Mostrando entradas con la etiqueta Deportes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Deportes. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de marzo de 2012

Yo no estuve allí: Jesse Owens

1936. El águila imperial alemana está dispuesta a extender su sombra sobre Europa. Un hombre, más alto de lo que la historia le ha reconocido (1´73 m.), quiere mostrar al mundo la gran verdad de la que se ha convertido en profeta y mesías: la superioridad de la raza aria. Una vez el planeta haya asumido su supremacía, será más fácil conseguir sus objetivos y modelarlo según la única ley natural, negada por la infame civilización judo-cristiana: la ley del más fuerte. No es la excusa de un dirigente ambicioso para conseguir sus egoístas objetivos, no es una patraña urdida por un político que quiere medrar a toda costa, es una verdad luminosa y clara en su mente y que ha de guiar a la humanidad a un nuevo estadio de progreso y civilización. Sus compatriotas, la nación elegida para dirigir el mundo, ya lo han comprendido. Es hora de explicárselo al resto de la especie humana.

Berlín. Primero capital del Estado de Brandemburgo, dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, el Primer Reich. Luego, capital de Alemania tras la unificación bajo el kaiser Guillermo II, el Segundo Reich. Ahora, capital de la nueva Alemania, la Alemania nacionalsocialista, el Tercer Reich. Pronto, según los planes del Führer del pueblo alemán, será la capital del mundo.

Los Juegos Olímpicos. En la Grecia clásica, fiestas religiosas, culturales y deportivas en ofrenda a los dioses. Los ganadores de los concursos deportivos eran los elegidos para la gloria, pues su nombre y fama se extendían por toda la civilización (griega, por supuesto, pues no podían entender la existencia de otra). Una competencia por la perfección. Una divinización de los hombres en honor de unos dioses demasiado humanos. En la era moderna, son reinstaurados por el barón Pierre de Coubertin en 1896 como símbolo de la nueva civilización mundial nacida del imperialismo y la industrialización; una civilización sin fronteras ni límites, que ya cubría toda la tierra. Unas pruebas donde los mejores del mundo, los hombres más preparados, esforzados y brillantes, pudieran competir para mostrar las hazañas e hitos que el nuevo hombre moderno puede alcanzar, encarnación del progreso sin límites de la nueva sociedad industrial. El mejor acontecimiento para demostrar la superioridad de una nación, de una raza, por encima de las demás.


Alabama, EEUU. 12 de septiembre de 1913. Nace James “Jesse” Cleveland Owens, séptimo hijo de los once que tuvieron los granjeros Henry y Emma Owens. Nieto de esclavos, el trabajo y sacrificio de sus padres le permitió ir al Instituto en Cleveland, Ohio, donde se había mudado la familia. En el “High School” Jesse descubrió el atletismo; o quizá deberíamos decir que el atletismo le descubrió a él. Gracias a sus capacidades atléticas, y tras batir varios récords mundiales para estudiantes de instituto, logró una beca parcial para estudiar en la Universidad de Ohio, estudios que alternaba con los entrenamientos y el trabajo de botones. En los campeonatos universitarios de la NCAA consigue cuatro oros individuales en 1935 y otros cuatro en 1936, algo que nadie ha logrado repetir hasta el día de hoy. En un mitin realizado en la ciudad de Ann Arbor, en Michigan, pulverizó cuatro récords del mundo en tan sólo cuarenta y cinco minutos. Ese año, además, se convirtió en el primer hombre en sobrepasar los ocho metros en salto de longitud, estableciendo un récord que durará 25 años.

Berlín, Estadio Olímpico, 1 de agosto de 1936. 110.000 personas abarrotan las gradas del coliseo erigido por Werner March. La propaganda nazi llegaba a su punto culminante. Tenían que mostrar a todas las naciones el poder y la superioridad de la raza aria. Todo había sido proyectado por el gran propagandista alemán y mano derecha del Führer, Joseph Goebbels, que encargó la puesta en escena al arquitecto Albert Speer y la filmación del acontecimiento, que daría la vuelta al mundo, a la directora Leni Riefensthal. El célebre dirigible Hindenburg sobrevuela el Olympiastadion justo antes de la aparición del Jefe del Estado y del gobierno Alemán, Adolf Hitler. El tirano da por inaugurados poco después los XI Juegos Olímpicos de la Edad Moderna, los que deben certificar lo que la mente y sobre todo el corazón de millones de alemanes ya saben: el hombre ario debe liderar a la humanidad y los impuros deben postrarse ante él y reconocer su supremacía. El gran momento había llegado.
Berlín, Estadio Olímpico, 3 de agosto de 1936. Los días anteriores los alemanes se habían mofado de la presencia de atletas negros, a los que apodaban “bastardos de Renania”. Como raza impura, los de origen africano eran muy inferiores a los arios. Sin embargo, en la final de los 100 metros lisos se impone un atleta de color estadounidense, Jesse Owens, batiendo el récord del mundo con un crono de 10´30 segundos. Ese día se gana el apodo de “el antílope negro”. Segundo, a una décima, queda su compatriota Ralph Metcalfe, también negro. Tercero, el holandés Osendarp, ya a dos décimas de segundo del ganador. El Führer, que presidía las pruebas, no felicitó a los ganadores. A pesar de la falsa leyenda, no fue porque fuesen negros, sino porque el COI le había advertido que debía felicitar a todos los ganadores o a ninguno, pero nunca sólo a los alemanes, como había hecho el día anterior. Hitler
optó por no saludar a ninguno.

Berlín, Estadio Olímpico, 4 de agosto de 1936. Calificación para la final de salto de longitud. Jesse Owens es el plusmarquista mundial (8´13 m.), pero se encuentra en problemas: sólo le hacen falta 7´15 para llegar a la final, pero sus dos saltos anteriores han sido dados nulos por unos jueces demasiado rigurosos. Un alemán, Lutz Long, alto, rubio y de ojos azules, que acababa de batir el récord olímpico para regocijo de Hitler, se acerca a Owens. Le recomienda que no arriesgue, que salte bastante antes de la tabla de batida para que no le puedan dar un tercer nulo que le eliminase, ya que sus saltos eran mucho más largos de la distancia de calificación. Jesse Owens sigue su consejo y pasa a la final sin problemas. Al día siguiente, en la final, Jesse Owens vence a Long, que le felicita efusivamente y ambos salen del estadio fundidos en un abrazo cordial.

Berlín, Estadio Oímpico, 5 de agosto de 1936. Jesse Owens logra su tercera medalla de oro batiendo el récord mundial de los 200 metros lisos (20´7). El segundo fue Matthew Robinson, también atleta estadounidense y de color. Curiosamente, su hermano será el primer afroamericano en jugar al Béisbol en un equipo profesional, en 1947, rompiendo con la segregación racial en el “deporte nacional” norteamericano. El holandés Martin Osendarp fue, al igual que en los 100 metros, medalla de bronce en los 200.

Berlín, Estadio Olímpico, 9 de agosto de 1936. El equipo de relevos de los EEUU gana la carrera de los 4x100 masculinos con un tiempo de 39´8, récord del mundo. Entre los cuatro atletas ganadores se encuentra Jesse Owens, quien con ésta consigue su cuarta medalla de oro, hazaña no igualada en el atletismo hasta 48 años después con los cuatro oros de Carl Lewis en Los Ángeles 84.


Cleveland, Ohio, 20 de agosto de 1936. Tras desfilar por las calles de Broadway aclamado por el pueblo neoyorkino junto al resto de medallistas olímpicos norteamericanos, Jesse Owens vuelve a su trabajo de botones. El presidente de los EEUU, Franklin Delano Roosevelt, no recibe ni felicita a ninguno de los medallistas negros. Era tiempo de elecciones y eso podría reducir sus opciones en los estados racistas del Sur. Jesse Owens con sus cuatro medallas de oro, no podía viajar en la parte delantera de un autobús, ni se le permitía entrar en muchos locales “sólo para blancos”. Hitler no le había estrechado la mano, pero tampoco lo quiso hacer el presidente de los Estados Unidos.

Frontera germano-polaca, 1 de septiembre de 1939. El ejército del Reich invade Polonia. Comienza la II Guerra Mundial.

Sicilia, 13 de julio de 1943. Lutz Long es herido en el transcurso de una batalla y muere. Cuando estalló la II Guerra Mundial, Lutz Long fue obligado por el gobierno a acudir al frente, pese a que los atletas de élite no tenían la obligación de alistarse. El gesto que tuvo con Jesse Owens, un bastardo negro, fue entendido como una humillación para los arios, una degradación de su condición superior. Su desafío al régimen nazi le iba a costar caro. Hasta el momento de su muerte, Long mantuvo su amistad con Owens, con quien se carteaba. Una vez finalizada la contienda, el estadounidense viajó a Alemania a conocer a la familia de su amigo, e incluso le pagó los estudios a su hijo. Declaró: "Se podrían fundir todas las medallas y copas que gané, y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que hice con Luz Long en aquel momento."

