianos, antes de la entrada de las tropas romanas, se llevaron la lanza a Antioquia, en la actual Turquía, una de las ciudades más importantes del cristianismo primitivo. Pasarán casi mil años hasta que se sepa algo de esta lanza antioquiana. Tras la expansión y control musulmán del Próximo Oriente, la ciudad será alternativamente controlada por el imperio bizantino y por pueblos musulmanes, llegando hasta la dominación selyúcida en 1085. En el transcurso de la Primera Cruzada, en 1098, los cruzados comandados por Godofredo de Bouillon logren recuperar la ciudad para la cristiandad. Sin embargo, una vez tras sus murallas, tuvieron que hacer frente al cerco selyúcida. Los cercados estaban en una situación desesperada, sin provisiones y sin agua, y en una gran inferioridad numérica frente al enemigo. Las fuentes difieren aquí sobre si fue un soldado el que dijo haber tenido una visión en la que San Andrés le había indicado que la Lanza del Destino estaba bajo el suelo de la Catedral de San Pedro, o si fueron unos cristianos orientales los que advirtieron de su presencia a los cruzados escondida en la propia muralla de la ciudad. El caso es que la lanza fue encontrada, y, a modo de milagro, esto dotó de un ardor guerrero a los sitiados que a pesar de su inferioridad y crítica situación lograron romper el cerco musulmán y salvar la ciudad, que se convertiría en la capital del nuevo Principado Cristiano de Antioquía. En Echmiadzin, Armenia, se conserva un objeto que aseguran es la lanza encontrada por los cruzados. Sin embargo, según otra fuentes, los cruzados finalmente la donarían al imperio romano de oriente, al emperador bizantino, y, por tanto, viajaría a Constantinopla. Sin embargo, en Constantinopla ya existía otra Lanza del Destino…

Volvemos atrás, y “olvidamos” lo dicho hasta ahora. En efecto, la lanza sería custodiada por los primeros cristianos, y en concreto por José de Arimatea, el rico judío miembro del sanedrín pero discípulo de Jesús. Éste fue recopiló una suerte de “tesoros de la vida de Jesús”, caso del Grial, la lanza, la cruz, los clavos, la corona de espinas y el Sudario de Cristo. Este tesoro estaría en manos de los primitivos cristianos hasta la ya aducida toma de Jerusalén por Tito en el año 70. Alguna tradición de la época sitúa la lanza en manos de San Mauricio, el comandante de la conocida como legión tebana, martirizado por el emperador Maximiliano a principios del siglo III por negarse a perseguir a los cristianos. Llegando el siglo IV, la madre del emperador Constantino, Santa Elena, organizó la búsqueda del Santo Sepulcro en Jerusalén. Debía ser una arqueóloga de excepción (¡y en el siglo IV!) porque encontró todas las reliquias las del supuesto “tesoro” de José de Arimatea bajo un templo dedicado a la diosa Venus. Bien es cierto que la Santa no llevó la Lanza (ni la Vera Cruz, por ejemplo) a Roma, por miedo a cometer sacrilegio, pero no tuvo reparos en llevarse los clavos de Cristo. Santa Elena ordenó erigir una basílica en ese lugar, donde se alza actualmente la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén. En el siglo VI, una tal Antonino (San Antonio de Piacenza), peregrinó a los Santo Lugares, declararía haberla visto en la Basílica del Monte Sión, en Jerusalén. Según nos cuenta el Chronicon Pasquale, cuando en el siglo VII el rey persa Corroes saqueó Jerusalén, se hizo con las reliquias. Empero, un cristiano fue capaz de partir la lanza y sacar de la ciudad la punta, entregándosela al patriarca Nicetas que la llevó a Constantinopla. Cuando en 631 el emperador bizantino Heraclio recuperó Jerusalén, también lo hizo con la parte de la lanza que allí estaba, el asta, pero dejó la punta de la lanza en la capital de su imperio, primero en la Catedral de Santa Sofía, y posteriormente en la Capilla de los Faraones.

El hijo de Santa Elena, el emperador Constantino, se había convertido al cristianismo tras una visión la víspera de su decisiva victoria frente a Majencio en la batalla del Puente Milvio (28 de octubre de 312) donde se le presentó el símbolo de la cruz (más concretamente el lábaro o crismón) y la leyenda “In hoc signo vinces” (con este signo vencerás). Posteriormente, en 313, publicó el Edicto de Milán, que despenalizaba el cristianismo, religión prohibida y perseguida hasta ese momento en el imperio. Pues bien, Constantino, con uno de los clavos de Cristo, se hizo una segunda lanza, al no poder poseer la “original”, llamada desde entonces “la Lanza de Constantino”. Ésta fue considerada también como un objeto de poder, y se mantuvo bajo la custodia de los emperadores bizantinos, al igual que la de Jerusalén.

Llegados a este punto llevamos, ¿cuántas? ¿Tres, cuatro lanzas? Pues en el próximo artículo de esta serie descubriremos otra.
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jueves, 1 de abril de 2010

Semana Santa 2010 (II): ¿Razón y Fe?

