¡Cuán olvidado tengo este sitio! ¡Tantas cosas han pasado en estos más de tres años sin actualizar nada por aquí! Bien, os resumo mi vida en este ínterin: mis hijas y aprendr inglés. Eso me ocupa el 80% de mi tiempo. El otro 20% lo tengo que utilizar para otras cosas, entre lo que no ha estado este blog. Pero oye, por si alguien se pasa alguna vez por aquí, que una vez fue vuestra casa, aquí dejo el enlace de una de mis últimas actividades, que tiene que ver además con este bog, pues comparte título con una de sus secciones. He comenzado una serie de podcast (bueno, espero que sea una serie, de momento sólo es uno) sobre historia con el original título "Yo no estuve allí" (¿os suena?... lo único que suena es el eco, porque creo que ahí fuera ya no queda nadie... bueno, extraviado internauta que has llegado aquí sin saber cómo, a tí es a quien me dirijo, pues). El primero es sobre la Revolución Rusa. Nada, que si queréis le echéis un "oidazo".
Un saludo...udo...udo...udoooooo
El enlace directo es éste: http://www.ivoox.com/10837513
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viernes, 18 de marzo de 2016
domingo, 1 de abril de 2012
Yo no estuve allí: Ciencia y Religión entre sábanas
El sabio no es el que más respuestas conoce, sino el que más preguntas se hace. La historia del conocimiento humano es la historia de cómo los hombres y mujeres se han planteado cuestiones sobre el universo que le rodea y sobre sí mismos, y sólo la reformulación de las preguntas y el cuestionamiento de supuestas verdades inmutables han permitido el progreso de la ciencia. Una de las críticas que se hacen desde el ámbito científico a la religión es que trabaja con dogmas, a los que si bien desde Santo Tomás de Aquino se les intenta conciliar, en la medida de lo posible, con la razón, no se plantea como un fundamento religioso el poner en constante prueba las propias certidumbres. El desarrollo del conocimiento científico no sólo significó un avance para la propia ciencia, sino también para la religión, al volverla más humana, más sincera y menos supersticiosa, y sobre todo al obligarla a diferenciar claramente cuál es su campo de acción, renunciando a sustituir a la ciencia en aquellos terrenos en los que ésta se presenta más válida a la hora de dar respuesta a lo ignoto. Empero, con el tiempo y el avance del progreso científico, muchos han optado por limitarse a sustituir la una por la otra, eliminando la posibilidad siquiera del hecho religioso al identificarlo con superstición, y pretendiendo considerar , en un osado y pretencioso ejercicio de estupidez, que la ciencia es capaz de resolver cualquier duda y desvelar cualquier misterio de la existencia. Han decidido, en realidad, tomar la ciencia y convertirla en una nueva religión, pervirtiendo sus más profundos principios (la duda metódica y la búsqueda de nuevas preguntas detrás de cada respuesta), y cayendo en la más significativa crítica que ellos mismos esgrimen hacia la religión: el dogma. Así, nos encontramos con una sociedad actual dominada por la incredulidad y el desapego al misterio, presuntuosa y jactanciosa en su propia ignorancia y debilidad, como la actual crisis económica y la secular deriva ética y moral nos demuestra, en la que los sumos sacerdotes de la nueva verdad científica han creado un nuevo Tribunal de la Inquisición destinado a perseguir y destruir el pensamientos religioso, pero que, como la Inquisición católica, en su ejercicio de eliminación de la disidencia acaba igualmente con la propia razón de ser de lo que pretende defender traicionando sus más básicos principios. Presentar la ciencia como una suministradora de verdades absolutas e inmutables es traicionar su más hondo sentido y naturaleza, para convertirla en realidad en la peor versión de la religión, la que no ve más allá de sus propios engaños y paraliza el desarrollo de las sociedades humanas. Fundamentalismo religioso y fundamentalismo científico tienen en común, primero, que ambos conceptos constituyen un oxímoron por sí solos, y segundo, que los que les define, les iguala y les hace perniciosos es el sustantivo y no el adjetivo. Si la libertad del ser humano es el bien más preciado y el único camino para alcanzar la felicidad, no hay nada más opresivo que la verdad absoluta, sea ésta religiosa o científica. Si la religión ha tenido y tiene que aprender que no puede ocupar el espacio de la ciencia, ésta debe considerar que tiene también sus limitaciones, y, aunque no debe renunciar a superarlas, no puede negarlas, pues con esta negativa estará impidiendo su propio avance como instrumento para la expansión del conocimiento humano.¿A qué bien todo esto? En este blog he abordado a lo largo de estos algo más de tres años algunos misterios y enigmas relacionados con la figura histórica de Jesucristo, especialmente en fechas señaladas como la Semana Santa que por esta época estamos viviendo. Uno de los principales y más controvertidos temas relacionados con la pasión, muerte y resurrección de Jesús es el que atañe a una de las reliquias más famosas de la cristiandad: la conocida como Sábana Santa de Turín. Precisamente por lo complejo, discutido y acalorado del tema he ido dejándolo hasta que tuviese ganas y tiempo, pues son muchos los estudios y las opiniones que apuestan por la veracidad o no de la famosa Síndone de Turín.
Aunque nunca he acabado de decidirme a iniciar una entrada sobre el asunto, sí que he ido con el tiempo leyendo y viendo distintos textos y documentales que versan sobre la cuestión, y más especialmente cuando llegaba la conmemoración anual de la Pasión de Cristo. Y hete aquí que tras incluso ampliar mi objeto de estudio al Santo Sudario de Oviedo, reliquia si bien menos conocida igualmente interesante, me encuentro con una página web que intenta
resumir, desde su particular punto de vista, claro, a qué principales conclusiones se puede llegar tras décadas de estudios, análisis e informes contrapuestos. La última conclusión que esgrime el autor, Luis Alfonso Gámez, periodista vasco que trabaja en el diario El Correo y en ETB dedicado a asuntos relacionados con la ciencia y que se autodenomina “escéptico” en general, es la que me ha animado a abordar por fin el tema. La transcribo: “Los creyentes en la sábana santa esgrimen desde hace años que nadie ha conseguido replicarla al 100%. Es una manera como otra cualquiera de desviar la atención de los resultados del análisis del carbono 14. Ignorar cómo hicieron algo nuestros antepasados no es una carta blanca para atribuirlo a extraterrestres o milagros. En este caso, no saber cómo se hizo la sábana santa no cambia el hecho de que el lino con el que está tejida data de la Edad Media y, por tanto, no pudo estar en un sepulcro hace 2.000 años “. Y se queda tan a gusto. Lo escrito por este señor, del que no tengo el gusto, escéptico de pro, tomado como referencia y ejemplo de todos aquellos que agitan las pruebas del C14 realizadas a pequeñas partes de la síndone hace más de 20 años como la demostración palmaria y absoluta de su falsedad, me permite a mí concluir, por otra parte, que su aseveración es profundamente anticientífica y que, si todos pensaran como él/ellos, el conocimiento no habría evolucionado lo más mínimo desde el paleolítico. Yo les llamaría más que escépticos “esclerocépticos”, pues con su forma de ver la realidad, la humanidad estaría esclerotizada, anquilosada, atrofiada. Formaría así parte de una nueva “fe en la ciencia”, secundada por muchos más escépticos (esclerocépticos), que es más impostura irracional que creencia en sí, siendo uno de sus dogmas, para el caso que nos atañe, la seguridad en la infalibilidad de la datación por Radiocarbono. Y no sólo en la infalibilidad de este método de datación, sino que también es/son creyente/s, por ende, en los únicos estudios que se hicieron de unos pequeños trozos que se cortaron de ella en 1988, llevados a cabo por tres laboratorios “independientes” del Reino Unido, Estados Unidos y Suiza, que curiosamente publicaron al unísono sus conclusiones en la revista “Nature”, y que, al contrario de lo que asegura, sí han sido refutados en múltiples publicaciones científicas, a no ser que consideremos científicas únicamente a las que sirven a nuestros intereses. Porque lo cierto es que sí, el famoso estudio dató esas pequeñas partes del sudario entre los años 1260 y 1390, y sí, a partir de ahí los escépticos (esclerocépticos) aseguraron que esto demostraba con una certeza absoluta que era falsa. Fin de la historia. Lo dice el radiocarbono y punto. Muchos de ellos presentan sus conclusiones con locuciones como “todo el mundo sabe…”, “está más que demostrado…”, “no cabe la menor duda…”, lo que suele denotar una intransigencia y obstinación poco saludable.Por suerte hay gente que no se conforma. Que mira más allá. Que se adentra sin miedo en el misterio. Y empezaron a surgir las dudas, que los apóstoles del cientificismo y el escepticismo (que en cambio, qué curioso, no se muestran escépticos con el estudio mentado) niegan, pero que son múltiples y desde distintos ámbitos. Unas señalan la falta de fiabilidad del propio método de datación, que se ha mostrado equívoco en otras ocasiones, cuando piezas de las que sí se conocía su datación por análisis arqueológicos, paleográficos, históricos o zoológicos demostra