Berlín, 30 de abril de 1945. Hitler se pega un tiro en la sien tras haber ingerido cianuro junto a su amante y desde hacía poco esposa Eva Braun. El sueño nazi se rompe definitivamente. La supremacía aria se revela como lo que era: una gran mentira. Un hijo de granjeros y nieto de esclavos había comenzado a desmontar la gran falacia casi una década antes.
Washington, 28 de agosto de 1963. El reverendo Martin Luther King declara en su discurso: “Yo tengo un sueño: que un día esta nación se pondrá en pie y realizará el verdadero significado de su credo: Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales”. El 4 de agosto de 1968 será asesinado en Memphis, pero ésa es otra historia.

Tucson, Arizona, 31 de marzo de 1980. Muere a la edad de 66 años Jesse Owens, víctima de un cáncer de pulmón. Había sido un empedernido fumador toda su vida. En 1976 el presidente Gerald Ford le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad de los EEUU, y en 1990, a título póstumo, George H.W. Bush le concederá la Medalla de Oro del Congreso, máxima distinción a la que puede aspirar un estadounidense.



Washington, 20 de enero de 2009. Barack Obama es investido como el cuadragésimo cuarto Presidente de los EEUU. Es el primer presidente negro de la historia.

En el mundo entero, hoy. Que no te engañen. Millones de personas mueren de hambre, y otros tantos mueren abatidos por el odio en estúpidas guerras. También son muchos los que soportan la injusticia de gobiernos corruptos, y los que sufren el olvido de sociedades demasiado complacientes consigo mismas. Pero nada está predestinado. No hay razas superiores ni inferiores. No hay mujeres ni hombres que por nacimiento estén por encima de los demás, ni por debajo. A cada cual nos toca determinar nuestro destino con nuestros actos y nuestros hechos. Y si mientras tanto ayudamos al de al lado, mejor. Nuestro futuro está en nuestras manos; el del mundo, también. Aceptemos nuestra responsabilidad y hagámoslo todo lo bien que podamos. Lo demás son estúpidas patrañas.

Venga va, el sueño continúa.







Leer más...

Yo no estuve allí: Joe Louis y Max Schmeling (I)

En el “Yo no estuve allí” dedicado a Jesse Owens hicimos referencia a la simbología antirracista que se atribuyó a su hazaña en los JJOO de Berlín de 1936. No fue ésta la única vez que el mundo del deporte demostró el despropósito que supone la creencia en una supuesta superioridad de unas razas sobre otras. El boxeador Joe Louis protagonizó otra de estas gestas que ridiculizaron el pensamiento racista y abrieron camino a la igualdad de todos los hombres y mujeres, por encima del color de su piel, su sexo o su religión. La vida del llamado “bombardero de Detroit” también nos dejó un relato de cómo la amistad y el respeto mutuo pueden ser más fuertes que el odio, similar al mostrado por Owens y Luz Long pocos años antes.

El enfrentamiento entre los aliados y las fuerzas del eje ha pasado a la historia como una pugna por la libertad de todos los seres humanos frente a la esclavitud y la injusticia. Sin embargo, como se comentó en el caso de Owens, la realidad histórica, mucho menos idílica, nos revela que el gran país de las libertades que se escandalizaba por las doctrinas racistas de Hitler negaba los derechos civiles a una gran parte de sus ciudadanos, a los que ni siquiera reconocía como tales. La población negra de los EEUU no tenía ningún tipo de derechos al iniciarse el siglo XX, a pesar de haberse abolido la esclavitud en 1865.

El mundo del deporte en general, y del boxeo en particular, no fue una excepción a la regla. El primer campeón del mundo de los pesos pesados de color, Jack Johnson, logró el título en un combate celebrado en Australia en 1908, puesto que en EEUU los negros tenían prohibido participar en el circuito profesional y mucho menos se permitía un combate interracial. Precisamente este título de Jack Johnson enojó de tal manera a la élite blanca norteamericana que no pararon hasta verle desposeído del mismo, en 1915, tras un calvario personal que le llevó a exiliarse primero y cumplir condena en prisión, por dudosos motivos, después.

Joe Louis, nuestro protagonista, fue el siguiente campeón del mundo afroamericano de los pesados en 1937. Pero empecemos por el principio.

Joseph Louis Barrow nació en 1914 en un campo algodonero de La Fayette (Alabama). De familia pobre, quedó huérfano de padre a los cuatro años. Con diez años se trasladó a vivir con su familia y su padrastro a Detroit, donde trabajó de repartidor de hielo y aprendiz de ebanista. Pronto empezó a frecuentar un gimnasio, donde le vieron aptitudes para el boxeo.

Tras una exitosa carrera como amateur, Louis disputó su primer combate profesional el 4 de julio de 1934, derrotando a Jack Kracken en el primer round. Durante ese año, Louis disputó 12 combates ganándolos todos, diez de ellos por k.o. En un principio, el que fuera su primer entrenador, Jack Blackburn, quería que Louis sólo combatiese contra boxeadores de raza negra, pero su pupilo pronto desoyó sus consejos y comenzó una fulgurante carrera siendo considerado el primer afroamericano en condiciones de lograr el campeonato tras la retirada de Jack Johnson. Esta circunstancia le convirtió en el ídolo de la comunidad de color de los EEUU.

1935 fue un gran año para Joe Louis. “El bombardero de Detroit”, como fue bautizado, logró vencer a contrincantes de gran renombre, como los ex-campeones Primo Carnera y Max Baer, o al español Paulino Uzcudun, que hasta ese momento jamás había sido vencido. A partir de entonces se convirtió en el principal aspirante al título que ostentaba en ese momento el sorprendente James Braddock (apodado “Cinderella Man”; sobre su vida existe una película de 2007 protagonizada por Russell Crowe y Renée Zellwegger, polémica por lo maltratada que es la figura de Max Baer, al que Braddock arrebató el título ). Antes de optar al mismo, le quedaba un nuevo combate con otro ex-campeón de los pesados, el alemán Max Schemeling.

Max Schmeling (Klein-Luckow, Alemania, 1905) había conseguido en 1930 el campeonato frente a Jack Sharkey, por descalificación de éste al propinarle un golpe bajo. Era la primera vez, y ha sido la única, que un boxeador proclamaba campeón por descalificación del contrincante, lo que unido a su condición de extranjero hizo de Schmeling una figura antipática para el público norteamericano. Al ser fotografiado con Hitler, Schemeling cargó también con la fama de ser militante nazi, cuando en realidad jamás se afilió al partido y nunca abandonó a su manager Joe Jacobs, judío, a pesar de las presiones de los más altos dirigentes nacionalsocialistas, especialmente del mismísimo ministro de propaganda Joseph Goebbels. En 1932 perdió su corona contra el propio Sharkey a los puntos, en una decisión muy polémica y que fue entendida como un robo por parte de todos los allí presentes. Tras cuatro años, su regreso a los EEUU sería contra la nueva gran figura norteamericana, Joe Louis. En un moderno planteamiento, Schmeling y su entrenador estudiaron las películas de los combates de Louis, y encontraron un fallo en su defensa: cuando soltaba el jab de derecha, bajaba su mano izquierda.

El primer combate entre Joe Louis y Max Schmeling se celebró el 30 de agosto de 1937 en el Yankee Stadium. Todos daban como favorito al bombardero de Detroit, y las apuestas se centraban más en adivinar el asalto en que caería el campeón alemán que en el desenlace final del combate, que parecía seguro. Sin embargo, saltó la sorpresa y gracias al estudio que de su rival había hecho, Schmeling, tras conectar un directo en el cuarto asalto que hizo caer a la lona a Joe Louis por primera vez en su carrera, logró noquear definitivamente a su rival en el decimosegundo asalto. El desconcierto fue mayúsculo, ni los asistentes ni los periodistas que retransmitían la velada para todo el país se lo podían creer. Fue considerada una de las dos o tres sorpresas más importantes de la historia junto a la de Braddock frente a Baer en 1935 y la de Buster-Douglas frente a Tyson en 1990.

La Alemania nazi, que en principio se había negado a que “su” boxeador se enfrentase a un contrincante negro, al que consideraban un inferior, y que había presentado el combate más como un espectáculo circense que como una velada de boxeo, utilizó la victoria de forma propagandística. La superioridad de la raza aria sobre los inferiores negros había quedado demostrada. Y, por ende, la de Alemania frente a los corrompidos Estados Unidos, en manos de judíos y negros. A pesar, como se ha dicho, de la poca simpatía de Schmeling hacia el nazismo, no pudo renunciar a su condición de héroe nacional (que en realidad fue de “héroe racial”; por cierto, que Schmeling era bastante moreno y alejado de los estereotipos arios). Fue recibido por las masas enardecidas en Berlín, y adoptado como el campeón del régimen nazi.

El siguiente paso para Schmeling era combatir por el título frente a Braddock, pero éste al parecer se negaba a boxear con un púgil nazi y adujo una lesión en la mano. Así, la pelea por el título se organizó posteriormente con Joe Louis de aspirante, que a pesar de su última derrota llevaba una impecable carrera y había demostrado ser merecedor de una oportunidad. Incluso Braddock, mostrando una clara visión empresarial, y sabiendo que aunque le ganase ese combate Louis era la gran estrella del futuro del boxeo, negoció con sus managers que a cambio de darle esa oportunidad Braddock recibiría el 10% de las ganancias de Louis durante los diez años siguientes.