¿La lanza del destino? Sí, estoy en ello, estoy en ello. Pero como para empezar a escribir ese artículo he desempolvado todos los libros que tratan sobre los misterios que rodean al cristianismo y a la figura histórica de Jesús, me han entrado ganas de hacer algunas consideraciones. Cientos de autores se han ocupado de estudiar al Jesús histórico, los primeros años de la Iglesia, la historia de la Institución llamada Iglesia, las bases históricas de las escrituras, etc. Todos lo abordan con un método científico y riguroso, o al menos eso dicen. Lo dicen, y seguramente lo dicen de verdad. Otra cosa es que sea verdad, porque quizá ellos sólo piensan que es verdad. Cuando estudiaba las bases filosóficas de la historia, en mis tiempos de Universidad, una idea me quedó muy clara: la objetividad es imposible. Esto no está reñido con el rigor científico, ni mucho menos, pero “yo soy yo y mi circunstancia”, como decía Ortega y Gasset. Por eso, y no sólo en la historia, sino en toda ciencia (esa es una de las cosas que también me quedó claro en aquellos años, la historia es ciencia) el investigador siempre encuentra lo que quiere. No es que tergiverse las pruebas científicas con intención de demostrar sus hipótesis, pero sí que construye toda su investigación en torno a esas hipótesis que dan sentido a todos sus actos y dirigen sus pasos, con la intención de demostrarlas o refutarlas. Esto es más acusado aún en asuntos difíciles de demostrar científicamente por la escasez de pruebas, la poca fiabilidad de las fuentes, la multiplicidad de interpretaciones y la apelación final a elementos que se escapan a la razón humana, como es el caso de lo relacionado con la religión.

Viene esto al caso porque a pesar de las intenciones científicas, y no dudo que sinceras y con buena intención, de todos los que se adentran en el misterio histórico cristiano en sus múltiples facetas, parten de una visión personal que siempre se convierte en intención final: o creen o no creen. Ojo, que nos pasa lo mismo a los lectores, no sólo a los estudiosos: somos mucho más proclives a creer las pruebas científicas de los que corroboran nuestra opinión que lo contrario. Es algo muy humano y de lo que no se puede renegar. Otra cosa es el fundamentalismo y no ceder un ápice a pesar de que todas las evidencias estén en su contra. Para ratificar esto, en la mayoría de los estudios y ensayos que he leído y que ponen en duda ciertos aspectos de la figura de Jesús, dan como válidos otros, que forman parte de su cuerpo de “pruebas” para enjuiciarlos, que son tan dudosos, o más, que los de la propia tradición cristiana. Así ocurre con argumentos que se basan en la gnosis, una supuesta tradición paleocristiana luego retomada por merovingios y templarios, o, como es el último ejemplo que he leido, la propia religión judía.

Este último ejemplo del que hablo es el que me ha animado a escribir estas líneas. Se trata de un libro de Juan Arias, periodista de El País y reputado investigador de todos los temas relacionados con la religión cristiana y con la Iglesia católica. En su obra La Biblia y sus secretos (Santillana, 2004 y Círculo de Lectores, 2005), en un pequeño apartado titulado "Ni Mesías ni Hijo de Dios" aborda la figura de Jesús desde el punto de vista judaico. Asegura que Jesús fue, sobre todo, un judío (y quien lo dude en la actualidad es tonto de toda tontez). Vale, bien. Y posteriormente acomete el estudio de los epítetos atribuidos a Jesús en los Evangelios (hijo de Dios, Mesías, Cristo) y los relaciona con su significado judío. Muy bien. Es interesante. Pero, por último, postula que el cristianismo (aunque él se centra en la Iglesia Católica, olvidando que hay cientos de millones de cristianos no católicos, y eso dice mucho de su visión del problema), para “cuadrar” con la tradición judía, debería renunciar al carácter divino de Jesús, que sólo fue, por tanto, un hombre, excepcional, eso sí, pero un hombre. Apunta también que la religión cristiana no es más (ni menos) que una prolongación de la judía (lo cual no es del todo cierto, porque las palabras de Jesús reformulan muchos aspectos del judaísmo, pero bueno, desde luego Jesús era un judío, por lo tanto la base del cristianismo es hebrea). Y aboga porque algún Papa (olvida de nuevo a millones de cristanos) se “atreva” a poner en solfa el dogma de la divinidad de Jesús. En este razonamiento, sin embargo, yo echo en falta otra vertiente: ¿por qué se ha de tomar como base científica, es decir, verosímil, la tradición judía, y no la cristiana? ¿Por qué no se ha de aceptar la divinidad de Jesús como la culminación de la revelación del dios judío? Claro que entiendo que se haga más difícil creer en Dios que se ha hecho persona, que en una persona que transmite un mensaje pero no es nada más que un ser humano. Claro. Pero ahí está el quiz de la cuestión, “creer”. Se tata de fe. La realidad histórica religiosamente pertinente, muy resumida y sin más, está en las sencillas enseñanzas de Jesús “un mandamiento nuevo os doy: amaos los unos a los otros como yo os he amado (Jn. 13, 34)”. Si te parece bien, bien, si no, pues vale. Es cuestión de fe. Pero sin embargo da rango de autoridad a una tradición como la judaica que, en aras de lo políticamente correcto actualmente, y como él mismo significa en el libro, es tremendamente racista, pues se trata de un solo pueblo elegido, mientras que Jesús universaliza su mensaje.