ban que las fechas datadas con radiocarbono no se correspondían con la realidad. Otras ponen en duda la muestra tomada, que señalan pudiera ser un remiendo medieval, la existencia de los cuales está registrada documentalmente. Una muestra, además, que ha pasado por siglos de manipulación al no estar oculta y por tanto es fácil y entendible que esté contaminada, cosa que no ocurre cuando encontramos algo en una excavación arqueológica en los niveles que corresponden a su época de uso, caso en que el radiocarbono sí es mucho más fiable. Incluso se cuestiona el propio estudio, que tergiversa la solidez del método y del propio análisis realizado, magnificando las cifras de fiabilidad de los análisis llevados a cabo, mostrando por tanto una falta de objetividad inquietante. Pero además surgen más cuestiones que hacen que el asunto esté de todo menos cerrado. Los numerosos estudios llevados a cabo antes y después del referido, en cambio, aportan datos sobre su veracidad. Los análisis paleozoológicos aseguran que se trata de una pieza que ha estado en contacto con flora y fauna de la zona Palestina. Los estudios histórico-antropológicos, que se corresponde a una forma de enterrar a los muertos propia del siglo I de nuestra era dentro de la cultura judía. Los informes forenses, que se trata de un individuo que, por las muestras de sangre que se pueden advertir, y por la forma en que están repartidas por el lienzo ha sufrido un castigo muy similar
al que relatan los evangelios, incluidos flagelación y crucifixión. Y después están los problemas que se plantean si aceptamos la datación del C14 llevada a cabo por los laboratorios susodichos. ¿Cómo es posible que en plena Edad Media se llevara a cabo una falsificación que, incluso con los medios científicos y tecnológicos actuales, sería casi imposible hacer? ¿Cómo estos “falsificadores” reprodujeron la anatomía y el funcionamiento interno de un ser humano tan perfectamente cuando aún faltaban más de cuatro siglos para que la ciencia médica avanzara tanto? ¿Cómo pudieron estos malvados artesanos de la mentira lograr las impresiones que se ven en la Síndone, que no se corresponden con ningún tipo de pintura ni de material imprimible conocido hasta ahora? ¿impresoras láser en el siglo XIV? ¿Cómo reproducen aspectos histórico-culturales, como el casco de espinas, desconocidos hasta que la historiografía moderna se interesó sobre esos aspectos? Bueno, claro, siempre podemos echar mano de templarios y de Leonardo Da Vinci, pero eso sería igual de estúpido que sostener en una sola evidencia, la del radiocarbono, frente a muchas otras, la prueba de la falsedad de la Síndone de Turín (y, por ende, del Sudario de Oviedo). Una evidencia, además, que multiplica las dudas y los problemas si la damos como válida, llevándonos a conclusiones que son más acientíficas aún que la que se pretende refutar, como ya se ha explicado.¿Mi opinión? Que los estudios del C14 no son para nada concluyentes, y que tanto la Síndone de Turín como el Sudario de Oviedo constituyen, más allá de unos objetos de Fe de gran valor religioso, unos enigmas científicos e históricos que aún han de dar mucho juego y representar un reto para las distintas ciencias, erigiéndose así en un privilegiado campo de desarrollo de las mismas. Sin duda, de todas las pruebas presentadas en favor de la falsedad de la reliquia, la que me parece más convincente no tiene que ver ni con un tipo de datación, ni con ningún examen antropológico o histórico. Es, simplemente, la negativa de la Iglesia Católica a prestar la síndone para que sea objeto de los estudios más exhaustivos con el fin de cerciorarnos sobre el origen de la reliquia. Para esta negativa también dan sus razones, aunque me convencen poco. Eso sí, teniendo en cuenta cómo ha defendido la Iglesia Católica el legado de Cristo a lo largo de los siglos, ésta sería una manera más de comportamiento errático (Inquisición, desigualdad de la mujer, cruzada o guerra santa) que tampoco nos puede llevar a pensar en la falsedad de la reliquia que, de ser efectivamente ficticia, estoy seguro que ni siquiera las más altas instancias eclesiásticas lo conocerían.
No voy a ocultar que soy creyente, ni que me encantaría que ambas reliquias fuesen reales (algunos opinan que esto no es compatible, por cierto). Pero esto no es óbice para afrontar con mente abierta y gran interés todo lo que la ciencia pueda decir sobre ellas, sin forzar las evidencias para lograr el resultado que a mí me interese, tal y como parece el empeño de estos “esclerocépticos”.
Tras la milagrosa y definitiva aparición de “los profetas del radiocarbono” se han celebrado decenas de congresos científicos internacionales dedicados al debate, que parece que son inútiles para los “esclerocépticos” que ya han certificado y finiquitado la cuestión, pero yo, en cambio, os invito a sumergiros en tan apasionante misterio, el de la Sábana Santa para lo que podéis acudir a algunas de las siguientes direcciones web.
Para la Sábana Santa:
- http://www.linteum.com/
- http://www.sabanasanta.org/
- http://es.wikipedia.org/wiki/Sudario_de_Tur%C3%ADn
- http://webs.ono.com/sindone/pamenu.htm
- http://blogs.elcorreo.com/magonia/2010/04/10/diez-preguntas-y-respuestas-sobre-sabana-santa/
- http://www.shroud.com/menu.htm
- http://sabanasantaexpo.com/
- http://www.sabanasanta.info/component/content/article/72
- http://www.cuanticas.com/misterio-sabana-santa-turin
Documentales (en los casos en que son diversas partes el enlace es de la primera):
- http://www.youtube.com/watch?v=RM-NGAbSdCc
- http://www.youtube.com/watch?v=lfOsQpbBl3Q
- http://www.youtube.com/watch?v=k_A7nXvOyME
- http://www.youtube.com/watch?v=2yhSfNJruSY&feature=related
- http://www.youtube.com/watch?v=BtymdaoQ4MY&feature=relmfu
- http://www.youtube.com/watch?v=iUFBPbGqskU
Para el sudario de Oviedo (aquí hay menos material, sobre todo crítico):
- http://es.wikipedia.org/wiki/Santo_Sudario_de_Oviedo
- http://chicureo.com/Destacados/sudario.htm
- http://www.linteum.com/el-santo-sudario-de-oviedo.php
- http://logxia.com/revistamilenarios/portal/index.php?option=com_content&view=article&id=137
- http://webs.ono.com/sindone/oviedo1.htm
- http://www.akasico.com/noticia/1390/Religiones-y-espiritualidad/santo-sudario-oviedo.html
- http://www.shroud.com/guscin.htm
Documentales:
- http://www.youtube.com/watch?v=QNvUly9OLiA
- http://www.youtube.com/watch?v=JYoUsqOQjw0&feature=related
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miércoles, 7 de marzo de 2012
Yo no estuve allí: Jesse Owens
1936. El águila imperial alemana está dispuesta a extender su sombra sobre Europa. Un hombre, más alto de lo que la historia le ha reconocido (1´73 m.), quiere mostrar al mundo la gran verdad de la que se ha convertido en profeta y mesías: la superioridad de la raza aria. Una vez el planeta haya asumido su supremacía, será más fácil conseguir sus objetivos y modelarlo según la única ley natural, negada por la infame civilización judo-cristiana: la ley del más fuerte. No es la excusa de un dirigente ambicioso para conseguir sus egoístas objetivos, no es una patraña urdida por un político que quiere medrar a toda costa, es una verdad luminosa y clara en su mente y que ha de guiar a la humanidad a un nuevo estadio de progreso y civilización. Sus compatriotas, la nación elegida para dirigir el mundo, ya lo han comprendido. Es hora de explicárselo al resto de la especie humana. 
Berlín. Primero capital del Estado de Brandemburgo, dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, el Primer Reich. Luego, capital de Alemania tras la unificación bajo el kaiser Guillermo II, el Segundo Reich. Ahora, capital de la nueva Alemania, la Alemania nacionalsocialista, el Tercer Reich. Pronto, según los planes del Führer del pueblo alemán, será la capital del mundo.
Los Juegos Olímpicos. En la Grecia clásica, fiestas religiosas, culturales y deportivas en ofrenda a los dioses. Los ganadores de los concursos deportivos eran los elegidos para la gloria, pues su nombre y fama se extendían por toda la civilización (griega, por supuesto, pues no podían entender la existencia de otra). Una competencia por la perfección. Una divinización de los hombres en honor de unos dioses demasiado humanos. En la era moderna, son reinstaurados por el barón Pierre de Coubertin en 1896 como símbolo de la nueva civilización mundial nacida del imperialismo y la industrialización; una civilización sin fronteras ni límites, que ya cubría toda la tierra. Unas pruebas donde los mejores del mundo, los hombres más preparados, esforzados y brillantes, pudieran competir para mostrar las hazañas e hitos que el nuevo hombre moderno puede alcanzar, encarnación del progreso sin límites de la nueva sociedad industrial. El mejor acontecimiento para demostrar la superioridad de una nación, de una raza, por encima de las demás.