Joe Louis pudo resarcirse pronto de la derrota ante el gigante teutón y conseguir el sueño que compartía con toda la comunidad afroamericana estadounidense: el título de campeón del mundo de los pesos pesados. En la pelea frente a Braddock, en el Madison, pasó momentos complicados, llegando a ser derribado en el primer asalto, y a pesar de que el campeón dominó casi todo el combate, Louis conectó una serie de golpes en el octavo que terminaron con “Cinderella Man” en la lona y con el Bombardero de Detroit como nuevo campeón del mundo. Aunque había obtenido el título, Joe Louis no se sentiría campeón hasta haber derrotado a Schmeling.

(Continuará)
Leer más...

Yo no estuve allí: Joe Louis y Max Schmeling (y II)

La revancha se disputó el 22 de junio de 1938. Alemania se había anexionado Austria y presionaba a Checoslovaquia para que entregase la soberanía sobre la región de los sudetes. El ejército de Hitler atemorizaba toda Europa, y el partido nazi exhibía por doquier la supremacía racial aria. Mientras, los EEUU aún no había salido totalmente de la Depresión, contemplaban con estupor lo que ocurría al otro lado del Atlántico, y necesitaban de una figura que les diera esperanza en los principios y valores que habían hecho de su país una gran nación. Durante meses, esta esperanza tomó la forma de Joe Louis. Poco antes de la pelea, el presidente Franklin Delano Roosevelt recibió a Louis en la Casa Blanca, y le dijo: “Joe, necesitamos músculos como los tuyos para derrotar a Alemania”.

Si las autoridades nacionalsocialistas habían intentado que la anterior confrontación pasara desapercibida negándole legitimidad y sólo a raíz de la victoria del alemán habían reclamado el triunfo como propio, en este caso desde el principio publicitaron el combate como la definitiva prueba de la superioridad aria. Durante meses Schmeling se vio introducido en el círculo íntimo de Hitler, como “símbolo ario” que era, a pesar de que ni el boxeador comulgaba con las ideas del dictador, ni éste sentía simpatía por el púgil, más aún cuando la amante de Hitler, Eva Braun, bebía los vientos por Schmeling.

Cuando en un Yankee Stadium abarrotado la campana dio inicio al combate entre dos púgiles, Louis y Schmeling, para la mayoría se escenificaba la lucha entre el fanatismo y la libertad. Joe Louis, aquel día, luchaba por su país y por su raza. Como el cómico Dick Gregory diría después: “fue la única vez que un negro se convertía en la gran esperanza blanca”.

Millones de radioyentes asistieron a través de las ondas a la temprana victoria de Louis, que noqueó a Schmeling en el primer asalto. Aunque el alemán se quejó de un golpe ilegal, no cabe la menor duda de que el norteamericano era mejor boxeador, y esta vez no iba a dejarse sorprender. La victoria de Louis fue celebrada por todo el país, especialmente por la comunidad afroamericana, que veía a uno de los suyos, dos años después de que lo fuese Jesse Owens, subido al pedestal de héroe nacional y azote del racismo.

EEUU celebró el triunfo de su boxeador como un éxito nacional; Alemania lo sufrió como una vergonzosa derrota. Schmeling seguía siendo considerado un execrable nazi en Norteamérica, y ahora era despreciado por sus propios compatriotas como un indigno pelele fracasado. Hitler no se lo tomó tan mal después de todo, al fin y al cabo ese bruto no le caía nada bien y su fracaso le permitía vengarse de los desplantes sufridos. Pronto sería obligado a alistarse en el ejército, pero antes, jugándose la vida, salvó a dos judíos de caer en manos de las SS durante los aborrecibles sucesos que han pasado a la historia con el nombre de la Noche de los Cristales Rotos (noviembre de 1938). Ocultó a estos jóvenes judíos, los Lewin, en la suite de su hotel, y posteriormente les ayudó a salir del país. El campeón defenestrado mantuvo tal suceso durante mucho tiempo en secreto; sólo muchos años después salió a la luz, al ponerse en contacto uno de los dos hermanos con el ex-boxeador, a fin de darle las gracias. Schmeling fue distinguido por tal hecho por la Fundación Raoul Wallenberg, premio que aceptó agradecido, en contraposición a lo que hacía años había hecho con los galardones ofrecidos por los nazis, los cuales varias veces se negó a recibir. Esta actitud de resistencia pasiva ante los dirigentes nacionalsocialistas le llevó a servir en la guerra como paracaidista, y a serle encomendadas sucesivas misiones suicidas. La consigna parecía ser que Schmeling desapareciera. Pero Schmeling siempre volvía. Terminó la guerra, y a pesar de todos los peligros a los que se vio arrojado por sus mandos, el bravo y humanitario púgil alemán sobrevivió.

Su contrincante Joe Louis también se alistó en el ejército. En este caso, de forma voluntaria, y su destino no fue el mismo que el de su rival y posteriormente amigo alemán. El bombardero de Detroit fue utilizado en campañas de publicidad que llamaban a los jóvenes americanos a alistarse y protagonizó giras en las que animaba y entretenía a los soldados con discursos y exhibiciones. También se mostró crítico con su gobierno, al condenar que los soldados afroamericanos sirvieran en batallones segregados de los blancos. “Hay muchas cosas malas en Norteamérica, pero Hitler no nos las va a arreglar”, solía decir.

Tras la guerra, Joe Louis conoció el lado oscuro de la fama. Tras defender su título en dos ocasiones, pretendía retirarse del boxeo como campeón, y así lo hizo en 1949. Sin embargo, su excesiva generosidad y tren de vida le llevó a perder casi todo el dinero que había ganado en los años anteriores, viéndose obligado a subir de nuevo al ring para pagar las deudas. Primero fue derrotado por Ezzard Charles a los puntos, y posteriormente apalizado por un joven Rocky Marciano, que posteriormente se convertiría en el único boxeador que se ha retirado imbatido. Ésta fue la tercera derrota en toda la carrera de Joe Louis, y el fin de la misma. Resultado, 72 combates, 69 victorias (55 por K.O.) y 3 derrotas. Ostentó durante 12 años el cetro de campeón del mundo de los pesos pesados.

Schmeling y Louis entablaron una gran amistad durante los años posteriores. El alemán se convirtió en el representante de Coca-Cola en su país, y se hizo millonario. Louis, en cambio, inició una caída personal que no tendría freno. Intentó ganar dinero vendiendo su imagen, siendo contratado por el Caesar´s Palace de Las Vegas como “maestro de ceremonias”. También se hizo luchador de lucha libre americana, lo que ellos llaman “wrestling” y aquí conocemos como “pressing catch”, más cercano al espectáculo y a la interpretación que al verdadero deporte. Durante esto años, y casi arruinado, recibió la ayuda económica de su amigo Schmeling desde el otro lado del charco. Pero lo peor estaba por llegar. Tras coquetear con la cocaína, estuvo un tiempo ingresado en un psiquiátrico y una operación quirúrgica lo dejó postrado en una silla de ruedas. Sólo la ayuda de algunos amigos, Schmeling entre ellos, le permitió salir adelante, hasta que en 1980 falleció de un ataque al corazón en un Hospital de Palm Springs. Fue enterrado con honores militares en el cementerio de Arlington por expreso deseo del presidente Reagan. Los funerales los pagó su otrora enemigo y desde hacía años amigo Max Schmeling.


El campeón alemán murió hace relativamente poco, en 2005, a la edad de 99 años, homenajeado por un pueblo alemán que siempre le tuvo en alta estima,y por toda la gente del boxeo, que siempre le admiró.

Como en el caso de Jesse Owens, el deporte demostró con Joe Louis que sólo el trabajo y la valía personal diferencian a las personas, y que ni la raza ni la nacionalidad sitúan a nadie por encima de otros. Como en el caso del atleta de Alabama y su contrincante y posterior amigo alemán Lutz Long, la amistad de Louis con Schmeling, después de haberse partido la cara dos veces en el ring y haber sido enfrentados como los estandartes de dos visiones del mundo que llevaron a la segunda y más terrible confrontación mundial, nos expresa bien a las claras que por encima de las ideas, por encima de los partidos, por encima de los gobiernos, siempre están las personas y su capacidad para amar y hacer el bien.

Aquí tenéis los vídeos de los dos combates que disputaron Louis y Schmeling (abstenerse espíritus sensibles porque se dan ----ias como panes).




Leer más...

martes, 22 de marzo de 2011

Conociendo y reconociendo las cosas como son

Leyendo en una web un artículo sobre frases míticas del baloncesto norteamericano, me he encontrado con esta del actor y humorista Chris Rock (aunque la parte del rapero y el jugador es atribuida también a Barkley), que define a la perfección el loco mundo en que vivimos, y que, además, está de plena actualidad:

“Eres consciente de que el mundo está loco cuando el mejor rapero es blanco, el mejor golfista es negro, el jugador de baloncesto más alto del planeta es chino y Alemania no quiere ir a la guerra” (Chris Rock)

Pues eso. Ya sabéis, no hay que dar nada por sentado, porque la realidad no supera la ficción, pero sí la previsión.