Y si nos enfrentamos a pruebas científicas nos pasa igual no creáis. Un ejemplo fuera del ámbito cristólógico sería el del mapa de Vinlandia. Supuesto mapa-mundi del siglo XV copiado de un original del XIII, representa una masa de tierra al otro lado del Atlántico a la que llama “Vinlandia” (tierra de vides) y que sería, claro, América. Esto demostraría que Colón no fue el primer occidental en llegar a América. Claro, de que sea falso o no el documento no depende si Colón fue o no el primer europeo en pisar América (seguramente no lo fue, pero sí el que comunicó ambos mundos), pero algunos se lo toman tan a pecho que existen voces a favor y en contra de este mapa: para algunos es más falso que un billete de siete euros, y para otros es la prueba irrefutable de la presencia vikinga en América. Y por muchos estudios científicos que se hacen, cada uno sigue en sus trece, también porque hay intereses detrás que seguramente no tergiversan nada, pero sí determinan la postura personal de muchos mientras no surja la prueba que demuestre absolutamente su veracidad o falsedad, cosa que difícilmente va a ocurrir porque siempre es fácil sembrar dudas sobre todo: el documento, la tinta, los estudios, las condiciones de conservación, las condiciones de los estudios y pruebas científicas, los intereses de los que llevan a cabo los estudios y pruebas científicas, etc. Otro ejemplo: la llegada del hombre a la luna. La mitad de la humanidad cree que es cierto, la otra mitad que es mentira (yo estoy en la primera mitad) Y no nos ponemos de acuerdo. Pues si en estos asuntos “menores” (que no lo son, sólo en comparación con la dimensión histórica del cristianismo) así ocurre, qué deciros de con los que nos ocupan.

Por supuesto no debemos desesperar en nuestra búsqueda de la verdad, pero igual que hay que basarse en las pruebas científicas para conocer y descubrir ciertos aspectos de estos misterios, no debemos olvidar que a menudo estas supuestas demostraciones y evidencias no son asépticas ni totalmente objetivas. En estos casos nos encontramos en terreno resbaladizo, seguramente por eso nos resultan tan apasionantes, pues en la confluencia entre Razón y Fe es difícil mantener el equilibrio y no dejarse llevar y decantarse por uno de ellos, términos que desde hace siglos confrontamos y que a mí me parece deberían ser complementarios, ya que por el momento cada uno tiene su ámbito propio de conocimiento (si me permitís usar esta palabra) y precisamente los mayores problemas e injusticias han venido cuando se ha intentado utilizar uno en la dimensión del otro (habitualmente ha sido el de la Fe en el de la Razón, pero también en los últimos años al revés, por desgracia). Exploremos, estudiemos, conozcamos y adentrémonos en el misterio de la existencia humana, con el mayor de los respetos por los demás y por el propio misterio, que al fin y al cabo es el que da sentido a la vida. Pasen y lean.
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sábado, 27 de marzo de 2010

Semana Santa 2010

Llega la Semana Santa. Vacaciones, viajes, atascos, procesiones, torrijas, Espartaco, Quo Vadis y Ben Hur. Eso suelen ser para muchos estas fiestas. En mi caso, aparte de todas estas cosas, también es la conmemoración de una historia, llamada por algunos la más grande jamás contada, que anualmente me llena de emoción y esperanza. La Pasión de Jesús es un relato vibrante, estremecedor… mu bonito, qué cojones. El sacrificio de ese hombre, su amor hacia los demás, la traición que sufre y acepta, el dolor que aguanta, la injusticia que se ceba con él, la soledad que percibe en sus últimos momentos, la preocupación que muestra por aquellos a los que deja en este mundo… es todo tan humano pero a la vez tan sublime que no pasa un año sin que llegando estas fechas, dos, tres, cuatro o más veces se me ponga la carne de gallina, un escalofrío de emoción recorra mi espalda y, porqué no reconocerlo, alguna lagrimita se me escape, las cosas como son. Supongo que en esta sucesión de sentimientos, amén de lo espectacular y estremecedor de la historia y de la escenografía, algo tiene que ver la Fe, algo que tengo desde que era niño y que espero mantener hasta que me muera. Señalo esto por si algún lector/lectora ha empezado ya a poner pegas a la historia de la Pasión y a los efectos que tiene sobre una gran parte de la población. Cierto es que en muchos casos la Fe será un término que esté fuera de la ecuación, pero como en mi persona se trata de un aspecto central (si no, la figura de Jesús de Nazaret estaría en mi panteón personal a la misma altura que Spiderman, John McLane, Cristóbal Colón, Neil Armstrong o Indiana Jones, por poner unos cuantos ejemplos, y no lo está, claro) ténganlo en cuenta y absténganse de prejuicios muy de moda que de manera irracional, contrariamente a lo que creen, etiquetan como negativo y malsano cualquier cosa relacionada con la religión.