Alabama, EEUU. 12 de septiembre de 1913. Nace James “Jesse” Cleveland Owens, séptimo hijo de los once que tuvieron los granjeros Henry y Emma Owens. Nieto de esclavos, el trabajo y sacrificio de sus padres le permitió ir al Instituto en Cleveland, Ohio, donde se había mudado la familia. En el “High School” Jesse descubrió el atletismo; o quizá deberíamos decir que el atletismo le descubrió a él. Gracias a sus capacidades atléticas, y tras batir varios récords mundiales para estudiantes de instituto, logró una beca parcial para estudiar en la Universidad de Ohio, estudios que alternaba con los entrenamientos y el trabajo de botones. En los campeonatos universitarios de la NCAA consigue cuatro oros individuales en 1935 y otros cuatro en 1936, algo que nadie ha logrado repetir hasta el día de hoy. En un mitin realizado en la ciudad de Ann Arbor, en Michigan, pulverizó cuatro récords del mundo en tan sólo cuarenta y cinco minutos. Ese año, además, se convirtió en el primer hombre en sobrepasar los ocho metros en salto de longitud, estableciendo un récord que durará 25 años.
Berlín, Estadio Olímpico, 1 de agosto de 1936. 110.000 personas abarrotan las gradas del coliseo erigido por Werner March. La propaganda nazi llegaba a su punto culminante. Tenían que mostrar a todas las naciones el poder y la superioridad de la raza aria. Todo había sido proyectado por el gran propagandista alemán y mano derecha del Führer, Joseph Goebbels, que encargó la puesta en escena al arquitecto Albert Speer y la filmación del acontecimiento, que daría la vuelta al mundo, a la directora Leni Riefensthal. El célebre dirigible Hindenburg sobrevuela el Olympiastadion justo antes de la aparición del Jefe del Estado y del gobierno Alemán, Adolf Hitler. El tirano da por inaugurados poco después los XI Juegos Olímpicos de la Edad Moderna, los que deben certificar lo que la mente y sobre todo el corazón de millones de alemanes ya saben: el hombre ario debe liderar a la humanidad y los impuros deben postrarse ante él y reconocer su supremacía. El gran momento había llegado.
Berlín, Estadio Olímpico, 3 de agosto de 1936. Los días anteriores los alemanes se habían mofado de la presencia de atletas negros, a los que apodaban “bastardos de Renania”. Como raza impura, los de origen africano eran muy inferiores a los arios. Sin embargo, en la final de los 100 metros lisos se impone un atleta de color estadounidense, Jesse Owens, batiendo el récord del mundo con un crono de 10´30 segundos. Ese día se gana el apodo de “el antílope negro”. Segundo, a una décima, queda su compatriota Ralph Metcalfe, también negro. Tercero, el holandés Osendarp, ya a dos décimas de segundo del ganador. El Führer, que presidía las pruebas, no felicitó a los ganadores. A pesar de la falsa leyenda, no fue porque fuesen negros, sino porque el COI le había advertido que debía felicitar a todos los ganadores o a ninguno, pero nunca sólo a los alemanes, como había hecho el día anterior. Hitler
optó por no saludar a ninguno.
Berlín, Estadio Olímpico, 4 de agosto de 1936. Calificación para la final de salto de longitud. Jesse Owens es el plusmarquista mundial (8´13 m.), pero se encuentra en problemas: sólo le hacen falta 7´15 para llegar a la final, pero sus dos saltos anteriores han sido dados nulos por unos jueces demasiado rigurosos. Un alemán, Lutz Long, alto, rubio y de ojos azules, que acababa de batir el récord olímpico para regocijo de Hitler, se acerca a Owens. Le recomienda que no arriesgue, que salte bastante antes de la tabla de batida para que no le puedan dar un tercer nulo que le eliminase, ya que sus saltos eran mucho más largos de la distancia de calificación. Jesse Owens sigue su consejo y pasa a la final sin problemas. Al día siguiente, en la final, Jesse Owens vence a Long, que le felicita efusivamente y ambos salen del estadio fundidos en un abrazo cordial.
Berlín, Estadio Olímpico, 4 de agosto de 1936. Calificación para la final de salto de longitud. Jesse Owens es el plusmarquista mundial (8´13 m.), pero se encuentra en problemas: sólo le hacen falta 7´15 para llegar a la final, pero sus dos saltos anteriores han sido dados nulos por unos jueces demasiado rigurosos. Un alemán, Lutz Long, alto, rubio y de ojos azules, que acababa de batir el récord olímpico para regocijo de Hitler, se acerca a Owens. Le recomienda que no arriesgue, que salte bastante antes de la tabla de batida para que no le puedan dar un tercer nulo que le eliminase, ya que sus saltos eran mucho más largos de la distancia de calificación. Jesse Owens sigue su consejo y pasa a la final sin problemas. Al día siguiente, en la final, Jesse Owens vence a Long, que le felicita efusivamente y ambos salen del estadio fundidos en un abrazo cordial.
Berlín, Estadio Oímpico, 5 de agosto de 1936. Jesse Owens logra su tercera medalla de oro batiendo el récord mundial de los 200 metros lisos (20´7). El segundo fue Matthew Robinson, también atleta estadounidense y de color. Curiosamente, su hermano será el primer afroamericano en jugar al Béisbol en un equipo profesional, en 1947, rompiendo con la segregación racial en el “deporte nacional” norteamericano. El holandés Martin Osendarp fue, al igual que en los 100 metros, medalla de bronce en los 200.Berlín, Estadio Olímpico, 9 de agosto de 1936. El equipo de relevos de los EEUU gana la carrera de los 4x100 masculinos con un tiempo de 39´8, récord del mundo. Entre los cuatro atletas ganadores se encuentra Jesse Owens, quien con ésta consigue su cuarta medalla de oro, hazaña no igualada en el atletismo hasta 48 años después con los cuatro oros de Carl Lewis en Los Ángeles 84.

Cleveland, Ohio, 20 de agosto de 1936. Tras desfilar por las calles de Broadway aclamado por el pueblo neoyorkino junto al resto de medallistas olímpicos norteamericanos, Jesse Owens vuelve a su trabajo de botones. El presidente de los EEUU, Franklin Delano Roosevelt, no recibe ni felicita a ninguno de los medallistas negros. Era tiempo de elecciones y eso podría reducir sus opciones en los estados racistas del Sur. Jesse Owens con sus cuatro medallas de oro, no podía viajar en la parte delantera de un autobús, ni se le permitía entrar en muchos locales “sólo para blancos”. Hitler no le había estrechado la mano, pero tampoco lo quiso hacer el presidente de los Estados Unidos.
Frontera germano-polaca, 1 de septiembre de 1939. El ejército del Reich invade Polonia. Comienza la II Guerra Mundial.
Sicilia, 13 de julio de 1943. Lutz Long es herido en el transcurso de una batalla y muere. Cuando estalló la II Guerra Mundial, Lutz Long fue obligado por el gobierno a acudir al frente, pese a que los atletas de élite no tenían la obligación de alistarse. El gesto que tuvo con Jesse Owens, un bastardo negro, fue entendido como una humillación para los arios, una degradación de su condición superior. Su desafío al régimen nazi le iba a costar caro. Hasta el momento de su muerte, Long mantuvo su amistad con Owens, con quien se carteaba. Una vez finalizada la contienda, el estadounidense viajó a Alemania a conocer a la familia de su amigo, e incluso le pagó los estudios a su hijo. Declaró: "Se podrían fundir todas las medallas y copas que gané, y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que hice con Luz Long en aquel momento."
Berlín, 30 de abril de 1945. Hitler se pega un tiro en la sien tras haber ingerido cianuro junto a su amante y desde hacía poco esposa Eva Braun. El sueño nazi se rompe definitivamente. La supremacía aria se revela como lo que era: una gran mentira. Un hijo de granjeros y nieto de esclavos había comenzado a desmontar la gran falacia casi una década antes.
Washington, 28 de agosto de 1963. El reverendo Martin Luther King declara en su discurso: “Yo tengo un sueño: que un día esta nación se pondrá en pie y realizará el verdadero significado de su credo: Tucson, Arizona, 31 de marzo de 1980. Muere a la edad de 66 años Jesse Owens, víctima de un cáncer de pulmón. Había sido un empedernido fumador toda su vida. En 1976 el presidente Gerald Ford le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad de los EEUU, y en 1990, a título póstumo, George H.W. Bush le concederá la Medalla de Oro del Congreso, máxima distinción a la que puede aspirar un estadounidense.

Washington, 20 de enero de 2009. Barack Obama es investido como el cuadragésimo cuarto Presidente de los EEUU. Es el primer presidente negro de la historia.
En el mundo entero, hoy. Que no te engañen. Millones de personas mueren de hambre, y otros tantos mueren abatidos por el odio en estúpidas guerras. También son muchos los que soportan la injusticia de gobiernos corruptos, y los que sufren el olvido de sociedades demasiado complacientes consigo mismas. Pero nada está predestinado. No hay razas superiores ni inferiores. No hay mujeres ni hombres que por nacimiento estén por encima de los demás, ni por debajo. A cada cual nos toca determinar nuestro destino con nuestros actos y nuestros hechos. Y si mientras tanto ayudamos al de al lado, mejor. Nuestro futuro está en nuestras manos; el del mundo, también. Aceptemos nuestra responsabilidad y hagámoslo todo lo bien que podamos. Lo demás son estúpidas patrañas.
