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martes, 19 de abril de 2011

Semana Santa: Pasión y Fe

Me han recordado en casa que la primera Semana Santa de este blog prometí hacer una entrada especial sobre estas fechas. Como véis los que seguís el blog (si es que hay alguien) no se puede comparar el ritmo de producción y publicación que llevé durante el 2009 y el 2010 con el actual, ya que el tiempo y, lo reconozco, el interés ha ido a menos. Empero, quiero mantenerme, de momento, en mi compromiso, y lo haré transcribiendo partes del maravilloso pregón de Semana Santa que el año pasado Antonio García Barbeito, al que sólo conozco por ser colaborador de Carlos Herrera en la radio, dió en Sevilla. Curiosamente, fue criticado por muchos porque no hacía referencia a la parte más lúdica de estas fiestas, amén de no poner en relevancia la Meca semanasantera (¡toma multiculturalidad!) en que han querido convertir a la capital andaluza. Claro que quien eso dijese se enteró de poco, la verdad. Es un bellísimo texto que aborda lo, en mi opinión, primordial de la Semana Santa, el aspecto religioso y mistérico, el lado personal y vital, la cercanía con esa divinidad humana, o humanidad divina, que representa Jesucristo en la cruz y que nos pone a todos en el centro de todas las preguntas acerca de la existencia, trascendiendo la mundana realidad y mirando a la eternidad a los ojos. Fe y duda, duda y Fe, porque no puede existir lo uno sin lo otro. En estos tiempos tan "laicos" (ateos diría yo, pues es eso lo que en realidad defienden, entendido el ateismo como una religión más, cada vez más fundamentalista, por cierto)es emocionante y me llena de alegría encontrar estas palabras, que resumen de manera personal una manera de vivir la Fe que alumbra la incertidumbre, pues no puede haber la una sin la otra, y que es la que yo he vivido en todos los buenos cristianos que he conocido y conozco, que han sido y son muchos.

Pues eso, un texto precioso como pocos he leido en años, y que alguna lagrimita me hizo derramar (aunque ya sabíes que en eso soy un chico fácil.
En estas atinadas palabras responde a ese recelo siempre existente sobre si la Semana Santa es Fe o idolatría:

"Yo vengo de lo pequeño, de un lugar que sólo tiene un Nazareno y dos crucificados que recorren las calles. Vengo de allí donde empecé a aprender la devoción de los míos… Tú quizá no puedas entender –o sí- que hombres que blasfemaban con la boca cerrada lloraran como niños al ver pasar a Dios con una Cruz a cuesta. Llegaban los muchachos, llegaban los hombres a la parihuela del Señor y amarraban su pañuelo como quien escritura en un nudo una vieja promesa. Porque sí. Porque para ellos Dios no podía estar lejos, tenían que fiarlo todo a una imagen. Eran los mismos que habían visto, tras un año de sequía, cuando el tiempo había abierto en el mostrador de las tierras un muestrario de solanos del que los días copiaban para cortarle al campo un traje de ruina, y como nadie contestaba con lluvias a súplicas y rezos, recurrieron a Él, al mismo que otras veces los había socorrido. Le pidieron la lluvia por las veras del campo, silencio y esperanza, cuando abril no sabía dónde estaban las nubes. Y llovió. Y por eso creen en Él. Y por eso van a verlo, a rezarle o a darle gracias. Saben que ese Nazareno no es el Dios de los cielos, pero ellos –como tú- necesitan un Dios con domicilio, un Dios con “consulta” en la tierra, no un vacío lejano donde se pierden las preguntas."

Nos regala también estos preciosos versos dedicados a los costaleros:

Les cabe bajo el brazo el equipaje

para su larga y dura travesía.

La fuerza sacará que no tenía

el músculo. Más nervio, y más coraje.

Y el alma, que sin alma, este viaje

no lo soporta nadie, nadie iría

en la ciega galera de una umbría

remando con los pies en oleaje

de un mar urbano con brillo de cera,

obediente a una voz seguiriyera

y a un golpe de martillo que motiva,

si al levantar el paso no pensara

-rebosante la fe, la entrega clara-

que es Cristo o es su Madre quien va arriba.