En esta sociedad sin argumentos, donde lo que se lleva es el eslogan repetido una y mil veces sin ningún tipo de sentido profundo (¿y acaso no es eso un dogma como los que precisamente critican estos predicadores de la laicidad?), se ha venido imponiendo la moda de negar todo tipo de validez y provecho a la religión. Dicen referirse al hecho religioso en sí, aunque bien es cierto que en el centro de su diana suele estar el cristianismo, y más en concreto la Iglesia Católica. Si en un principio intentaban justificar su rechazo al hecho religioso desde el punto de vista de la razón, desde tiempo ha la mayoría niegan el uso de la argumentación lógica para hacerlo y lo dan por sentado como si de una verdad inmanente (ergo ¿religiosa?) se tratase. Lo único que esto hace es desvelar (“quitar el velo”, “adentrarse en el misterio”, como hacen cada una desde su ámbito propio la ciencia y la religión) sus escasas luces y a menudo taimados intereses, pero, sobre todo, su molicie vital, pues es muy cómodo negar la duda que asola toda existencia humana y creer vivir en la verdad absoluta (algo que comparten los fundamentalistas religiosos… cuántas similitudes; realmente curioso, ¿no?). Como dice algún teórico de la ciencia, se suele encontrar lo que se busca, lo cual necesariamente constriñe nuestra capacidad de aprehender la realidad en toda su extensión. Lo mismo ocurre cuando uno se acerca al hecho religioso con la sola intención de demostrar los efectos negativos que produce y han producido en las sociedades en general y en los individuos en particular. Si con ello viven más tranquilos, bien está, pues con ello la propia religión, víctima de su intención de desacreditarla, ha conseguido su objetivo: dar cierta seguridad y tranquilidad ante la angustia vital que todo individuo pensante ha sentido en algún momento. He aquí otra paradoja por tanto: la religión logra lo que Marx llamaría sus efectos opiáceos incluso en aquellos que la atacan, pues encuentran en su vida un leit motiv tan poco edificante como la destrucción egoísta de las creencias de los demás, convirtiéndose por tanto en fundamentalistas laicos. Nótese que en este caso, como casi siempre, lo importante no es el adjetivo sino el sustantivo, asimilándose así a lo que creen combatir.

Esgrimen con asiduidad indecentes tergiversaciones e inexactitudes históricas, escamoteando aspectos y dimensiones de la vida que pondrían en duda sus tesis. Así, una de las habituales falsedades de las que hacen gala y cuelan como base de sus presupuestos es el llamado mito del “buen salvaje”. Presuponen que las sociedades pre-cristianas, o no cristianas, eran una suerte de utopías, donde la gente vivía feliz y comía perdiz, basadas en el respeto y la alegre confraternización. Ésta es una gran mentira. Y mu gorda. Y la utilizan para denunciar las cruzadas, la conquista de América, la Edad Media, la Inquisición… Vale para todo, vamos. La Iglesia Católica es la panacea del vaguerío intelectual; se le echa la culpa de todo y ya está. Ni se plantean comparar el mundo pre-cristiano (ese “maravilloso mundo clásico”, por ejemplo… ¡Ja!), con el posterior, ni los aspectos revolucionarios que el mensaje evangélico, y su filosofía inmanente, provocaron en la humanidad (por ejemplo, los derechos humanos están basados en la ética cristiana; “no, son laicos”, dirá alguno, “y unos güevos”, respondo yo, porque al fin y al cabo el propio laicismo es hijo del cristianismo). Cierto que estoy identificando cristianismo e Iglesia católica, y no es lo mismo. Pozí. Y lo hago porque es lo que estos (a)críticos hacen, lo mezclan todo, no hacen distinciones porque sus entendederas o intereses no dan para ello, y, como un elefante en un cacharrería, pretenden llevárselo todo por delante. Y no pué ser. Si dejamos fuera el diálogo respetuoso, la intención de entender los argumentos del otro y el compromiso de no escamotear nada con el fin de salirnos con la nuestra, lo que nos queda es la barbarie, la mentira y la ley del más fuerte. No es, desde luego, mi deseo, pero es una realidad que cada día crece y se hace más patente, por desgracia.

La verdad es que se me ha ido la pinza pero una jartá. Porque yo iba a escribir sobre esta Semana Santa y cómo se presenta y me he puesto a discurrir sobre la religión, el laicismo (que creo que la mayoría de la gente no entiende lo que es, porque no es negación ni prohibición de la religión, sino separación de la religión y el Estado, pero sin negar la libertad, como algunos reclaman) y la gilipollez de querer dejar el hecho religioso arrinconado como si no existiera (ya sea para vivirlo o no, eso ya es cosa de cada uno, pero existir, existe). Pues nada, a lo que iba.