Venga va, el sueño continúa.
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Yo no estuve allí: Joe Louis y Max Schmeling (I)
En el “Yo no estuve allí” dedicado a Jesse Owens hicimos referencia a la simbología antirracista que se atribuyó a su hazaña en los JJOO de Berlín de 1936. No fue ésta la única vez que el mundo del deporte demostró el despropósito que supone la creencia en una supuesta superioridad de unas razas sobre otras. El boxeador Joe Louis protagonizó otra de estas gestas que ridiculizaron el pensamiento racista y abrieron camino a la igualdad de todos los hombres y mujeres, por encima del color de su piel, su sexo o su religión. La vida del llamado “bombardero de Detroit” también nos dejó un relato de cómo la amistad y el respeto mutuo pueden ser más fuertes que el odio, similar al mostrado por Owens y Luz Long pocos años antes.El enfrentamiento entre los aliados y las fuerzas del eje ha pasado a la historia como una pugna por la libertad de todos los seres humanos frente a la esclavitud y la injusticia. Sin embargo, como se comentó en el caso de Owens, la realidad histórica, mucho menos idílica, nos revela que el gran país de las libertades que se escandalizaba por las doctrinas racistas de Hitler negaba los derechos civiles a una gran parte de sus ciudadanos, a los que ni siquiera reconocía como tales. La población negra de los EEUU no tenía ningún tipo de derechos al iniciarse el siglo XX, a pesar de haberse abolido la esclavitud en 1865.
El mundo del deporte en general, y del boxeo en particular, no fue una excepción a la regla. El primer campeón del mundo de los pesos pesados de color, Jack Johnson, logró el título en un combate celebrado en Australia en 1908, puesto que en EEUU los negros tenían prohibido participar en el circuito profesional y mucho menos se permitía un combate interracial. Precisamente este título de Jack Johnson enojó de tal manera a la élite blanca norteamericana que no pararon hasta verle desposeído del mismo, en 1915, tras un calvario personal que le llevó a exiliarse primero y cumplir condena en prisión, por dudosos motivos, después.
Joe Louis, nuestro protagonista, fue el siguiente campeón del mundo afroamericano de los pesados en 1937. Pero empecemos por el principio.
Joseph Louis Barrow nació en 1914 en un campo algodonero de La Fayette (Alabama). De familia pobre, quedó huérfano de padre a los cuatro años. Con diez años se trasladó a vivir con su familia y su padrastro a Detroit, donde trabajó de repartidor de hielo y aprendiz de ebanista. Pronto empezó a frecuentar un gimnasio, donde le vieron aptitudes para el boxeo.
Tras una exitosa carrera como amateur, Louis disputó su primer combate profesional el 4 de julio de 1934, derrotando a Jack Kracken en el primer round. Durante ese año, Louis disputó 12 combates ganándolos todos, diez de ellos por k.o. En un principio, el que fuera su primer entrenador, Jack Blackburn, quería que Louis sólo combatiese contra boxeadores de raza negra, pero su pupilo pronto desoyó sus consejos y comenzó una fulgurante carrera siendo considerado el primer afroamericano en condiciones de lograr el campeonato tras la retirada de Jack Johnson. Esta circunstancia le convirtió en el ídolo de la comunidad de color de los EEUU.
1935 fue un gran año para Joe Louis. “El bombardero de Detroit”, como fue bautizado, logró vencer a contrincantes de gran renombre, como los ex-campeones Primo Carnera y Max Baer, o al español Paulino Uzcudun, que hasta ese momento jamás había sido vencido. A partir de entonces se convirtió en el principal aspirante al título que ostentaba en ese momento el sorprendente James Braddock (apodado “Cinderella Man”; sobre su vida existe una película de 2007 protagonizada por Russell Crowe y Renée Zellwegger, polémica por lo maltratada que es la figura de Max Baer, al que Braddock arrebató el título ). Antes de optar al mismo, le quedaba un nuevo combate con otro ex-campeón de los pesados, el alemán Max Schemeling.Max Schmeling (Klein-Luckow, Alemania, 1905) había conseguido en 1930 el campeonato frente a Jack Sharkey, por descalificación de éste al propinarle un golpe bajo. Era la primera vez, y ha sido la única, que un boxeador proclamaba campeón por descalificación del contrincante, lo que unido a su condición de extranjero hizo de Schmeling una figura antipática para el público norteamericano. Al ser fotografiado con Hitler, Schemeling cargó también con la fama de ser militante nazi, cuando en realidad jamás se afilió al par
tido y nunca abandonó a su manager Joe Jacobs, judío, a pesar de las presiones de los más altos dirigentes nacionalsocialistas, especialmente del mismísimo ministro de propaganda Joseph Goebbels. En 1932 perdió su corona contra el propio Sharkey a los puntos, en una decisión muy polémica y que fue entendida como un robo por parte de todos los allí presentes. Tras cuatro años, su regreso a los EEUU sería contra la nueva gran figura norteamericana, Joe Louis. En un moderno planteamiento, Schmeling y su entrenador estudiaron las películas de los combates de Louis, y encontraron un fallo en su defensa: cuando soltaba el jab de derecha, bajaba su mano izquierda.El primer combate entre Joe Louis y Max Schmeling se celebró el 30 de agosto de 1937 en el Yankee Stadium. Todos daban como favorito al bombardero de Detroit, y las apuestas se centraban más en adivinar el asalto en que caería el campeón alemán que en el desenlace final del combate, que parecía seguro. Sin embargo, saltó la sorpresa y gracias al estudio que de su rival había hecho, Schmeling, tras conectar un directo en el cuarto asalto que hizo caer a la lona a Joe Louis por primera vez en su carrera, logró noquear definitivamente a su rival en el decimosegundo asalto. El desconcierto fue mayúsculo, ni los asistentes ni los periodistas que retransmitían la velada para todo el país se lo podían creer. Fue considerada una de las dos o tres sorpresas más importantes de la historia junto a la de Braddock frente a Baer en 1935 y la de Buster-Douglas frente a Tyson en 1990.
La Alemania nazi, que en principio se había negado a que “su” boxeador se enfrentase a un contrincante negro, al que consideraban un inferior, y que había presentado el combate más como un espectáculo circense que como una velada de boxeo, utilizó la victoria de forma propagandística. La superioridad de la raza aria sobre los inferiores negros había quedado demostrada. Y, por ende, la de Alemania frente a los corrompidos Estados Unidos, en manos de judíos y negros. A pesar, como se ha dicho, de la poca simpatía de Schmeling hacia el nazismo, no pudo renunciar a su condición de héroe nacional (que en realidad fue de “héroe racial”; por cierto, que Schmeling era bastante moreno y alejado de los estereotipos arios). Fue recibido por las masas enardecidas en Berlín, y adoptado como el campeón del régimen nazi.
El siguiente paso para Schmeling era combatir por el título frente a Braddock, pero éste al parecer se negaba a boxear con un púgil nazi y adujo una lesión en la mano. Así, la pelea por el título se organizó posteriormente con Joe Louis de aspirante, que a pesar de su última derrota llevaba una impecable carrera y había demostrado ser merecedor de una oportunidad. Incluso Braddock, mostrando una clara visión empresarial, y sabiendo que aunque le ganase ese combate Louis era la gran estrella del futuro del boxeo, negoció con sus managers que a cambio de darle esa oportunidad Braddock recibiría el 10% de las ganancias de Louis durante los diez años siguientes.Joe Louis pudo resarcirse pronto de la derrota ante el gigante teutón y conseguir el sueño que compartía con toda la comunidad afroamericana estadounidense: el título de campeón del mundo de los pesos pesados. En la pelea frente a Braddock, en el Madison, pasó momentos complicados, llegando a ser derribado en el primer asalto, y a pesar de que el campeón dominó casi todo el combate, Louis conectó una serie de golpes en el octavo que terminaron con “Cinderella Man” en la lona y con el Bombardero de Detroit como nuevo campeón del mundo. Aunque había obtenido el título, Joe Louis no se sentiría campeón hasta haber derrotado a Schmeling.
(Continuará)
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Yo no estuve allí: Joe Louis y Max Schmeling (y II)
La revancha se disputó el 22 de junio de 1938. Alemania se había anexionado Austria y presionaba a Checoslovaquia para que entregase la soberanía sobre la región de los sudetes. El ejército de Hitler atemorizaba toda Europa, y el partido nazi exhibía por doquier la supremacía racial aria. Mientras, los EEUU aún no había salido totalmente de la Depresión, contemplaban con estupor lo que ocurría al otro lado del Atlántico, y necesitaban de una figura que les diera esperanza en los principios y valores que habían hecho de su país una gran nación. Durante meses, esta esperanza tomó la forma de Joe Louis. Poco antes de la pelea, el presidente Franklin Delano Roosevelt recibió a Louis en la Casa Blanca, y le dijo: “Joe, necesitamos músculos como los tuyos para derrotar a Alemania”.Si las autoridades nacionalsocialistas habían intentado que la anterior confrontación pasara desapercibida negándole legitimidad y sólo a raíz de la victoria del alemán habían reclamado el triunfo como propio, en este caso desde el principio publicitaron el combate como la definitiva prueba de la superioridad aria. Durante meses Schmeling se vio introducido en el círculo íntimo de Hitler, como “símbolo ario” que era, a pesar de que ni el boxeador comulgaba con las ideas del dictador, ni éste sentía simpatía por el púgil, más aún cuando la amante de Hitler, Eva Braun, bebía los vientos por Schmeling.