Completo la entrada con algunas más, aunque todas las tenéis en este enlace.
Vlado Divac, uno de los mejores jugadores europeos de todos los tiempos y mítico jugador de los Lakers (aunque no llegó a ganar ningún anillo):

“Ganamos peso con el paso de los años porque nuestras cabezas pesan más por la información que hay en ellas”

Del gran Kurt Rambis (un 4 fajador, trabajador, que repartía estopa... pero sin ningún talento comparado con sus compañeros en los Lakers del Showtime, y del que jamás olvidaremos las gafas con las que jugaba: unas auténticas gafas de pasta de toda la vida, nada de las tipo Sofía Loren de Kareem o Worthy):

“Desde que me retiré no he perdido nada de velocidad ni de salto, porque nunca tuve”

y tras ser golpeado y salir volando fuera del campo golpeándose contra el suelo, declaró:

“Estaba estudiando la madera. Intentaba saber si era de arce o pino”

Para terminar, dos citas de uno de los dos entrenadores míticos de los Utah Jazz Frank Layden (Jerry Solan, su sucesor, se ha retirado este año), al que Magic Johnson le llevó por el camino de la amargura en sus enfrentamientos de los ochenta:

“Desde que me retiré como entrenador, ya he encontrado la formula de parar a Magic Johnson. Es muy sencillo, te levantas del sillón, apagas la tele y te vas al cine”

y refiriéndose a la elección de John Stockton, el maravilloso base leyenda viva de los Jazz y de la NBA (el que más asistencias ha dado en la historia):

“Cuando lo elegimos en el draft no teníamos claro si era Stockton de la universidad de Gonzaga, o Gonzaga de la universidad de Stockton. En realidad lo elegimos porque su padre era irlandés y tenía un bar”

Bueno, claro, me habéis pillado, en realidad tengo que terminar con sir Charles, el inefable Barkley. Aunque ya le he dedicado un "Cerca de las Estrellas", espero hacer una entrada sólo con sus mejores frases en el futuro, pero me quedo con ésta por su profundidad filosófica y carga empírica:

“He sido rico y he sido pobre. Ser rico es mejor.”
Leer más...

jueves, 22 de julio de 2010

Over-booking de idiotez

Con el brazo todavía dormido por haber tenido a la niña durmiendo la siesta encima con el fin de que no se despertase y con ello evitara el sueño de mi santa esposa (todo sea por tenerla de buen humor; guiño, giño, codazo, codazo, ya me entendéis)no me resisto a expresar aquí mi estupefacción y cierto desagrado por haber presenciado el mayor desfile de imbéciles por metro cuadrado al que se puede asistir, creo, en el mundo. Por supuesto, no me refiero a los esforzados y heroicos ciclistas, ni a los dignos aficionados al ciclismo sino a aquellos que han robado el protagonismo de ete tipo de etapas tanto a unos como a otros y amenazan con provocar cualquier día un serio incidente. De verdad, no he visto tanto tonto junto y en menos espacio/tiempo en mi vida. Me da pena porque lo que se suponía era un espectáculo deportivo lo están convirtiendo en un esperpento inaguantable. Razón tiene la máxima: "hay más tontos que botellines"; pues hoy la mayoría se habían concentrado en la subida al Tourmalet. Un macrobotellón de ridículos y egocéntricos patanes. Pero esto es lo que hay. Uno intenta resguardarse de tales a-personalidades guareciéndose de la televisión basura y de los actos de celebración pública de la estupidez, pero te persiguen hasta yendo en bici por lo que se ve. Resulta frustrante que atendiendo a un espectáculo de superación como es el ciclismo, el poso que me deja es que para la humanidad, por este camino, no hay remedio. Y, más allá, si esto es lo que hay, mejor que no lo haya. "Que paren el mundo, que me bajo". Leer más...

jueves, 24 de junio de 2010

Furbol es furbol (II)

Continuamos con las anécdotas relacionadas con el fútbol como complemento del Campeonato del mundo de vuvuzelas que se está celebrando en Sudáfrica. Hoy nos vamos a centrar en una de las facetas en las que más destacan los jugadores de balompié: la oratoria. Debido a su relevancia social, a menudo se les obliga a expresarse en público, dando lugar, entre ellos y los agudos reporteros que los entrevistan, a diálogos de una enorme profundidad que rivalizan con los diálogos para besugos que hace algunas fechas recordaba aquí.

Uno de los momentos cumbre de los Mundiales fue el segundo gol de Maradona a Alemania en los cuartos de final de México 86. Todos recordamos el gol del “barrilete cósmico”, superando ingleses uno tras otro hasta driblar al portero y depositar el esférico en las redes, narrado con profunda emoción y pasión por Víctor Hugo Morales. Tras el partido, en un inmenso ejercicio de ironía y sentido del humor, el compañero de Maradona “el negro” Enrique, que le había dado un pase corto en el centro del campo al Pelusa a 53 metros de la portería, declaró: “Con el pase que le dí, si no hacía gol era para matarlo”.

Esta declaración me recuerda a aquella de Brian Cook, ex -jugador de los Lakers, tras el partido contra los Raptors en el que Kobe anotó 81 puntos: “Siempre recordaré la noche en que entre Kobe y yo anotamos 84 puntos para ganar a Toronto”.

Ahora algunas citas que demuestran que la habilidad con los pies no supone igual pericia a la hora de hablar. Por ejemplo, el jugador internacional por Irlanda del Norte Steve Lomas, que antes de un partido contra Alemania, explicó que "Alemania es un equipo muy difícil. Juegan con 11 internacionales a la vez.

No salimos del Reino Unido y nos encontramos con el ex-jugador del Liverpool Ian Rush, que intentaba justificar así el fracaso de su paso por la Juventus de Turin: No pude acostumbrarme a vivir en Italia. Era como vivir en un país extranjero”.

En las islas parece que se lían un poco a la hora de exponer sus ideas. David Beckham cuando aún era jugador del United: “Alex Ferguson es el mejor técnico que he tenido a este nivel. Bueno, realmente es el único entrenador que he tenido a este nivel”.

Más. Bobbi Robson, seleccionador de Inglaterra en 1990, tras ganar agónicamente el cruce con Camerún: No los subestimamos. Simplemente eran mucho mejores de lo que pensábamos.

Mark Draper fue un mediocampista con mucha proyección en su juventud, aunque su mayor logro fue su paso por el Aston Villa en la Premier. Cuando aún era una promesa expresó su más íntimo deseo: "Me gustaría jugar en algún equipo italiano. Como el Barcelona".

Paul Gascoigne unía a su natural ingenio su familiaridad con las bebidas espirituosas. El resultado del tal maridaje, éste: "me mostraron 14 tarjetas esta temporada; 8 de ellas me las merecí, pero las otras 7 son discutibles".

Aunque es australiano, Mark Viduka desarrolló la mayoría de su carrera futbolística en la liga inglesa, y sus declaraciones durante su paso por el Middlesbrough lo confirman: “No me importaría perder todos los partidos, siempre y cuando ganemos la liga”.

También en España tenemos casos de esta lucidez oratoria. Albelda, tras perder un partido: "Estoy muy jodido. Yo es que el fútbol me lo tomo como si fuera mi trabajo".

No obstante, también hay ejemplos de ocurrencias más agudas y sutiles. Primero nos vamos a Escocia. A John Lambie, entrenador del Patrick Thistle, el masajista le comunicó que uno de sus jugadores había chocado con un rival y por el golpe había perdido la memoria y no recordaba quién era en ese momento. Lambie le respondió: “Perfecto, dile que es Pelé y que vuelva al campo de inmediato.

Un mito del Liverpool, el entrenador Bill Shankly, fue un gran ejemplo de verborrea ingeniosa. Durante su exitosa etapa en el club inglés, gustaba de lanzar dardos envenenados a su gran rival, el Everton: “Cuando no tengo nada que hacer miro debajo de la clasificación para ver como va el Everton o “Esta ciudad tiene dos grandes equipos: el Liverpool y los suplentes del Liverpool. Igualmente, destilaba una sinceridad asombrosa, como cuando antes de un partido de Copa de Europa ante el Milan manifestó: “¿Qué alineación voy a sacar? No voy a revelar un secreto como ése al Milan. Si por mí fuera, procuraría que no se enterase ni de la hora del partido”.

Dejamos para el final al entrenador argentino Jorge D´Alessandro y su famosa sentencia durante una retransmisión televisiva en la que ejercía de comentarista: “tiró el penalti al palo corto.
Leer más...

martes, 15 de junio de 2010

Furbol es furbol

Estamos en pleno mundial de fútbol, y para sumarme a la “fiesta” (que esperemos consista en el triunfo de España) aquí os traigo algunas anécdotas y curiosidades de la historia de los mundiales. Todo sea por olvidar el soniquete perrero de las puñeteras "vuvuzelas"...

En el Mundial de Italia de 1934 un delantero suizo jugó con gafas… e incluso logró dos goles. Estas cosas reconfortan a los miopes como yo.

Hablemos de una selección con poca tradición: la India. El segundo país más poblado del mundo jamás ha sido una potencia futbolística, pero quizá ha sido porque cuando lo iban a intentar no les dejaron. Y es que no pudieron participar en la fase final del mundial de Brasil en 1950 para la que se habían clasificado porque la FIFA no les permitió jugar descalzos, como ellos acostumbraban.