Se me presenta esta Semana Santa como la última en que seremos dos en casa(bueno, en realidad ya somos tres, porque el protagonismo que tiene Victoria, nuestra niña que en breve ha de nacer, en nuestra vida diaria es a ya estas alturas enorme). Y se acerca esta conmemoración de la muerte y resurrección de Jesucristo con la polémica en la que aparece envuelta la Iglesia Católica sobre los abusos que miembros de su jerarquía han cometido sobre niños. Ocultada por algunos (“son cuestiones puntuales”, dice la jerarquía eclesiástica), sobredimensionada por otros (“todos los curas son pederastas”, intentan generalizar los fundamentalistas anticlericales) y sufrida por los verdaderos protagonistas, los niños de los que se ha abusado directamente (los que peor parte han llevado, claro, y claman justicia), y los fieles de los que se ha abusado indirectamente (porque ningún creyente puede no ya defender, sino comprender estas situaciones). Pues miren ustedes, como todo, deben ser las autoridades pertinentes las que resuelvan estos crímenes, pues es lo que son. Lo que no se puede hacer es un juicio paralelo, sin garantías ni para víctimas ni para presuntos culpables, donde se intenta enjuiciar no ya a unos malvados, sino a millones de fieles que creen y a diario se afanan en conseguir un mundo regido por la paz, el respeto y el amor. No, hija, no, como decía Ozores. Eso no. Los culpables, cuando se demuestre que lo son por acto u omisión, que paguen. Si son curas como si son torneros fresadores, tanto para lo bueno como para lo malo. Si acaso, debe ser la propia Iglesia (que es el conjunto de los creyentes, por mucho que a menudo se la identifica únicamente con la jerarquía) quien deba tener en cuenta su condición religiosa, que no los jueces, y mucho menos los que no siendo creyentes pretendan extender a todo un credo las faltas de unos pocos (que serán pocos por muchos que sean en comparación con el total de los católicos). Y la jerarquía eclesiástica, que se debe sólo a la Iglesia y al Evangelio (y por ello a los inocentes que sufren el abuso de los que escudados en su condición han pisoteado sus creencias), que haga acto de contrición y ponga las medidas para que esto, en lo posible, no vuelva a suceder. Lo que no van a hacer, ni unos ni otros, por mucho que se esfuercen en ello, es quitarnos la Fe. Por lo menos a mí. Vive Dios, que no lo harán. Cojones.

Pues nada, que paséis una buena Semana Santa (Fiesta de la primavera, la llamará algún papanatas, y si no al tiempo), veáis muchas procesiones (si os gustan), muchas pelis de romanos (si os gustan), comáis muchas torrijas (si os gustan), pero sobre todo que seáis felices (si os gusta, que hay gente pa tó). Yo, si mi proverbial holgazanería vacacional me lo permite, a ver si me escribo un artículo sobre la Lanza del Destino, o de Longinos, continuando con el relato de todo lo que tiene que ver con la Pasión de Cristo desde el punto de vista histórico, cosa que comencé el año pasado y podéis ver aquí y aquí.
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lunes, 22 de marzo de 2010

Diálogos para besugos

No sé por qué el otro día me acordé de una lectura de infancia con la que me reía mucho. Se trata de los Diálogos para besugos (a saber qué estaría escuchando para que me vinieran a la mente) que se publicaban en la revista Mortadelo a principios de los 80. Bien es cierto que me pillaron muy, muy joven, pero como esos Mortadelos se eternizaron en quioscos y tiendas de todo tipo, ya con algunas años más los pude disfrutar en todo su esplendor. Y no, no han pasado de moda. Muy al revés, son de una intensa actualidad a tenor de las circunstancias que nos rodean, ejemplificando el absurdo que predomina en la mayoría de lo que en los medios de comunicación podemos escuchar en boca de políticos, deportistas y famosillos de tres al cuarto (sin menospreciar las que se pueden oír por la calle, sobre todo por parte de los más jóvenes y en especial esa franja entre los 13 y los 20 años).

El creador de estos diálogos fue Armando Matías Guiu (1925-2004),
escritor multidisciplinar que abordó todo tipo de textos, desde periodísticos hasta guiones de cine, pasando por obras de teatro y creaciones humorísticas como éstas que nos ocupan. En la línea de los geniales Mihura, Jardiel o Tip y Coll, sus contribuciones al semanal de Bruguera constituyen un monumento al humor en español. Estaban destinados a un público infantil y juvenil, pero eso no les hace menos geniales, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de jóvenes “de los de antes”, es decir, que sabían leer y disfrutaban con ello (era una revista de cómic, un tebeo semanal, por lo que quien se acercaba a ella eran iniciados en la lectura como entretenimiento). Os recomiendo leerlos en voz alta por ridículo que parezca, porque al igual que ocurre con cierta poesía, si queremos sacarle todo el partido debemos degustarla de esta forma, de lo contrario seguirán siendo geniales, pero quizá no tanto (bueno, en voz alta pero si puede ser solos, o en su defecto en voz bajiiiiiita, que tampoco es cuestión de que nos pongan una camisa de fuerza).


Redundando en su validez como reflejo de la realidad, transcribo las palabras del autor en el libro que en 1989 recopilaba gran parte de estos diálogos:
La política es, a veces, como un “diálogo para besugos”. Nadie dice lo que piensa; Algunos, no piensan lo que dicen; aquellos, piensan y no dicen; éstos, nadie sabe lo que piensan; de los de más allá una piensa que piensan, pero ellos no piensan que uno piensa
En mi soledad mental pienso que el pienso es el mejor pensamiento. Mientras haya pienso, aunque no se piense, se piensa en la paz.Por eso pienso que es mejor el pienso que el ¿qué pienso? Pero, pensar mucho da dolor de cabeza y mucho pienso da dolor de estómago. ¿serán los piensos malos pensamientos?
Duda: Quien dijo “pienso, luego existo”, ¿se refería al pienso alimentario o al pienso intelectual, que es un pienso que alimenta la inteligencia?
No sé que pensar. Estoy preocupado. Siempre que dialogo conmigo acabo hecho un besugo.