Cuando en un Yankee Stadium abarrotado la campana dio inicio al combate entre dos púgiles, Louis y Schmeling, para la mayoría se escenificaba la lucha entre el fanatismo y la libertad. Joe Louis, aquel día, luchaba por su país y por su raza. Como el cómico Dick Gregory diría después: “fue la única vez que un negro se convertía en la gran esperanza blanca”.Millones de radioyentes asistieron a través de las ondas a la temprana victoria de Louis, que noqueó a Schmeling en el primer asalto. Aunque el alemán se quejó de un golpe ilegal, no cabe la menor duda de que el norteamericano era mejor boxeador, y esta vez no iba a dejarse sorprender. La victoria de Louis fue celebrada por todo el país, especialmente por la comunidad afroamericana, que veía a uno de los suyos, dos años después de que lo fuese Jesse Owens, subido al pedestal de héroe nacional y azote del racismo.
EEUU celebró el triunfo de su boxeador como un éxito nacional; Alemania lo sufrió como una vergonzosa derrota. Schmeling seguía siendo considerado un execrable nazi en Norteamérica, y ahora era despreciado por sus propios compatriotas como un indigno pelele fra
casado. Hitler no se lo tomó tan mal después de todo, al fin y al cabo ese bruto no le caía nada bien y su fracaso le permitía vengarse de los desplantes sufridos. Pronto sería obligado a alistarse en el ejército, pero antes, jugándose la vida, salvó a dos judíos de caer en manos de las SS durante los aborrecibles sucesos que han pasado a la historia con el nombre de la Noche de los Cristales Rotos (noviembre de 1938). Ocultó a estos jóvenes judíos, los Lewin, en la suite de su hotel, y posteriormente les ayudó a salir del país. El campeón defenestrado mantuvo tal suceso durante mucho tiempo en secreto; sólo muchos años después salió a la luz, al ponerse en contacto uno de los dos hermanos con el ex-boxeador, a fin de darle las gracias. Schmeling fue distinguido por tal hecho por la Fundación Raoul Wallenberg, premio que aceptó agradecido, en contraposición a lo que hacía años había hecho con los galardones ofrecidos por los nazis, los cuales varias veces se negó a recibir. Esta actitud de resistencia pasiva ante los dirigentes nacionalsocialistas le llevó a servir en la guerra como paracaidista, y a serle encomendadas sucesivas misiones suicidas. La consigna parecía ser que Schmeling desapareciera. Pero Schmeling siempre volvía. Terminó la guerra, y a pesar de todos los peligros a los que se vio arrojado por sus mandos, el bravo y humanitario púgil alemán sobrevivió.
Su contrincante Joe Louis también se alistó en el ejército. En este caso, de forma voluntaria, y su destino no fue el mismo que el de su rival y posteriormente amigo alemán. El bombardero de Detroit fue utilizado en campañas de publicidad que llamaban a los jóvenes americanos a alistarse y protagonizó giras en las que animaba y entretenía a los soldados con discursos y exhibiciones. También se mostró crítico con su gobierno, al condenar que los soldados afroamericanos sirvieran en batallones segregados de los blancos. “Hay muchas cosas malas en Norteamérica, pero Hitler no nos las va a arreglar”, solía decir. Tras la guerra, Joe Louis conoció el lado oscuro de la fama. Tras defender su tít
ulo en dos ocasiones, pretendía retirarse del boxeo como campeón, y así lo hizo en 1949. Sin embargo, su excesiva generosidad y tren de vida le llevó a perder casi todo el dinero que había ganado en los años anteriores, viéndose obligado a subir de nuevo al ring para pagar las deudas. Primero fue derrotado por Ezzard Charles a los puntos, y posteriormente apalizado por un joven Rocky Marciano, que posteriormente se convertiría en el único boxeador que se ha retirado imbatido. Ésta fue la tercera derrota en toda la carrera de Joe Louis, y el fin de la misma. Resultado, 72 combates, 69 victorias (55 por K.O.) y 3 derrotas. Ostentó durante 12 años el cetro de campeón del mundo de los pesos pesados.Schmeling y Louis entablaron una gran amistad durante los años posteriores. El alemán se convirtió en el representante de Coca-Cola en su país, y se hizo millonario. Louis, en cambio, inició una caída personal que no tendría freno. Intentó ganar dinero vendiendo su imagen, siendo contratado por el Caesar´s Palace de Las Vegas como “maestro de ceremonias”. También se hizo luchador de lucha libre americana, lo que ellos llaman “wrestling” y aquí conocemos como “pressing catch”, más cercano al espectáculo y a la interpretación que al verdadero deporte. Durante esto años, y casi arruinado, recibió la ayuda económica de su amigo Schmeling desde el otro lado del charco. Pero lo peor estaba por llegar. Tras coquetear con la cocaína, estuvo un tiempo ingresado en un psiquiátrico y una operación quirúrgica lo dejó postrado en una silla de ruedas. Sólo la ayuda de algunos amigos, Schmeling entre ellos, le permitió salir adelante, hasta que en 1980 falleció de un ataque al corazón en un Hospital de Palm Springs. Fue enterrado con honores militares en el cementerio de Arlington por expreso deseo del presidente Reagan. Los funerales los pagó su otrora enemigo y desde hacía años amigo Max Schmeling.

El campeón alemán murió hace relativamente poco, en 2005, a la edad de 99 años, homenajeado por un pueblo alemán que siempre le tuvo en alta estima,y por toda la gente del boxeo, que siempre le admiró.
Como en el caso de Jesse Owens, el deporte demostró con Joe Louis que sólo el trabajo y la valía personal diferencian a las personas, y que ni la raza ni la nacionalidad sitúan a nadie por encima de otros. Como en el caso del atleta de Alabama y su contrincante y posterior amigo alemán Lutz Long, la amistad de Louis con Schmeling, después de haberse partido la cara dos veces en el ring y haber sido enfrentados como los estandartes de dos visiones del mundo que llevaron a la segunda y más terrible confrontación mundial, nos expresa bien a las claras que por encima de las ideas, por encima de los partidos, por encima de los gobiernos, siempre están las personas y su capacidad para amar y hacer el bien.
Aquí tenéis los vídeos de los dos combates que disputaron Louis y Schmeling (abstenerse espíritus sensibles porque se dan ----ias como panes).
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martes, 24 de mayo de 2011
Yo no estuve allí: Paul Revere y Pedro Serrano
Una de las bases de cualquier movimiento político o social es la comunicación. El traslado de la información sobre acontecimientos, programas, proclamas, etc. es primordial para el éxito de las acciones de los grupos humanos en relación con su contexto. Lo estamos viviendo en la actualidad, con la importancia que ha tomado internet, y en especial twitter, en la reciente oleada de revoluciones en el mundo islámico, así como en el controvertido movimiento 15M en España. También se hizo famoso el “pásalo” enviado por sms tras el atentado del 11M y que jugó un papel trascendental en la primera victoria electoral de Rodríguez Zapatero en España. La aldea global en que se ha convertido nuestro planeta gracias a las tecnologías de la información y la comunicación nos permiten saber casi al segundo lo que ocurre en cualquier punto de la geografía (otra cosa son los intereses de los que controlan esta tecnología, o si verdaderamente es “democrática y universal”, es decir, llega a todo el mundo y en las mismas condiciones). Sin embargo, esto es algo relativamente nuevo. En los siglos pasados, la transmisión de noticias era mucho más lenta y dificultosa por cuanto se tenía que hacer de viva voz o a través de misivas que viajaban por el mundo portadas por mensajeros. Sin duda, el correo más famoso de la historia fue Filípides, el joven griego, que dio lugar a la famosa leyenda del Maratón, de la que existen dos versiones: la más romántica es la que nos cuenta que llevó la noticia de la victoria de los atenienses ante los persas a Atenas para evitar que las mujeres atenienses matasen a sus hijos y se suicidasen, como habían planeado en caso de derrota griega, para lo cual recorrió unos 40 kilómetros; Herodoto, en cambio, nos cuenta que en realidad recorrió los 240 km. que separan Atenas de Esparta en tan sólo dos días para pedir ayuda a los espartanos. En la literatura, el mensajero más célebre es Miguel Strogoff, “el correo del zar”, que en la imaginativa mente de Julio Verne evita con su epopeya a través de la estepa rusa una invasión tártara. Sin embargo, en este artículo quiero referirme a dos figuras, cuya actuación tuvo similitudes en la forma y alcance de su gesta, pero cuyo reconocimiento en sus respectivas historias nacionales dista bastante: Paul Revere y Pedro Serrano.Paul Revere es una figura muy conocida y apreciada en los EEUU. Todo niño estadounidense conoce la historia de este patriota y su fam
osa “cabalgada de medianoche”. En el transcurso de la guerra de la independencia norteamericana, este industrial de éxito ideó un sistema para avisar con antelación de los movimientos de los británicos. Así, sus informantes, por medio de la luz de lámparas encendidas, le comunicaron en la noche del 11 de abril de 1775 que las tropas realistas avanzaban a través del Río Charles en dirección a Lexington y Concord, donde los rebeldes guardaban un importante arsenal. Conocido esto, Revere inició un recorrido a caballo avisando a los patriotas de las acciones británicas al grito de “the Regulars (así conocían a las tropas del rey Jorge) are coming!”, lo que permitió que se prepararan las defensas y se ganase la batalla, protegiendo el arsenal y evitando que figuras tan importantes como John Hancock cayesen en manos británicas. Al terminar la guerra, la hazaña de Paul Revere fue celebrada y pasó a la historia de los EEUU, convirtiéndose en una leyenda nacional. Bien es cierto que la historia tampoco ha sido justa en este caso, pues Revere contó con el apoyo de otros dos jinetes, William Dawes y Samuel Prescott, cuyos nombres han quedado olvidados. Buena parte de culpa de la fama que la figura de Revere ha obtenido la tuvo el poeta Longfellow, que en su obra “Paul´s Revere ride” puso las bases de su leyenda.