Por cierto, que en ese Mundial la selección italiana decepcionó por su mal rendimiento. La causa más importante fue el accidente de aviación que el equipo del Torino, el mejor de Europa por esas fechas y base de la selección azzurri, había sufrido un año antes y que había acabado con la vida de la mayoría de sus jugadores. Debido al trauma que tal hecho supuso en el fútbol transalpino, la selección italiana decidió viajar a Brasil en barco, y no en avión, entrenándose en la cubierta durante el largo trayecto. El problema es que si bien pudieron ponerse en una forma física envidiable, no ensayaron demasiado la técnica porque a los pocos días no les quedaban balones… al haber caído todos al mar durante los primeros entrenamientos.

España no acudió al mundial de Suiza 1954 por culpa de un niño italiano, “el bambino maldito”. Me explico. En la clasificación para la fase final España se cruzó con Turquía, y tras ganar en Zaragoza 6 a 1, la selección nacional perdió en Estambul 1 a 0. Por entonces la diferencia de goles no contaba, por lo que ambas escuadras tuvieron que jugar un partido de desempate en campo neutral. La sede elegida fue Roma, donde empataron a dos tantos al final del tiempo reglamentario. ¿Y cómo se solucionaba por entonces aquello? Fácil, por sorteo. Un niño italiano, Franco Gemma, fue el encargado de sacar la papeleta del ganador… y fue la de Turquía, quedándose España sin Mundial.

La historia que os cuento a continuación la protagonizó el genial Garrincha en el Mundial de Suecia 1958. El magnífico extremo brasileño parece que no tenía la cabeza tan lúcida como sus pies, y eso explica para muchos que no se convirtiese en el mejor jugador de la historia. El bueno de Garrincha se compró una radio carísima durante la concentración de los brasileños, y comenzó a fardar del aparato ante sus compañeros. Uno de los masajistas, que al parecer le conocía bien, le aseguró que esa radio no le valdría en Brasil, porque todos los locutores que hablaban por el aparato lo hacían en sueco. Para demostrárselo, puso en marcha el aparato, y, efectivamente, hablaban en un idioma que el jugador no entendía. Enfurecido, quiso romper la radio, por la que había pagado un pastón, pero el masajista, “apiadándose” de él, le ofreció una cantidad mínima de dinero por ella, por tener un recuerdo de Suecia y por hacerle un favor, claro. Así, el espabilado galeno volvió a su país con una radio último modelo a un precio de ganga gracias a la inocencia de Garrincha.

En Inglaterra 1966, la selección italiana fue derrotada sorprendentemente por Corea, pero el entrenador italiano se justificó diciendo que los asiáticos habían cambiado a todos sus jugadores en el descanso sin que el árbitro se enterase debido a su parecido físico, y de ahí su superioridad física durante el segundo tiempo… Vamos, lo de “tós los chinos nos parecen iguales” en versión coreana.

Por cierto, los norcoreanos llevaron doce “hinchas oficiales” elegidos por su gobierno para animar a la selección. Fueron seleccionados de entre decenas de miles de aspirantes. Ya véis, la “seriedad” de los estados comunistas… que ahora nos provoca la risa. Más que de ojos rasgados, cabezas cuadradas… y así siguen, ojo.

Durante el mundial de Alemania 74, en el transcurso del partido Brasil-Zaire, el colegiado decreto una falta al borde del área africana. Mientras los brasileños se preparaban para tirarla, y el árbitro colocaba la barrera, uno de los zaireños que formaban parte de la misma se fue hacia el balón como un poseso y le pegó un patadón de cuidado al esférico… ante la sorpresa de todos. El colegiado, claro, le sacó tarjeta, aunque él se la protestó con ahínco… Es uno de los secretos de los mundiales; ¿en qué estaría pensando este tío?



En España 82 también sucedió uno de los momentos más surrealistas de esta competición. Durante el partido Francia-Kuwait, y tras lograr un gol el equipo francés, irrumpió en el terreno de juego, ¡un jeque kuwaití, presidente de la Federación, que le exigió al colegiado que anulase el gol!Pero, es que además, ¡el árbitro le dio la razón y lo anuló! A pesar de todo, Francia ganó 4 a 1.




Leer más...

martes, 12 de enero de 2010

Cerca de las Estrellas: "Pistol" Pete Maravich

Esta vez me voy a alejar algo de lo que es el objetivo de esta serie de “Cerca de las Estrellas”. Si en principio estos artículos querían rememorar a aquellos jugadores de la NBA de la segunda mitad de los 80 y primeros 90, con los que crecimos toda una generación de españoles enamorados del basket, me voy a saltar tal premisa para dar cabida en esta sección a uno de esos jugadores “malditos”, de un talento increíble pero olvidados por la diosa fortuna tanto dentro como fuera de la cancha, un poco anterior a esa época que habitualmente nos ocupa. ¿Por qué? Bueno, aparte de la valía del jugador y el interés de su historia, lo que le hace especial para mí fue una película (bueno, casi telefilme) que en el 91 hicieron sobre su vida y que en unos años que no sé si alguien recordará, los de la primera televisión local de CR, Teleonda, repetían a menudo en este canal, y que a mí me encantó. Su título en castellano fue “El mago de la NBA”, aunque el original era “The Pistol, the birth of a legend”. Además, el recuerdo que de él tuvieron el otro día en el programa “Generación +” me ha animado a escribir sobre su vida.

Y es que el jugador que hoy recordamos y homenajeamos es Pete “Pistol” Maravich, jugador de la NBA entre 1970 y 1980. Fue un verdadero mago del balón, se convirtió en uno de los mejores jugadores universitarios de la historia, y pasó por la NBA sin la gloria que merecía por lo que a continuación se expondrá. A pesar de eso, fue cinco veces All-Star, dos veces incluido en el mejor equipo de la liga, una temporada máximo anotador (1977), miembro del Hall of Fame desde 1987, elegido entre los mejores 50 de la historia, y capaz de anotar 68 puntos en un partido contra los Knicks (sin triples, que aún no existían). Más allá de las canchas su vida fue tan azarosa como dentro: un carácter extremadamente tímido, una madre alcohólica que termina suicidándose, un hambre espiritual nunca saciada, y, finalmente, una fatal burla del destino en forma de ataque al corazón, provocado por una anomalía congénita, que con 40 años acabó con su vida mientras estaba jugando un partido benéfico.

A Pete “Pistol” Maravich (y su “mote” ya es suficientemente expresivo), nacido en 1947 en Aliquippa, un pequeño pueblo de Pennsylvania, se le reconoce como el mejor jugador universitario de todos los tiempos. Fue en esta etapa universitaria donde más brilló, enrolado en la Universidad de Lousiana State (LSU). En ese equipo coincidió además con su padre, Press Maravich, que era el entrenador. Seguramente fue este antiguo jugador profesional de baloncesto quien metió el gusanillo del basket en su hijo. Desde muy pequeño, Pete se pasaba el día con un balón de basket entre las manos. Dada la timidez extrema del chico, podríamos decir que el balón fue su mejor amigo durante esos años. Bota que te bota, el balón le acompañaba a todos lados, incluso al cine, donde se sentaba en las últimas filas para, mientras veía la película, poder seguir botando la bola sin molestar al resto de los espectadores. No es de extrañar el consumado manejo que demostró posteriormente; el balón y él se conocían y se comunicaban perfectamente; constituía un apéndice de su propio cuerpo. En los primeros años de instituto se ganó su sobrenombre de “pistola”. Solía jugar con chicos más grandes que él, y como no tenía fuerza suficiente para lanzar de una manera ortodoxa, lo hacía sacando el balón de la cadera (como los niños “que no llegan”, vamos). Esta forma de lanzar, que jamás abandonó, recordó a un periodista local a un pistolero desenfundando su revólver, y le bautizó con el “pistol” que pasaría a la historia. Ya en el instituto demostró sus grandes dotes y volvía locos de admiración a los testigos de sus increíbles jugadas.

Como se ha dicho antes, en la NCAA jugó para los Tigers de Louisiana State, equipo entrenado por su padre. Convirtió un equipo perdedor en una escuadra a tener en cuenta y que se ganó el respeto de los adversarios de todo el país (pasaron de un 3-20 en la temporada anterior a Pistol, a 22-10 en su último año, donde alcanzaron la Final Four de su conferencia, aunque no consiguieron llegar al campeonato central de la NCAA). Las estadísticas de este base de 1´96 metros en su etapa universitaria fueron sencillamente inmejorables: ¡44´2 puntos de media por partido!, 6´4 rebotes y 5´1 asistencias.