Anda por sus pies el Cristo

y anda por ellos María.

que andar sin ellos sería

ir de gracia desprovisto.

Por eso, Señor, te insisto:

hazles de santas maderas,

un cielo donde Tú fueras

capataz que iguale nombres.

Un cielo para esos hombres,

¡Pero con trabajaderas!


Continúa con referencias a las sensaciones que provoca la semana santa en el creyente que la vive, que la siente, que la duda y que la abraza.

Lo miro en la cruz clavado,

abandonado de Dios

y un ruego: “¡perdónanos”,

se hace culpa en mi costado.

Lo negué. Y Él me ha salvado

de llenarme de vacíos.

Por eso, al sentirle fríos

manos y pies tan esclavos,

yo sé que en esos tres clavos

algunos golpes… son míos.

Sigo aquí, Señor, rezando

oraciones que aprendí,

pero al preguntar por Ti,

sigo dudando, dudando.

Señor, por la duda ando

entre preguntas desnudas,

esperando a que Tú acudas

a despejarme neblinas:

yo te arranco las espinas,

¡arráncame tú las dudas!

Con una cruz sobre el hombro,

pasas, Señor, ante mí,

y tu paso, al verte así,

con una oración lo alfombro.

Pero al rezarte te nombro

como siempre te nombré:

sin tener claro si es fe

lo que me empuja a rezarte,

o saber que tengo parte

en esa Cruz. No lo sé.


El compromiso cristiano, más allá de lo formal y lo cainita, que debe renovarse cada semana santa al recordar la Pasión de Cristo, nos lo recuerda en estas palabras:

Pasan cristos a diario

por su calle de amargura,

y mi esfuerzo no procura

evitarles su calvario.

Nunca creo necesario

llevar su peso conmigo.

En mi egoísmo, no digo

-por más que diga que creo-,

que si soy su cirineo,

ya lo estoy siendo contigo.


Si tú eres el mismo Cristo

y preguntaste a la Altura,

¿qué hago, si en mi noche oscura

alguna cruz no resisto?

Y si por tu amor existo,

¿cómo me voy a callar,

si me acaban de clavar

una lanza en el costado,

y por más que te he llamado

Tú no acabas de llegar?


Dios y el hombre; Jesucristo, ambas cosas, sin ambages, sin excusas, uno frente al otro, las preguntas y ¿las respuestas?...

“¿Por qué me has abandonado”?,

preguntaste en tu agonía.

Hice tantas veces mía

esa pregunta a tu lado…

Cuando me sentí acabado,

a tu nombre recurrí.

Mi agonía puse en Ti

en desesperado grito…

¡Que yo también necesito

que alguien conteste por mí!


El Dios que tengo en mí no es de madera,

ni sale en procesión ni tiene nombre,

es un Dios todo Dios y todo Hombre

que de mí, sin pedirme, tanto espera.

El Dios que tengo en mí de cabecera,

vive pendiente de que yo me asombre,

de que le pida cuentas, que lo nombre,

le exija, le pregunte. Y que lo quiera.

Es ese Dios que entre los hombres labra,

para sembrar a mano una palabra

-Amor- que le germine cada día.

El mismo que me llama y no contesto,

el que siempre me encuentra con lo puesto.

El que sigo buscando todavía.


El Dios que no busqué vino a buscarme

y no supe quién era, a qué venía.

Se fue. Pero volvió. Yo lo sabía:

a Dios no hay duda que me lo desarme.

Creí que iba a pedirme; vino a darme;

le rechacé el regalo. Me insistía.

Y me alargó la mano. Todavía

no sé por qué razón pude negarme.

Me fui. El se quedó. Lo eché de menos.

Me dijeron que andaba entre hombres buenos,

generoso, fraterno, conjuntivo.

Y en el campo una tarde, al recordarlo,

me contestó cuando empecé a nombrarlo

al decir “surco, río, luz, olivo…”


Jesús sabe que el hombre necesita

lo visible y cercano, lo tangible,

y para que se acerque a lo posible,

imágenes de Él le facilita.