España, en cambio, y como es bien sabido, gusta más de olvidar a los protagonistas de su historia, y, en caso de recordarlos, prefiere hacerlo para censurarlos y vituperarlos. Por ello no es de extrañar que el nombre de Pedro Serrano nos sea desconocido, al igual que lo es buena parte de nuestra historia, sobre todo porque muchos llevan varias décadas considerando que ésta empieza en la guerra civil. Empero, estamos en años de bicentenario de otra de nuestras guerras, una de las más crueles pero también la más patriótica de nuestro acontecer histórico, que llevó a la nación española a luchar por un objetivo común, e incluso puso la bases de la libertad en nuestro país, evidenciando que no necesitábamos la tutela de un rey absoluto. Pero, como todo lo que habla de España y la nación española, ha sido relegada al olvido, poniendo el foco en otros hechos que magnifican lo que nos separa. Pedro Serrano fue protagonista del levantamiento que dio origen a la guerra de la independencia española tras la invasión napoleónica de 1808. Como todo el mundo debería saber, el 2 de mayo de 1808, tras haber forzado Napoleón a Fernando VII y Carlos IV a cederle la corona de España y habérsela entregado éste a su hermano José, las tropas francesas sacaban de España al último miembro de la casa real que aún quedaba en Madrid, el infante Francisco de Paula. El pueblo de Madrid, ante esta situación, y al grito de “¡Que nos lo llevan!” se amotinó contra las tropas de ocupación mandadas por Murat. La brutal respuesta francesa enardeció los ánimos d
e los madrileños y españoles que poco a poco iban conociendo la noticia. Ese día hizo que pasaran a la historia nombres como los de los capitanes Daoiz y Velarde, que apoyaron el levantamiento de las clases populares desde el Parque de Artillería de Monteleón, o lo de las mujeres Manuela Malasaña y Clara del Rey. Los políticos Juan Pérez Villamil y Esteban Fernández de León, éste último testigo directo de lo acaecido en la capital, urgieron a los alcaldes de la vecina localidad de Móstoles, Andrés Torrejón y Simón Hernández, a publicar un bando, previamente preparado por ellos, que llamase a todos los españoles a tomar las armas frente a los invasores gabachos. Este bando, a la vez declaración de guerra a Francia y petición de auxilio a los compatriotas, debía ser hecho público por los alcaldes ordinarios y demás autoridades de las localidades en que fuera recibido. En este punto aparece la figura de Pedro Serrano, jinete que ejercía de postillón (mozo que iba a caballo delante de las postas), y que se ofreció a transmitir y entregar copias del documento por los municipios del Camino Real de Extremadura. En dos días recorrió más de 400 km., cambiando de caballo en las diferentes postas, y llevando por localidades extremeñas y andaluzas la llamada a un levantamiento general armado que tras cinco años de guerra expulsará al invasor de España.Contrasta, pues, lo poco que sabemos de este Pedro Serrano, y lo poco que nos hemos hecho eco de su nombre, con el papel otorgado al que, como él, llevó noticias de sublevación y rebeldía contra la opresión poco antes y a un océano de distancia, Paul Revere. Eso sí, creo que todos convenimos, conociendo a los americanos y conociendo España, que no resulta extraño ni la leyenda fabricada por aquéllos, ni el olvido al que hemos relegado a nuestro compatriota. Ambas circunstancias nos dicen mucho de ambos países, de cómo se ha construido su historia, y de cómo encaramos el futuro. ¿Las conclusiones? Que cada uno saque las suyas. Yo me limito a constatar la disparidad con que la historia ha tratado a ambas figuras.
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sábado, 3 de abril de 2010
Yo no estuve allí: La Lanza del Destino (II)
Carlomagno se convirtió en Emperador cuando fue coronado por el Papa León III en el año 800. Antes, desde 768, era rey de los francos. Según la leyenda, Carlomagno blandió la lanza del destino en 47 campañas victoriosas. De nuevo las fuentes difieren aquí sobre cómo consiguió la lanza. Mientras unas aseguran que era propiedad familiar, pues ya Carlos Martel la había enarbolado en la batalla de Potiers (732) frente a los musulmanes, otras aseguran que fue un regalo del Papa León III. En este último caso, el arma se conocía como Lanza de San Mauricio, pero se aseguraba que fue utilizada por el emperador Constantino en sus batallas. Aparte del poder que otorgaba la reliquia a quien la poseyera, también tenía una maldición: aquel que la perdiera pagaría por ello con su vida. Precisamente, Carlomagno es la primera víctima conocida de la maldición, pues la dejó caer vadeando un arroyo en Aix-la-Chapelle, en el año 814, muriendo poco después.A partir de Carlomagno la Lanza de Constantino pasa por las manos de diversas monarquías y grandes casas nobiliarias europeas (los reyes sajones de Inglaterra, la Casa de Borgoña) hasta que en el siglo X nos la encontramos en manos de Enrique el Pajarero, fundador de la casa real de Sajonia. De éste, pasaría a su hijo, Otón I el Grande, coronado emperador por el Papa Juan XII en 962, hecho que se considera el inicio del Sacro Imperio Romano Germánico, toda vez la idea imperial se había venido debilitando desde Carlomagno y la división de su imperio entre sus hijos. Aunq
ue sabía que existía otra Santa Lanza, que podemos llamar de Longinos, en Oriente, creyó que su lanza, la supuesta de Constantino, el había llevado a la victoria sobre sus enemigos, y regaló una copia de la misma a los reyes de Hungría y Polonia (otras fuentes dicen que fue Enrique II el que hizo este regalo). Una de estas copias sería la que se conserva hoy en día en Cracovia (Polonia)El nieto de Otón el Grande, Otón III, añadió a la lanza un clavo, supuestamente uno de los que sujetaron el cuerpo de Cristo en la cruz, cosiéndolo a la punta con hilos de oro, plata y cobre. Recordemos que la original Lanza de Constantino había sido hecha a partir de uno de los clavos de Cristo (que en principio, al menos los que encontró Santa Elena, eran dos), con lo que si efectivamente ésta fuese la original lanza de Constantino el Grande, ambos clavos encontrarían unidos en el arma. La posesión de la lanza por parte de la dinastía de Sajonia como elemento de justificación divina del poder fue un importante elemento propagandístico en la llamada Guerra de las Investiduras. Igualmente, la dinastía heredera de la anterior, los Hohenstauffen, la utilizaron de manera similar en los inicios de la lucha entre güelfos y gibelinos, que dividieron a Italia dividida durante varios siglos.
El primer Hohenstauffen, Federico I Barbarroja, fue otra víctima de la maldición de la lanza: vadeando el rio Cidno, en Asia Menor, en el año 1190, la dejó caer y murió ahogado. Su nieto Federico II, tras asegurarle el Papa Gregorio VII que la lanza era la que atravesó el costado de Cristo, la llevó a Nuremberg, donde fue custodiada durante 500 años hasta la llegada de Napoleón. En 1350, Carlos IV, emperador germánico de la casa de Luxemburgo, grabó en la lanza la leyenda Lancea et clavus domini (lanza y clavo del Señor) y el Papa Inocencio VI estableció oficialmente su veneración como la Lanza de Longinos.Pero volvamos en el tiempo y a Asia. En 1204, durante la Cuarta Cruzada, los caballeros occidentales atacaron el imperio bizantino y tomaron Constantinopla, fundando el Imperio Latino de Oriente. Uno de sus emperadores, Balduino II, vendió en 1241 la punta de la lanza (¿la de Constantino?¿La de Jerusalén encontrada por Santa Elena? ¿La de Antioquia recuperada durante la Primera Cruzada? ¿Otra totalmente distinta?) al rey Luis IX de Francia (San Luis), que construyó la Sainte Chapelle para albergarla junto a la corona de Espinas. Allí estuvo hasta la Revolución Francesa, cuando fue trasladada a la Biblioteca Nacional Francesa. Actualmente la corona de espinas está perdida (lo que ahora llaman así es una guirnalda, en conmemoración, supongo) y de la lanza poco se sabe. Eso sí, en el siglo XIV un peregrino decía haber visto las puntas de Paris y Constantinopla y que esta última parecía mucho más antigua que la francesa.