Siendo ya un jugador famoso en todos los EEU fue elegido con el nº 3 del draft de 1970 por los Atlanta Hawks, y firmó un contrato escandaloso para la época: 1.600.000 dólares. Todo parecía ir bien, pero sus inicios en la NBA no fueron fáciles. Se instaló en Atlanta, sólo, sin su padre, que se quedó cuidando de su madre que ya tenía por entonces serios problemas de alcoholismo. Los Hawks eran un buen equipo, que había firmado un ilusionante 48-34 en la temporada anterior. Sin embargo, el contrato de Maravich provocó envidias entre sus nuevos compañeros, que culminaron con la salida de uno de sus pilares, Joe Caldwell. Además, la timidez de Pete no facilitó que entrara bien en el vestuario de los Hawks, y sus propios compañeros lo boicoteaban dentro y fuera de la cancha. La franquicia comenzó la temporada de forma horrible, y personalmente Pistol estaba desastroso, fallando tiros y perdiendo balones. En los primeros 16 partidos: 4-12. Los dólares de su contrato, se los iba a tener que ganar uno a uno con el sudor de su frente. Y Pete, a pesar de los problemas y de la lejanía de su padre y mentor, supo reaccionar: tres partidos seguidos de 32 puntos, y 40 puntos frente a los Knicks en el Garden. A partir de ahí, los Hawks despegarian, y conseguirían acceder a los Playoffs, donde fueron derrotados en primera ronda 4 a 1 por los propios NY Knicks tras una serie muy dura. No se podría decir, por tanto, que su año de rookie fue malo: 23´2 puntos, 4´4 asistencias y 3´7 rebotes por partido, y elegido en el mejor quinteto de novatos.

Sus dos años siguientes fueron peores. Pete era visto como un tipo raro en el vestuario, y sus relaciones sociales eran mínimas. Aunque comenzó a practicar artes marciales para superar su enclaustramiento, en verano contrajo una mononucleosis que le hizo perder 15 kilos. Durante la temporada siguiente sufrió una parálisis facial que le hizo perderse varios partidos y tener que jugar con máscara. Además, su padre fue despedido de LSU por sus malos resultados, y aceptó entrenar en la minúscula universidad de Appalachian State, con malas comunicaciones por encontrarse en las montañas, lo que hizo que el contacto con su hijo fuera más difícil y espaciado. Por si no fuera suficiente, su madre tampoco lograba superar sus problemas con el alcohol, algo que llevaría al trágico desenlace de su suicidio, que supondría un tremendo shock para Maravich. Todo ello influyó en su rendimiento, claro, que lejos de ser malo (19 puntos y 6 asistencias en la 71-72 y 26 y casi 7 asistencias en la siguiente), no alcanzaba para convertirse en la superestrella que se le suponía.

Llegó la temporada 1973-1974, y aunque sus números siguieron siendo muy buenos, jugó su segundo All-Star y fue seleccionado en el segundo mejor quinteto de la liga, su equipo volvió a fracasar en los Play-offs, asiendo eliminados en primera ronda, de nuevo como el año anterior, ante los Celtics, que ese año serían campeones.

Los aficionados y la franquicia señalaron a Maravich como el culpable de los insuficientes resultados, y ese verano del 74 fue traspasado a los recién creados New Orleans Jazz a cambio de nada menos que ocho jugadores. En los Jazz, ahora sí, Pistol se convirtió en una superestrella, aunque el rendimiento del equipo tampoco fue satisfactorio, con balance negativo en las cinco temporadas en las que tuvo a Maravich en sus filas, y, por supuesto, sin conseguir entrar en Playoffs en ninguna de ellas. Su mejor temporada fue la 76-77, en la que con más de 31 puntos de media se convirtió en el máximo anotador del campeonato.

La falta de expectativas se notó en su juego, que fue en descenso con los años (aunque continuaría dando espectáculo y revolucionando el juego con canastas inverosímiles y pases imposibles, convirtiéndose en la principal inspiración de bases posteriores como Magic o Isiah Thomas), hasta que en la temporada 79-80 sus Jazz se trasladan a la ciudad de Utah (donde continúan), y en enero del 80 sus dirigentes deciden rescindir el contrato de Maravich. Los Celtics estuvieron rápidos, y lo ficharon para que coincidiera con su nueva superestrella, Larry Bird. Sin embargo, las lesiones y su bajo nivel de forma hicieron que su rendimiento fuese muy bajo, y ese verano decidió retirarse. Poco antes había muerto su padre, Press, y su ausencia, esta vez ya definitiva, dejó a Pete sin nadie que pudiera aconsejarle hacia dónde dirigir su destino.

Sólo jugó 10 años en la NBA, en los que promedió más de 24 puntos y 5 asistencias, pero se retiró muy joven para lo que suele ser normal. A partir de ahí, vino el descenso a los infiernos en lo personal. Para combatir su frustración y soledad, se intentó refugiar en el alcohol y en las más diversas doctrinas: el hinduismo, el yoga, incluso la ufología y la comida macrobiótica. Finalmente, declaró que había encontrado la paz espiritual en la Biblia y siguió una recta vida cristiana volcada en actos de caridad junto a su mujer y sus dos hijos En 1988, mientras jugaba un partido benéfico, un defecto congénito (le faltaba una arteria coronaria) le provocó un fallo cardíaco que acabó con su vida. Paradójicamente, en el momento de retirarse, hacía ocho años ya, había dicho: “no quiero jugar 10 años en la NBA y luego morir de un infarto a los 40”. Sus palabras resultaron tristemente proféticas.

Posteriormente, en 1995, fue elegido como uno de los 50 mejores jugadores de toda la historia, y con los años su leyenda fue aumentando, siendo recordado como lo que fue: un base revolucionario, un anotador empedernido, un baloncestista espectacular como pocos hasta entonces, que se adelantó a su tiempo y abrió el camino al “showtime” que presidirá la NBA en los ochenta y que se ha convertido en la marca registrada de la mejor liga del mundo.

Como siempre, aquí tenéis unos videos con las mejores jugadas de esta leyenda del basket, pionero y antecesor de bases creativos y espectaculares como Magic, Isiah Thomas, Jason Williams o Steve Nash.









Leer más...

sábado, 17 de octubre de 2009

La vida puede ser maravillosa

Descansa en paz, amigo Andrés. Durante años nos hiciste la vida maravillosa. Horas y horas en tu compañía, haciendo con el bueno de Daimiel que los interminables partidos de la NBA fuesen un refugio de relax y diversión en la complicada vida del joven estudiante que busca su lugar en el mundo. Comentarista de culto, showman de personalidad propia, y buena gente, muy buena gente. No te conocí personalmente, pero eso es lo que transmitías: eras un buen tío. Después te llegó la fama, que seguramente no buscaste, y con ella las críticas y vilipendios. Había llegado algo de alegría y desenfado al serio mundo del fútbol. No te dabas cuenta, amigo Andrés, que el fútbol no se puede tomar a la ligera, que es el asunto más importante del mundo para millones de personas. Y claro, alguien como tú, jocoso y divertido, irritabas a aquellos que se muestran orgullosos de que 22 tíos en calzoncillos detrás de una pelota sean la cosa más importantes para la vida de tanta gente. ¿Cómo se puede decir que el fútbol es un entretenimiento? , exclaman enfurecidos. “Es mucho más, una pasión, una forma de vida, un modo de vivir”. Claro que así nos va en este mundo. Le quitaste drama al fútbol (bastante tiene ya la vida real, ¿verdad, amigo?) y no te lo perdonaron. Jejeje, perdona que me ría, pero la verdad es que según iba conociendo las personas que te odiaban, mejor me caías. Los del “amarrategui blues”, los del club de “Cicuta Mix”, ya me entiendes. Bueno, y después de todo nunca abandonaste lo tuyo, la canasta (aunque tú personalmente eras más futbolero, que lo sé): NBA, la consolidación del mito Jordan (Aerolíneas Jordan), el nacimiento de esa pedazo de selección de basket que por suerte tenemos, la última exhibición de Gasol (¡ET!) y sus chicos en Polonia, etc. Deporte con cuyas retransmisiones hiciste millones de admiradores. Bueno, en realidad, no creo que fuesen admiradores. Yo no lo era, perdóname. Entiéndelo, esas pajaritas... Están bien para que se las ponga un colega, pero no uno, claro. Admiración, no. Lo que sentíamos era simpatía, nos caías bien. Eras como el amiguete que sabes que no te falla, que por muy de bajón que estés, te tira p´arriba. Y poniendo motes, el más grande, claro. Más abajo hago una lista de los que más me gustaban. Tuviste la valentía de hacer tuyo ese Artículo 34 que le aplicabas a Shaquille O´Neal “Hago lo que quiero, cuando quiero, como quiero y como me da la gana”. Es ahora, cuando no estás, cuando ese sentimiento de cariño y cercanía se convierte en admiración. Porque con tu vida y trabajo has hecho algo muy grande, amigo: que parte de nuestra vida, la que pasamos escuchándote, haya sido maravillosa.

Esperad, esperad, que parece que escucho algo por allá arriba, en el cielo: “¡Wilma, ábreme la puerta!”. Que lo pases bien, colega, que seguro que los que estén a tu alrededor se lo pasarán mejor aún. ¡Brrrrrrrrrrrrr!¡Jugón!

Así era, así se le escuchaba, a este buen tío que se nos ha ido.


Ésta es, como he dicho, una lista de los motes de Montes que más me han gustado. Muchos son de jugadores ya retirados, por lo que entre paréntesis explico el porqué de llamarles así.