Transcribiré algunos de estos diálogos de vez en cuando, comenzando hoy. Ahí va un ejemplo de estos Diálogos para besugos, que siempre empezaban… así:
- Buenos días.
- Buenas tardes.
- ¿Cómo están ustedes?
- ¿Ustedes... refiriéndose a mí?
- A usted.
- Pues somos unos ustedes muy solitarios.
- ¿Están ustedes solos?
- Ustedes no sé como estarán, yo, que soy usted, estoy más solo que un chorizo de Cantimpalo.
- Un momento, está usted equivocado.
- ¿Están acompañados los chorizos de Cantimpalo?
- No lo sé. Usted ha dicho textualmente: "Yo, que soy usted". Y sin ánimo de interferir en su ego, que yo sepa usted es usted, pero jamás será yo.
- ¡Cómo que yo jamás seré yo!
- Yo, refiriéndome a usted, será yo, siempre que usted sea yo; pero yo, refiriéndome a usted, que soy mí, jamás será yo.
- O sea que yo debo de ser mí si no soy usted a pesar de ser yo. Pues yo no entiendo esto de usted ni de mí.
- Uno es uno siempre.
- Ahora llegan los unos. O sea que aquí estamos yo, que soy yo, usted, mí, usted que soy yo desde usted, yo que es usted desde usted, mí que debe ser un vecino musical y ahora para acabar de resolver los problemas llegan los unos. ¡El completo, vamos!
- No llegan los unos.
- Pues sí no son los unos serán los otros.
- Ni los unos ni los otros.
- O sea que llegan unos pero no llega nadie. ¡Que llegada más solitaria! ¿Les estaba usted esperando?
- Yo no espero a nadie.
- ¿También vendrá Nadie? ¡Jo! No vamos a caber tanta gente.
- Nadie no llega.
- Menos mal. Uno menos.
- Oiga, ¿sabe que usted es un complicado?
- ¿Yo? ¿Complicado yo? ¡Me llama complicado a mí, él que es siete u ocho personas a la vez!
- ¿Dice usted él refiriéndose a mí?
- ¡Ya vuelven los Mis! He dicho él refiriéndome a usted.
- De modo que yo para usted soy él.
- Perdone. Usted, para mí es usted y a veces usted es él.
- ¿Qué es él?
- Usted.
- ¿Y mí? ¿Dónde me deja usted a mí?
- Mí... Mi puedo ser yo desde mí. Usted no puede ser mí, desde yo.
- ¿Desde que yo?
- Desde yo-yo.
- Oiga, deje los juegos ahora que estamos en una conversación muiy seria. ¿A qué yo se refiere al decir yo-yo?
- Yo, soy yo. Usted es usted, pero como usted desde su yo es yo, y yo soy usted, para distinguirme de su yo me llamo yo-yo.
- ¿Usted se llama Yoyo? ¡Que divertido! Jamás conocí a nadie que se llamara Yoyo.
- ¡Dios! ¡Ya me ha bautizado de nuevo! Escuche, ¿usted sabe quién soy yo?
- Yoyo, ¿Yoyo Pérez, tal vez?
- Yo me llamo Agapito Martínez.
- Yo, no.
- ¿Usted no se llama Agapito Martínez?
- No, que va. Yo me llamo Fulgencio Pérez.
- ¿Usted no será pariente de Fulgencio Pérez?
- Mas que parientes, somos la misma persona.
- ¡Fulgencio, a mis brazos!
- ¿Me conoce?
- ¡Claro que le conozco! ¡Llevamos una hora hablando de de usted, de mí, de yo y de los unos! Cuente, cuente, ¿qué hace de mí?
- ¿Mí? ¿Mi a secas o Mi-mi?
- ¡Ha venido también Mimi! Ya estamos todos.
- Pues si están todos, me voy. Buenos días.
- Buenas tardes.

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jueves, 18 de marzo de 2010

Versos con mala baba

A todos nos han llegado mails con críticas más o menos satíricas y jocosas hacia los políticos de nuestro país. Esto, expresión popular del descontento con respecto a la clase dirigente, no pensemos que es cosa nueva alumbrada por la generalización de internet, sino que muy al revés supone simplemente la nueva forma que ha tomado la muy antigua tradición de sátira política que antes se extendía mediante coplas, cancioncillas y versos populares.

Empiezo con las dedicadas al rey Carlos II, con el que se terminó la dinastía Habsburgo en el trono hispano, y que llamaban “el hechizado”. Como bien sabéis, no fue capaz de engendrar un hijo que heredase la corona, y sus retratos no dejan dudas de que no poseía un físico “perfecto”. Veamos la guasa que el pueblo se gastaba con respecto a las características físicas del monarca:

El Príncipe, al parecer, / por lo endeble y patiblando / es hijo de contrabando / pues no se puede tener.

La descendencia del rey era asunto de Estado, y se exigía a la reina, María Luisa de Orleans, que fuese capaz de dar un niño a la dinastía:

Parid, bella flor de lis,
que en ocasión tan extraña
si parís, parís a España;
y si no parís, a París.