Otra vez a viajar. Hasta ahora una ciudad ha sido la más importante en “número de lanzas”: Constantinopla. Retornemos a ella. En el 1453 cae en manos del Imperio Otomano. Con la ciudad, el asta de la lanza (que o es la de Constantino sin la punta, que a saber dónde está, o es el asta de la de la encontrada por santa Elena, trasladada desde Jerusalén a Constantinopla, donde supuestamente estaba la punta, de la que tampoco nada se sabe entonces, a no ser que una de las dos puntas fuese la de París, que no parece por los testimonios antes comentados, aunque esto fue lo que aseguró el Papa Benedicto XIV en 1700, al considerar que esta punta se complementaba perfectamente con el asta que nos ocupa). En 1492 el papa Inocencio VIII intercambió este asta por el hermano del sultán Bayaceto, y desde entonces se encuentra guardada, junto con otras reliquias de dudosa autenticidad como la Verónica en el interior de uno de los cuatro grandes pilares de San Pedro del Vaticano.
Regresemos a la de San Mauricio, o “de los Habsburgo”. La habíamos dejado en Nuremberg. A principios del siglo XIX, con Napoleón adueñándose de Eur
opa, sacan la reliquia de la ciudad alemana y va a parar a Viena, a la colección de Tesoros Reales de los Habsburgo, conocida como la Schatzkammer (Cámara de los Tesoros). Allí es donde la vió Adolf Hitler por primera vez en 1909, y donde comenzó una obsesión de la que hablaremos posteriormente. Si hemos de concluir en relación a esta pieza que es la que mejor se conoce, desde su posesión por Carlomagno en la actualidad (está en Viena, en el Palacio Hofburg), aunque el problema es que hay pocas probabilidades de que ésta que le llegó a Carlomagno fuese la original de Longinos.Como vemos, en la actualidad podemos ver cuatro lanzas, la de Cracovia (una copia de la de Viena), la de Echmiadzin (de dudosa historicidad), la del Vaticano (a la que ni siquiera el Papado le hace mucho caso) y la de Viena (la más interesante y de más largo y conocido recorrido histórico, pero que difícilmente es la original). Aunque abundaremos en esta cuarta lanza y su relación con Hitler en un próximo capítulo, la conclusión a la que podemos llegar es que la lanza original de Longinos, si existió, jamás ha sido encontrada, pero su recuerdo, identificado como reliquia en otros objetos ha tenido un gran poder e influjo en la historia de la cristiandad en particular y de la humanidad en general.


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viernes, 2 de abril de 2010
Yo no estuve allí: La Lanza del Destino (I)
La Lanza del Destino, también llamada de Longinos. En realidad, como descubriremos, habría que decir las lanzas del destino. El arma con la que fue atravesado el costado de Cristo en la cruz, y que desde entonces se ha convertido en una de las reliquias más importantes de la cristiandad, sólo superada por el Santo Grial y la Sábana Santa. Con los años este arma se ha convertido no sólo en una reliquia cristiana, sino en un objeto de poder sobrenatural que asegura a su poseedor la victoria sobre sus enemigos y ha sido buscada, encontrada, y blandida por multitud de personajes ávidos de gloria y poder, caso de Carlomagno, Federico II Barbarroja, o el propio Adolf Hitler. Vamos, pues, con la historia de la Lanza del Destino. Advirtamos antes que, más que con la historia de una reliquia, nos encontraremos con la aparición de varias lanzas en determinados momentos históricos que fueron identificadas por sus dueños como la verdadera arma que traspasó el costado del crucificado. Pero empecemos por cómo aparece esta reliquia en la tradición cristiana. Como ya narré aquí, los judíos no querían que el sábado de la Pascua hubiese crucificados, por lo que pidieron que se diese muerte a los condenados y fueran retiradas las cruces y los cadáveres. Cuando se quería que un crucificado muriese pronto, se le quebraban las piernas y al no poder tomar impulso para exhalar el aire, se asfixiaban. Eso les encomendó Pilatos a sus soldados, que así lo hicieron con los dos ladrones que estaban crucificados junto a Jesús, pero llegando a éste, vieron que ya había muerto. Uno de ellos, le atravesó el costado con una lanza, y manando de él sangre y agua, comprendieron que había muerto. Éste sería el origen de la lanza del destino, narrado en Jn. 19, 31-34. El Evangelio de Juan es el más original de los cuatro, no en vano a los otro
s tres se les llama sinópticos porque son parecidos. En ellos no se narra la escena de la lanzada, pero sí que se cuenta cómo el centurión romano que custodiaba a los condenados, al ver morir a Jesús, exclamó “verdaderamente era Hijo de Dios” (Mc. 15, 39; Mt. 27, 54) o “verdaderamente era un hombre justo” (Lc. 23, 47). La tradición ha identificado a este centurión con el soldado de la lanzada, y en el evangelio apócrifo e Nicodemo, del siglo IV, se le bautiza como Longinos (derivado de la palabra griega logjié, que significa lanza). A partir de entonces se le han atribuido diversas historias casi milagrosas, como que le comunicó a Pilatos que se había equivocado en su veredicto, que cuando le clavó la lanza, al salpicarle sangre de Cristo se le curó un ojo que tenía enfermo, o que se convertiría en ermita en Capadocia, donde sería martirizado y por ello alcanzaría la santidad (dentro del martirologio romano se le cita como San Longinos).En cuanto a la lanza, el arma habitual de los legionarios romanos era el pilum, una lanza arrojadiza, pero también existía el hasta longa, más larga y que se asemejaría más a lo que nosotros entendemos como lanza y a la propia historia de la lanzada de Cristo. Estas lanzas tenían una punta metálica de entre 25-30 cm., astil de madera y regatón metálico en el extremo inferior, de modo que medirían en total entre 1´80 y 2´60 metros.
Vayamos pues con la odisea de la reliquia hasta nuestros días.
Empezamos con la historia de “una” de las lanzas. Una vez Jesús fue sepultado (y resucitado para los creyentes), la lanza fue guardada y escondida por las primeros discípulos de Cristo. Tras la rebelión judía del 66 liderada por Simón Bar Giora y Juan de Giscala, el emperador Tito entró en Jerusalén y destruyó la ciudad hasta sus cimientos. Los cristianos, antes de la entrada de las tropas romanas, se llevaron la lanza a Antioquia, en la actual Turquía, una de las ciudades más importantes del cristianismo primitivo. Pasarán casi mil años hasta que se sepa algo de esta lanza antioquiana. Tras la expansión y control musulmán del Próximo Oriente, la ciudad será alternativamente controlada por el imperio bizantino y por pueblos musulmanes, llegando hasta la dominación selyúcida en 1085. En el transcurso de la Primera Cruzada, en 1098, los cruzados comandados por Godofredo de Bouillon logren recuperar la ciudad para la cristiandad. Sin embargo, una vez
tras sus murallas, tuvieron que hacer frente al cerco selyúcida. Los cercados estaban en una situación desesperada, sin provisiones y sin agua, y en una gran inferioridad numérica frente al enemigo. Las fuentes difieren aquí sobre si fue un soldado el que dijo haber tenido una visión en la que San Andrés le había indicado que la Lanza del Destino estaba bajo el suelo de la Catedral de San Pedro, o si fueron unos cristianos orientales los que advirtieron de su presencia a los cruzados escondida en la propia muralla de la ciudad. El caso es que la lanza fue encontrada, y, a modo de milagro, esto dotó de un ardor guerrero a los sitiados que a pesar de su inferioridad y crítica situación lograron romper el cerco musulmán y salvar la ciudad, que se convertiría en la capital del nuevo Principado Cristiano de Antioquía. En Echmiadzin, Armenia, se conserva un objeto que aseguran es la lanza encontrada por los cruzados. Sin embargo, según otra fuentes, los cruzados finalmente la donarían al imperio romano de oriente, al emperador bizantino, y, por tanto, viajaría a Constantinopla. Sin embargo, en Constantinopla ya existía otra Lanza del Destino…Volvemos atrás, y “olvidamos” lo dicho hasta ahora. En efecto, la lanza sería custodiada por los primeros cristianos, y en concreto por José de Arimatea, el rico judío miembro del sanedrín pero discípulo de Jesús. Éste fue recopiló una suerte de “tesoros de la vida de Jesús”, caso del Grial, la lanza, la cruz, los clavos, la corona de esp
inas y el Sudario de Cristo. Este tesoro estaría en manos de los primitivos cristianos hasta la ya aducida toma de Jerusalén por Tito en el año 70. Alguna tradición de la época sitúa la lanza en manos de San Mauricio, el comandante de la conocida como legión tebana, martirizado por el emperador Maximiliano a principios del siglo III por negarse a perseguir a los cristianos. Llegando el siglo IV, la madre del emperador Constantino, Santa Elena, organizó la búsqueda del Santo Sepulcro en Jerusalén. Debía ser una arqueóloga de excepción (¡y en el siglo IV!) porque encontró todas las reliquias las del supuesto “tesoro” de José de Arimatea bajo un templo dedicado a la diosa Venus. Bien es cierto que la Santa no llevó la Lanza (ni la Vera Cruz, por ejemplo) a Roma, por miedo a cometer sacrilegio, pero no tuvo reparos en llevarse los clavos de Cristo. Santa Elena ordenó erigir una basílica en ese lugar, donde se alza actualmente la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén. En el siglo VI, una tal Antonino (San Antonio de Piacenza), peregrinó a los Santo Lugares, declararía haberla visto en la Basílica del Monte Sión, en Jerusalén. Según nos cuenta el Chronicon Pasquale, cuando en el siglo VII el rey persa Corroes saqueó Jerusalén, se hizo con las reliquias. Empero, un cristiano fue capaz de partir la lanza y sacar de la ciudad la punta, entregándosela al patriarca Nicetas que la llevó a Constantinopla. Cuando en 631 el emperador bizantino Heraclio recuperó Jerusalén, también lo hizo con la parte de la lanza que allí estaba, el asta, pero dejó la punta de la lanza en la capital de su imperio, primero en la Catedral de Santa Sofía, y posteriormente en la Capilla de los Faraones.