“Aerolíneas Jordan” (A este no le hace falta explicación, ¿verdad?)
“Mister Catering” Calderón (siempre dando de comer a sus compañeros a base de asistencias)
“El bailarín de Claqué del Cotton Club” Olajuwon (el mejor juego de pies que se ha visto dentro de una cancha de baloncesto)
“ET” Gasol (un extraterrestre nacido en Sant Boi)
“Ganarás el pan con el sudor de tu frente” Malik Rose (según Montes eso le decía su madre a este jugador cuando salía de su casa, hecho a base de trabajo, defensa y rebotes para su equipo)
Los “Gepetto Brothers” (aquellos que tiran fatal los tiros libres, presidente de honor: Shaquille O´Neal)
“Bip, bip, bip, la informática a su servicio” John Stockton (cómo ordenaba el juego en los míticos Jazz)
“Hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana” (es lo que se decían Stockton y Malone, la extraordinaria pareja de los UTAH Jazz)
“tiempo de Killer, tiempo de Miller” (Reggie Millar, siempre solucionando los partidos con sus triples sobre la bocina para sus Indiana Pacers)
“María Cristina me quiere gobernar” Glenn Rice (alero del cual se decía que su mujer lo tenía bien metido en cintura)
“Melodía de seducción” Latrell Sprewell (cómo se movía por la cancha, el tío)
“Míster Bonobús” Avery Jonson (su única misión en los Spurs era la de subir el balón y dárselo a uno de sus compañeros)
“Oh la la” Parker (el primer francés que triunfó en la NBA)
“¿Por qué eres tan bueno, McGrady?” ( Tracy McGrady, sin comentarios)
“Robin Hood” Nowitzky (también entraría en lo de “raza blanca, tirador”)
“Scooooootie” (el gran Pippen)
“Gladiator” Felipe Reyes (un “Carpanta” bajo los aros, con un hambre voraz de rebote)
“Multiusos” Garbajosa (pues eso)
Tim “Siglo XXI” Duncan (un jugador adelantado a su tiempo)
“Cruella Devil” Rodman, (qué malvado que era, el tío, y con qué modelitos se presentaba)
“Tiburón” Puyol (que viene, que viene)
“Humphrey Bogart” Xavi (la elegancia en el centro del campo)
“Estopa Mix” Ben Wallace (éste en realidad era el club de los jugadores que reparten cera dentro de la zona, como Wallace, o Mutombo)
“La intendencia, albañilería, fontanería, 24 horas a su servicio” Carlos Jiménez (en origen eran Harper y Harper asociados, por Ron Harper de los Lakers, pero se le pudo aplicar a Carlitos Jiménez cuando jugaba con la selección)
“Vicente” Vince Carter (está claro, ¿no?)
“El aplicado, el obediente” Eric Snow (un jugador que siempre hacía lo que le marcaba el entrenador, ni más ni menos; ya estaba Iverson para poner la fantasía… y la indisciplina)
“El aseado” Howard Eisley (un base sin peros, hacía lo que debía hacer con pulcritud)
“Wyatt Earp” Steve Kerr (“raza blanca, tirador”, con varios anillos de campeón)
“Chocolate Blanco” Williams (un base blanco que jugaba como un negro)
Vlado Divac “el Gasmann de la liga” (qué elegancia, el tío, como Vittorio Gassman)
Rasheed “etiqueta negra” Wallace (un lujo jugando al basket)
“El Clark Gable de la Gran Manzana” Pat Ewing (cómo vestía el tío, qué trajes, qué estilo)
“Hilo de seda” Houston (la suspensión más elegante que jamás ha existido)
“Lentejita Boykins” (1´65 medía el tío, y ahí estaba en la NBA)
“Muñequita linda” Dell Curry (un gran tirador)
“Memorias de África” Mutombo (por su origen africano, claro)
“El Otro” (Jermaine O´Neal, para diferenciarlo de Saquille)
“El Rascacielos más alto de la ciudad” Sabonis (imaginad por qué)
“El reflexivo” Derek Fisher (un jugador muy serio y concentrado, éste Laker)
“Sacarina” Dudley (era diabético)
“El señor de los anillos” (Horace Grant, campeón los Bulls de Jordan y los Lakers de Shaq y Kobe; después también fue aplicable a Robert Horry, con siete anillos de campeón con tres equipos: Rockets, Spurs y Lakers)


Leer más...

viernes, 28 de agosto de 2009

"Gol" de Rafael Azcona

Como todos sabéis, este fin de semana empieza la Liga. Por fin llega de nuevo el fútbol, y esta temporada lo hace con gran emoción y prometiendo mucho espectáculo dado el buen momento de juego del Barça y los fichajes millonarios del "Tío Floren". Además, viene acompañado de una revolución televisiva por la aparición de un nuevo canal, Gol TV, ofrecido por algunas empresas de cable (Ono, Orange, Jazztelia) y por la nueva TDT de pago. También se ha sorteado la Champions y nos vamos a divertir: Kaká vuelve a San Siro y Etoo al Nou Camp.

Para celebrar que por fin empieza el "furbol" rescato de entre mis libros y mis recuerdos un relato de fútbol, que también lo es de una vida, que me encantó cuando lo leí en El País Semanal allá por el año 1997. Su autor es- me pongo de pie- Rafael Azcona (q.e.p.d.), uno de los guionistas de cine más prolíficos y geniales del cine español. Bueno, qué leche, seguramente, por la amplitud de su obra y la calidad general de la misma, el más grande de nuestro cine en cuanto al guión se refiere. Este logroñés, tras iniciarse como novelsita y colaborar en la revista satírica La Codorniz, entró en el séptimo arte de la mano del director italiano Marco Ferreri en las célebres El Pisito y El Cochecito. Tras esto, inició sus andanzas con Luis García Berlanga, una pareja que ofreció algunas de las mejores películas de nuestro cine (Plácido, El Verdugo y La Vaquilla son mis preferidas). También escribió guiones para otros directores, como el conquense José Luis Cuerda (la maravillosísima El Bosque Animado, por ejemplo, o La Lengua de las Mariposas), Fernando Trueba (la oscarizada Belle Epoque es un guión suyo), o Carlos Saura (¡Ay, Carmela!). Tras casi medio siglo de magníficos guiones, falleció el año pasado, siendo la última película que lleva su firma Los Girasoles Ciegos de J. L. Cuerda.

Pues bien, otra muestra del genio de Azcona es este relato, que bien podría haber sido filmado por el propio Berlanga. Me encantan las historias de perdedores (Jungla de Cristal, El Apartamento, Vivir de Zhang Yimou, Ed Wood, Poder Absoluto, y tantas otras) y si tienen matices castizos, como es el caso, más aún. Su título, "Gol".

Debía faltar poco más de un minuto para que el árbitro señalara el final de la prórroga, y el 0-0 en el marcador seguía negándole al equipo del viejo Panocha los puntos que necesitaba para ascender automáticamente a primera división. Fue entonces cuando la pelota, despejada de un patadón por alguno de sus compañeros, y como llovida del cielo- nunca mejor dicho, porque estaba diluviando-, vino a caer en el fango que ocultaba las líneas del campo, justo en las cercanías de la que lo partía por la mitad, un territorio en el que Panocha vivaqueaba desde hacía un par de temporadas con el permiso del entrenador: cada vez que obligado por las lesiones o las tarjetas lo levantaba del banquillo, junto a la orden de quitarse el chándal el míster le concedía tácitamente la autorización para quedarse allá arriba: “Salga, Panocha. No le pido que corra, sólo le ruego que no se me siente”, eso le decía aquel cantamañanas convencido de que no existía ninguna diferencia entre la pizarra y el césped y de que los goles los metía él desde la banda con sus mocasines italianos. Pero Panocha no podía negar- al contrario, lo asumía- que si bajaba a defender su puerta luego no tenía resuello para subir a atacar la contraria, y él era- o había sido- eso que se llama un goleador nato.

Todo lo que tengo que hacer- pensó Panocha, ya con el balón en los pies- es levantarlo del barro, levarlo hasta la portería contraria, esperar la salida del portero, dejarlo tirado con un regate, y cuando esos comemierdas de las gradas empiecen a cantar el gol, hacerles un corte de mangas, o mejor, enseñarles los huevos, y echar la pelota fuera con la patada de Charlot.

Miró hacia atrás para calcular sus posibilidades de éxito: aunque los tacos se les quedaran clavados en el lodo, los jugadores rivales- todavía ante la portería del equipo de Panocha, a la que habían acudido para rematar un saque de esquina- no se iban a quedar mirando cómo él avanzaba hacia la de ellos, custodiada únicamente por el portero, y seguro que se alcanzarlo lo zancadillearían sin ningún miramiento. ¿A quién le iba a importar una tarjeta más o menos en el último partido de la temporada y con la prórroga dando las últimas boqueadas? Luego estaban sus propios compañeros, para quienes Panocha era un prescindible suplente sin ninguna autoridad: seguro que habría algún titular dispuesto a echar el bofe por la boca para llegar a su altura y exigirle que le cediera el honor y gloria- con el consiguiente aumento de la ficha- de marcar aquel gol de oro.

Mal nacidos. Pero a mí no me estropean el pasodoble, por la gloria de mi madre, pobrecita, lo que pudo llorar aquella santa cada vez que yo volvía a casa con los zapatos rotos y las canillas llenas de cardenales.