El siglo XIX es abundante en estas muestras de cabreo e ingenio popular a partes iguales. El primero que protagonizó una “jartá” de coplillas satíricas fue el rey José Bonaparte, al que pronto bautizaron como Pepe Botella o Botellas (cuando no hay constancia de que fuese aficionado al vino) y, redundado en la equivocada imagen que el imaginario popular se hizo de él, se le consideró tuerto (porque al usar monóculo de varilla cerraba el otro ojo). De esta supuesta afición suya al bebercio y su imaginaria tara física surgieron variadas y curiosas composiciones que se cantaban en tabernas y mesones:

Pepe Botellas, baja al despacho,
No puedo ahora, que estoy borracho
Pepe Botellas, no andas con tino
Naturalmente, lo impide el vino


Grande acompañamiento
Pepino lleva,
Un obus, dos gendarmes
Y sus botellas


Ya se fue por las Ventas
El rey Pepino
Con un par de botellas
Para el camino


Hemos visto hasta ahora composiciones cortas y sencillas. Pero las había más trabajadas, como ésta que se cantaba cuando José I tuvo que dejar Madrid tras la derrota francesa en Bailén:

O amigo Rey de Copas, ¿dónde vas,
Que tan deprisa dejas Madrid?
Y si mal no me engaña mi nariz
No es ámbar lo que exhalas por detrás.
¿Qué excusa a Valdepeñas le darás
Que contigo pensaba ser feliz?
¡Quál debe quedar Yepes de infeliz
Si no prueba sus vinos de hoy en más!
¡Quán triste quedará Carabanchel,
Si se le va el mejor consumidor,
Aun antes de probar su moscatel!
Todo será sollozos y clamor,
Y en medio de tan lúgubre Babel
Clamarán con el grito de dolor,
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe, allá te avengas


Abundando en estas creaciones más complejas que pasaban de la simple coplilla pero destilaban igual cachondeo y mofa:

Al Rey José I

Al ínclito Señor Pepe, rey (en deseo) de las Españas, y (en visión) de las Indias

Salud, gran rey de la rebelde gente;
salud, salud Pepillo diligente,
protector del cultivo de las uvas
y catador experto de las cubas;
hoy te celebra mi insurgente mano
desde el grandioso emporio gaditano;
y sin quebrarme mucho la cabeza
al momento tropezara
mi pluma con tus raras cualidades;
no llenaré el papel de las variedades,
como hacen a tu lado
necios aduladores
de tu persona y denigrado trono,
que te dexan corrido como un mono,
celebrando virtudes que no tienes,
y coronan tus sienes
con laureles de Marte, o bien de Apolo,
cuando al tyrso de Baco aspiras solo


Y cómo no, en el transcurso de la guerra, gritos y canciones patrióticas que animan la lucha contra el francés. Sin duda, la más famosa, y que seguro todos escuchado alguna vez, es ésta:

Con la bombas que tiran
los fanfarrones
se hacen las gaditanas
tirabuzones.


Pero también había otras:

No paseará en carroza /el emperador francés
mientras haya en Zaragoza/ con sangre un aragonés.


¡Vivan los españoles! ¡Viva la Religión!
Yo me cago en el gorro de Napoleón…


Por último, la relación entre Pepe Botella, Napoléón y el que espero protagonice otro capítulo de estos “dardos” populares:

Bonaparte en los infiernos
tiene una silla poltrona,
y a su lado está Godoy
poniendole la Corona

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viernes, 12 de marzo de 2010

La teoría del Big Bang

A principios de año hice un repaso de lo mejor y lo peor del 2009, y en el apartado relativo a series de tv hice mención a Big Bang Theory (se me olvidó hacer referencia, por cierto, a Chuck y Fringe, lo que es imperdonable sobre todo en el primer caso). De un tiempo a esta parte se ha convertido en una de mis series de cabecera, y prácticamente me he puesto al día de las tres temporadas que lleva (la tercera está en curso) gracias al episodio diario que ponen en el canal TNT (en NEOX también la ponen, pero con un horario caótica y en total desorden de capítulos y temporadas). Para quien no la conozca la serie narra las peripecias de dos compañeros de piso que podríamos denominar, aunque no me gusta la expresión, “frikis”. Son dos científicos un tanto raritos (uno más que el otro) aficionados a los cómics y a los videojuegos. Comparten protagonismo con otros dos amigos, más extraños si cabe, y con la vecina, una camarera aspirante a actriz de belleza muy americana (rubia muy bien “aderezada”).