El hijo de Santa Elena, el emperador Constantino, se había convertido al cristianismo tras una visión la víspera de su decisiva victoria frente a Majencio en la batalla del Puente Milvio (28 de octubre de 312) donde se le presentó el símbolo de la cruz (más concretamente el lábaro o crismón) y la leyenda “In hoc signo vinces” (con este signo vencerás). Posteriormente, en 313, publicó el Edicto de Milán, que despenalizaba el cristianismo, religión prohibida y perseguida hasta ese momento en el imperio. Pues bien, Constantino, con uno de los clavos de Cristo, se hizo una segunda lanza, al no poder poseer la “original”, llamada desde entonces “la Lanza de Constantino”. Ésta fue considerada también como un objeto de poder, y se mantuvo bajo la custodia de los emperadores bizantinos, al igual que la de Jerusalén.Llegados a este punto llevamos, ¿cuántas? ¿Tres, cuatro lanzas? Pues en el próximo artículo de esta serie descubriremos otra. Leer más...
viernes, 26 de febrero de 2010
Yo no estuve allí: Las Órdenes Militares
La semana pasada estuvimos de visita en el Sacro Convento-Castillo de Calatrava La Nueva, término municipal de Aldea del Rey y al lado de Calzada de Calatrava. La verdad es que tiene delito que tamaño monumento sea prácticamente desconocido para los que lo tienen al lado, y nuestra intención es institucionalizar una visita anual desde el instituto para que todos los jóvenes de las dos poblaciones contiguas lo conozcan. Es un lugar bastante familiar para mí, ya que trabajé allí durante seis meses en el año 2001 como técnico en arqueología. Por supuesto, invito a todo el mundo a visitar este maravilloso lugar, de intenso disfrute tanto para buenos conocedores de la historia como para profanos en la materia. A él dedicaré un futuro segundo capítulo de este artículo.Como material para la visita, redacté un documento donde se hacía un somero repaso de lo que eran las Órdenes Militares en la Edad Media, y su incidencia en la cristiandad en general y en la Península Ibérica en particular. Aprovechando su confección, he pensado en ofrecéroslo como un "Yo no estuve allí"... y aquí está. Como ya he adelantado, para el futuro dejo un artículo dedicado específicamente a la Orden de Calatrava y más concretamente a Calatrava La Nueva, a la espera de realizar unas fotografías adecuadas para acompañar al texto.
Monjes-guerreros. Suena raro ¿verdad? Conjugar algunas características de ambos términos nos puede parecer muy difícil en la actualidad (el amor y servicio al prójimo y la violencia inherente al arte de la guerra, por ejemplo), pero en otro tiempo no sólo no era extraño, sino que constituía el ideal de caballero cristiano. Bien es cierto que el ascetis
mo de carácter monástico y la pericia a la hora de luchar han sido elementos que a menudo se han armonizado en la historia (los guerreros shaolin chinos, los yamabushi o guerreros de la montaña japoneses, los murabits que habitaban los ribats musulmanes…), con lo que la existencia de una figura análoga dentro del cristianismo tampoco debería sorprendernos. Así, estos monjes-guerreros se originaron y desarrollaron dentro de las instituciones conocidas como órdenes militares, y podríamos situar su época de desarrollo y apogeo en los siglos XII y XIII, continuando su existencia de manera más residual cuanto más avanzaban los siglos e incluso encontrando algunas órdenes que aún subsisten hoy en día, casi de manera testimonial y nominal puesto que han perdido en su totalidad la forma y significado de antaño, y se mantienen por el empeño de, y que me perdonen si les molesta el adjetivo, algunos “frikis” de la historia y de un pasado que jamás volverá.El monje-guerrero cristiano, tal y como lo definió San Bernardo de Claraval en su obra Elogio de la nueva milicia templaria, surge como una amalgama de dos de los órdenes en que se dividía la sociedad medieval: el orator (el que ora, el religioso) y el bellator (el que lucha, el guerrero). Estos miembros de las órdenes eran por tanto, ambas cosas, y, a la vez, ninguna de las dos, sino un orden nuevo y diferenciado. Profesaban los votos de cast
idad, pobreza y obediencia y respetaban una regla monacal, generalmente la de San Benito; pero a ello sumaban el oficio de las armas y la misión de cruzada frente al infiel. En el origen de las Órdenes Militares estaría la unión de varios de los elementos más característicos de la época en que se sitúan (ss. XII-XIII, como se ha dicho), tanto ideológicos (el ideal caballeresco, el respeto a la regla monástica, la importancia de las peregrinaciones) como políticos (la cruzada en todos sus aspectos, tanto de recuperación de Tierra Santa como de extensión del Papado romano) y socio-económicos (control de la población campesina, mantenimiento del orden, asistencia y protección de los más necesitados y ampliación de tierras para su explotación).La primera orden militar que podemos definir como tal fue la de los caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalén, fundada en 1098 por Godofredo de Bouillon para proteger los Santos Lugares, recuperados tras la Primera Cruzada. Cierto es que la Orden de San Juan del Hospital de Jerusalén (más conocida como Orden de los Hospitalarios, Orden de San Juan u Orden de Malta) fue fundada en 1084, pero en esos años sólo tendría una función hospitalaria y de asistencia, siendo introducido el elemento bélico en años posteriores, igualmente con ocasión de la Primera Cruzada, por lo que podríamos considerarla contemporánea a la anterior. Sin embargo, la Orden Militar más conocida, y más desconocida también por los misterios y secretos que la rodean y que han fascinado a millones de personas de varias generaciones, es la de los Pobres Caballeros de Cristo u Orden del Temple. Los Templarios fueron fundados por nueve caballeros franceses liderados por Hugo de Payens tras la Primera Cruzada, en 1118. Precisamente la caída en desgracia y disolución, en 1312, pone fin a la época de apogeo de las Órdenes Militares, al menos en su concepción original, transformándose en un elemento más al servicio de las nuevas monarquías feudales y del papado de Roma.

Aunque a nosotros nos pueda parecer lo contrario, el espíritu de Cruzada no sólo se aplicaba a la recuperación de los Santos Lugares, sino a todo aquel territorio que había sido arrebatado a la cristiandad por las huestes de Mahoma. Por esto, lo que conocemos como Reconquista fue vista por sus contemporáneos como una cruzada más contra el infiel, siendo por tanto normal que se utilizasen estrategias e instituciones análogas a las de la Cruzada en Tierra Santa. De ahí que a esta Reconquista también se la llamara la Cruzada del Sur y que apareciesen en el siglo XII Órdenes Militares propiamente hispanas (aunque en Aragón aparecen algunas Órdenes Militares con anterioridad, como la de Monreal o la de Belchite, de menos importancia). Las cuatro principales órdenes “españolas” fueron la de Calatrava, Montesa, Alcántara y Santiago.

Casi desde su fundación, las grandes órdenes “internacionales” (Hospitalarios y Templarios) actuaron en la Península Ibérica. Incluso el rey de Aragón Fernando I el Batallador las declaró a ambas, junto a la del Santo Sepulcro, herederas de su reino, aunque finalmente el testamento no se hizo efecto al entregar los nobles aragoneses la corona a Ramiro II. También fue importante su participación junto a las huestes de los reinos cristianos en la decisiva Batalla de las Navas de Tolosa en 1212. Incluso alguna de ellas, como la de San Juan u Hospitalarios, fueron propietarios de extensos territorios en nuestro país. Sin embargo, el desempeño de las Órdenes “patrias” fue mucho más importante, pues al papel bélico contra los mahometanos le unieron un más importante si cabe cometido económico-social durante la repoblación, ordenando el espacio y la población y dando origen a una original estructura socio-económica hasta el final de la Edad Media.
Para terminar, dos pequeños videos, uno sobre Las Cruzadas y otro sobre la Reconquista de la Península Ibérica.
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