Y allí venían, dos, tres, cuatro y hasta seis de aquellos mal nacidos, inidentificable bajo la capa de barro que ocultaba sus rostros, sus números y hasta el color de sus camisetas, decididos a estropearle el pasodoble. Pero Panocha llevaba en el campo cinco minutos escasos, el entrenador lo había sacado con vistas a la tanda de penaltis- a balón parado prefería la serenidad del veterano a los nervios de los canteranos- y mientras que él conservaba impolutos el pantalón y la camiseta e intactas sus reservas físicas- que no eran muchas, cierto, pero que deberían bastarle para llevar a cabo su proeza-, a los demás les pesaba en las piernas el cansancio acumulado a lo largo de las dos horas de partido, un encuentro que había salido bronco, pródigo en choques físicos, sin otras vías de solución que el patadón y tente tieso.

Venga, Panochita, pica el pelotón, y vamos a ajustarle las cuentas al fútbol y a la vida, que así se las ponían a fernandoséptimo.

Y lo picó, con la puntera de la bota izquierda, que era la buena, saboreando ya su venganza. Qué estupidez degustarla fría, mejor paladearla ardiendo; se iban a enterar de quién era Panocha directivos, entrenadores, jugadores, periodistas, hinchas, aficionados y miserables en general que lo
habían utilizado, cada uno para sus propios fines, durante la tira de años que llevaba en el club, primero como promesa sin otra compensación que el placer de jugar, luego como figura esclavizada y mal pagada, al final como artrósico ejemplar, de una especie a extinguir, estafado por los presidentes, humillado por los místeres, ninguneado por los compañeros, despreciado por los críticos, ridiculizado por el público, puteado por su propia mujer. Porque la desgraciada, apenas intuyó el comienzo de su ocaso, se largó a Los Ángeles con un alero de baloncesto a poco de conocerlo en la fiesta que siguió a la concesión de unos premios al juego limpio. Al ferplei, como decían los mamones de la Federación.

Y yo, mientras aquel negro lleno de dientes me la bailaba, y cómo bailaba el tío, con lo alto que era, que la cabeza de Paquita le quedaba a la altura del ombligo cuando la abrazaba para bailar agarrados, y yo allí, en el borde de la pista, bajito y escayolado, con el tendón de Aquiles hecho cisco tras una alevosa patada que me sacudieron por detrás.¡Toma ferplei, Panochita!

El punterazo había desplazado el balón una veintena de metros, y ahora le esperaba fondeado en un enorme charco. Parecía recién salido de una lavandería, y sin embargo, al darle la segunda patada, Panocha- que ya acezaba como un bulldog subiendo unas escaleras- lo sintió más pesado que la primera, cosa verdaderamente extraña, pues en la primera, a pesar de estar rebozado en barro y con laguna pella de césped pegado a sus costuras, lo había encontrado más liviano y manejable que nunca, y en cambio ahora, aunque estaba limpio como una patena, tuvo la impresión de que pesaba lo que una sandía de tres o cuatro kilos. Y la imagen de la sandía le hizo sentir una sed de beduino, una
sed que le obligó a levantar la cabeza y, sin dejar de correr, abrir la boca para beberse a tragos la lluvia.

Como si pesa una arroba. La directiva, los accionistas, la marca patrocinadora, el nuevo entrenador y la madre que los parió se van a quedar con las ganas de echarme, que es lo primero que harían de subir a primera, darme la libertad, como ellos dicen. A buenas horas, mangas verdes, la libertad me la debieron dar diez años atrás, cuando marcaba quince goles por temporada y el Madrid se interesó por mí.

Esta vez el esférico- el esférico, eso también lo decían ellos- había recorrido una docena de metros y Panocha lo alcanzó cuando empezaba a oír, todavía lejanos, los gritos del nueve, aquel turco en quien ahora tenía la afición puestas sus esperanzas y complacencias, y al que reconoció por el acento:

- ¡Pasa pelota, pasa pelota!

Estaba apañado: a menos de veinte metros de la puerta enemiga y con el indefenso portero como único obstáculo, Panocha no le haría cedido el balón ni por un carro de azafrán- que según su abuela era lo que más valía en el mundo- ni al iluso turco ni al mismísimo Maradona en la plenitud de sus facultades. Y superando el terrible ahoguío que amenazaba con asfixiarlo, le dio la tercera patada a la puñetera sandía- su peso debía andar ahora por los diez o doce kilos, y su corazón por los doscientos o trescientos latidos por minuto- y reemprendió la carrera convencido de que iba a reventar de un momento a otro.

Tengo que llegar. Porque cuando llegue a la línea de meta y eche fuera el balón, la moral del equipo se va a quedar hecha una braga, los que lancen los penaltis los fallarán todos, y los tíos de la directiva, que cuando ganamos presumen de cargo fumando Montecristos en la televisión, esta noche tendrán que quedarse en sus casas llorando lágrimas de sangre. Que se jodan: eso les pasa por no haberme traspasado al Madrid.

Sólo Panocha sabía todo lo que soñó a cuenta del Madrid y de Madrid; él ya había jugado en el Bernabéu contra el Castilla sin sentirse intimidado por su graderío: la conquista de la ciudad empezaba por exigir en el contrato un chalé en una buena zona residencial y el último modelo de BMW que era un coche que le gustaba mucho; hasta se compró un plano para marcar con un rotulador el itinerario de Majadahonda a Chamartín, y a todo el que iba a la capital del reino le pedía que le trajera La Guía del Ocio para estar al tanto de las cosas. Pero los mangantes de su club lo engañaron: según ellos, un ojeador italiano se había puesto en contacto con el presidente, Panochita no debía precipitarse, la Liga italiana era la mejor del mundo, cómo se iba a perder la dolce vita por ir a los sanisidros, donde estuvieran los espaguetis que se quitara el cocido madrileño, y en cuanto a las tías- que era lo más importante- ¿iba a comparar las españolas con las italianas?

Y así, cuando aquella entrada criminal me dejó sin meniscos ni ligamentos y me pasé un año en rehabilitación, ni dolce vita, ni sanisidros, ni espaguetis, ni cocido madrileño, ni italianas ni pollas en vinagre.

De la cal que marcaba los límites del área enemiga no quedaban rastros, pero Panocha, tras calcular que el balón
de había clavado en el barrizal a la altura del ángulo derecho, con una mirada hacia atrás se cercioró de que sus perseguidores no tenían ninguna posibilidad de impedirle llevar a cabo lo que se proponía, y con las manos apoyadas en los muslos y el cuerpo echado hacia adelante dedicó unos segundos a regularizar el resuello; podría haber mandado ya la pelota a la grada de un voleón, pero aquello hubiera sido una chapuza. No, lo bueno era burlar al portero, y ya solo ante los tres palos, cortar en agraz el “¡Goooool!” de la hinchada tirando la bolita fuera en lugar de meterla dentro.

Cabrones. Antes no me dejaban pagar en los bares, y ahora desvían la mirada para no hablarme. Fulanos que entonces me ofrecían a sus hermanas, a sus novias y hasta a sus mujeres, hoy levantan el índice y el meñique para llamarme cornudo a mis espaldas.

Había dejado de llover. La boca le sabía a cuchillo de cocina. Metió la puntera de la bota, siempre la izquierda, bajo la pelota, y la impulsó hacia delante un par de metros para cebar al portero, mientras volvía a oír la voz del turco, que habituado a llamar a todo cristo por su número en su macarrónico italiano, se desgañitaba todavía a la altura de la línea media rival encabezando el tropel de perseguidores:

- ¡Úndichi, úndichi, dami la pelota, puta madre!

Porque, eso sí, las expresiones malsonantes, como decía el presidente del club- un meapilas de mucho cuidado que pretendía hacerles rezar el rosario en las concentraciones- era lo primero que aprendían los extranjeros.

El sombrero le salió perfecto y el portero, en su afán de revolverse, patinó y al perder pie quedó con la cara incrustada en el fango. Panocha, con todo el sosiego que le permitía su disnea, avanzó hacia la puerta contrario acompañado por los rugidos del público, y cuando estuvo a tres metros de la línea de meta se volvió hacia el palco presidencial en particular y hacia la afición en general, extendió el brazo derecho, con la mano izquierda se dio un seco golpe en el bíceps, y empinó el antebrazo contra el cielo; después, con mucha calma, elevó la pelota a l altura de su cadera, y con displicente golpe de tacón la echó fuera justo en el instante en que se le venía encima el montón de gente que había atravesado el campo persiguiéndole:

- ¡Gooooool!


El grito del público pilló al viejo y feliz Panocha de espaldas a la puerta. Cuando de volvió, perplejo, y vio el jodido esférico entre las mallas, ni siquiera pudo descargar su rabia en una blasfemia, porque sus compañeros le cayeron encima para abrazarlo y besuquearlo.

Qué malo eres, Panochita, se dijo, rompiendo a llorar. Pero mientras caía a al suelo, aplastado por aquella masa de carne sudada y gozosa, en las gradas se alzó un himno:

- ¡Panocha, Panocha, Panocha es cojonudo, como Panocha, no hay ninguno!

Y sin dejar de llorar, el viejo Panocha, Panochita, empezó a derretirse en un delicioso deliquio y eyaculó como hacía siglos que no eyaculaba.
Leer más...