Si bien la serie me llamó la atención por su componente “friki” (especialmente por la afición a los cómics de los protagonistas) después me fue ganando por las situaciones surrealistas pero absolutamente cotidianas que narra. Igualmente, los distintos personajes tienen multitud de matices y están caracterizados con brillantez. Es la crónica de una generación perdida. El Sensación de Vivir o Al salir de clase de los empollones pringaos. Y bastante más cercano a la realidad que conozco o he conocido que Física y Química y todas esas series de estúpidos e irreales modelos de juventud. Junto con Chuck, otra magnífica serie protagonizada por lo que en EEUU llaman “nerds” (aquí se suele traducir por empollones, aunque prefiero lo de “pringaos”) aunque introduciendo algo de acción (son episodios de 1 hora) y cuyos protagonistas son algo mayores y no tan brillantes (trabajan en el CompraMás, una tienda de electrodomésticos y electrónica), constituyen la verdadera crónica de mi juventud. En estas series sí que me siento identificado, por fin, tras varias décadas en las que en la tv decían que retrataban a la juventud pero yo salía siempre fuera de plano. Desde Steve Urkel y sus Cosas de Casa ninguna “sitcom” (comedias de media hora, vamos) sobre jóvenes me enganchaba tanto como este Big Bang. Y que dure.

Hagamos un repaso de los personajes.

Leonard, físico experimental miope con intolerancia a la lactosa(se tora pedos si la toma), no ceja en su intento de encontrar una mujer con la que compartir su vida a pesar de sus habituales fracasos amorosos. Su principal objetivo romántico es su vecina Penny, la camarera susodicha, pero no hace ascos a otras relaciones. Es el mejor del mundo soportando a su compañero de piso, Sheldon.

Sheldon, la “estrella” de la serie, es un brillante físico teórico, niño prodigio en su infancia, que acompaña a su extraordinario coeficiente intelectual de toda una retahíla de manías y trastornos de la personalidad que lo convierten en un ser asocial difícil de aguantar. Piensa que es el ser más inteligente que conoce y no tiene reparos en recordárselo continuamente a los que le rodean. Es incapaz de entender las convenciones sociales, no detecta el sarcasmo y la ironía, está obsesionado con el orden y la rutina, desconoce la empatía, es hipocondríaco, no está interesado para nada en el sexo y es un fan de los cómics y la ciencia ficción, en especial de Star Trek y más en concreto del Dr. Spock. Aparte de las chulísimas camisetas de superhéroes de la DC que saca, hay otras muchas cuestiones en que personalmente me siento identificado con él (la obsesión por el control y la rutina, por ejemplo), y sin duda es mi personaje favorito.

Howard Wollowitz, ingeniero judío obsesionado con el sexo que vive con su madre y que parece sacado de una película de Austin Powers. No se puede vestir más ridículo, y no se puede ser más ruin y zafio. Por supuesto, sus éxitos con las mujeres se pueden contar con los dedos de una mano, y sobran varios. Todos hemos tenido un amigo parecido a él, al menos en alguna fase de la vida. Es capaz de hacer lo que sea, decir lo que sea, traicionar a quien sea, por una chica. Por desgracia para él, nada de lo que haga o diga puede atraer a ninguna mujer, más bien al revés. Supongo que es la personificación judía y friki de “baboso”. Si bien tiene un máster, como se encarga de recordar a menudo, no tiene un doctorado, lo cual también le menciona Sheldon con asiduidad.

Raj Koothrappali, hindú, doctor en astrofísica, que sufre de mutismo selectivo (no puede hablar en presencia de mujeres, salvo que esté borracho) y viste casi peor que Howard. Es el mejor amigo de Howard, aunque éste es capaz de hacerle la peor de las jugarretas si hay una chica de por medio (o medianamente cerca).

Y por último, Penny, camarera de un restaurante especializado en tartas de queso y aspirante a actriz. La serie comienza con la llegada de Penny al piso de enfrente del que comparten Leonard y Sheldon. De una forma difícilmente entendible, se hace amiga de la pareja de físicos y, por ende, de sus otros dos amigos. Es la nota discordante del grupo, pues es la más “normal y corriente”, aunque con el tiempo descubrimos algún que otro problema con el orden (su casa es una leonera). Mientras sus amigos se pelean con partículas subatómicas y positrones, ella lidia con novios cachas que suelen dejarla en la estacada cuando consiguen llevársela a la cama (lo cual tampoco les resulta difícil). Desde el principio de la serie se convierte en el interés romántico de Leonard.

Luego tenemos algunos secundarios, pocos, como Leslie Winkle, también física y enemiga declarada de Sheldon y que tiene encuentros sexuales tanto con Leonard como con Howard. Yo también odio a esa chica. Kripki, otro físico enemigo de Sheldon (es lo que nos pasa a las mentes brillantes, amigo, no te preocupes). El doctor Gablehauser, jefe del departamento en la universidad donde trabajan los cuatro amigos. Los padres de Raj, que aparecen en el portátil vía internet para entablar extrañas conversaciones con todos, siempre con el afán de conseguir que su hijo respete las tradiciones hindúes. Y la madre de Howard, que jamás sale en pantalla pero su voz gritona y estridente tortura a su hijo, y por qué no, a los espectadores.


Como es mi personaje favorito, hoy me centraré en Sheldon. Podéis ver una secuencia del mejor episodio de los que he visto hasta ahora, en concreto en la que se muestra cómo Sheldon y Raj "trabajan", (en v.o. subtitulado) en esta dirección (youtube no deja en este caso ofreceros el video aquí, pero dadle al enlace que vale muuuucho la pena). Aquí os dejo la sintonía de la serie, una recopilación de los mejores momentos de Sheldon, el momento más feliz de su vida y por último un compendio de su característica forma de llamar a las puertas.















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