Aquel Jesús de cruz y de calvario,

el nazareno aquel, el que decía

que por Amor la pena merecía,

quizá no sea tu imagen de diario.

Pero Él se va a la mano de las formas

porque sabe que tú no te conformas

si no lo ves, lo palpas, lo veneras…

Y permite a la mano que lo talle

y al pueblo que lo lleve por la calle,

¡para que tú lo nombres como quieras!


Ni tú eres Dios ni yo soy el Diablo.

Somos hermanos en la misma Obra.

(Yo te mendigo Dios, si es que te sobra;

lo precisa el amor con que te hablo.)

No vengas a clavarme tu venablo

para aumentar mi duda y mi zozobra;

que Dios paga en Amor, y Dios no cobra

más que en Amor, amigo. Busca a Pablo.

El Dios que anda por mí, el Dios que digo

es un Dios de perdón, no de castigo;

y acaricia mi duda y no se espanta

de mis debilidades. No se aflige:

si ve que me equivoco, me corrige,

y si ve que me caigo, me levanta.


Y para finalizar, María, esa otra gran protagonista de la Pasión, tan humana y tan divina como el Nazareno:

Cuánto nombre para un único Cielo,

cuántas flores para una sola Rosa,

cuánto nombrarte siempre Dolorosa

para acabar nombrándote Consuelo.

Tantas coronas y una sola frente;

para los mismos ojos, cuánto llanto,

y cuánto, cuánto, cuánto perfil santo

para mirarte Una y diferente.

Cuánto nombre buscando hacerte suya

en la oración, el ruego entre la bulla,

en la devota y vieja cercanía…,

para que todo sobre cuando vayas

a contarle la pena que te callas

y simplemente digas: “Madre mía…”

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lunes, 22 de marzo de 2010

Diálogos para besugos

No sé por qué el otro día me acordé de una lectura de infancia con la que me reía mucho. Se trata de los Diálogos para besugos (a saber qué estaría escuchando para que me vinieran a la mente) que se publicaban en la revista Mortadelo a principios de los 80. Bien es cierto que me pillaron muy, muy joven, pero como esos Mortadelos se eternizaron en quioscos y tiendas de todo tipo, ya con algunas años más los pude disfrutar en todo su esplendor. Y no, no han pasado de moda. Muy al revés, son de una intensa actualidad a tenor de las circunstancias que nos rodean, ejemplificando el absurdo que predomina en la mayoría de lo que en los medios de comunicación podemos escuchar en boca de políticos, deportistas y famosillos de tres al cuarto (sin menospreciar las que se pueden oír por la calle, sobre todo por parte de los más jóvenes y en especial esa franja entre los 13 y los 20 años).

El creador de estos diálogos fue Armando Matías Guiu (1925-2004),
escritor multidisciplinar que abordó todo tipo de textos, desde periodísticos hasta guiones de cine, pasando por obras de teatro y creaciones humorísticas como éstas que nos ocupan. En la línea de los geniales Mihura, Jardiel o Tip y Coll, sus contribuciones al semanal de Bruguera constituyen un monumento al humor en español. Estaban destinados a un público infantil y juvenil, pero eso no les hace menos geniales, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de jóvenes “de los de antes”, es decir, que sabían leer y disfrutaban con ello (era una revista de cómic, un tebeo semanal, por lo que quien se acercaba a ella eran iniciados en la lectura como entretenimiento). Os recomiendo leerlos en voz alta por ridículo que parezca, porque al igual que ocurre con cierta poesía, si queremos sacarle todo el partido debemos degustarla de esta forma, de lo contrario seguirán siendo geniales, pero quizá no tanto (bueno, en voz alta pero si puede ser solos, o en su defecto en voz bajiiiiiita, que tampoco es cuestión de que nos pongan una camisa de fuerza).


Redundando en su validez como reflejo de la realidad, transcribo las palabras del autor en el libro que en 1989 recopilaba gran parte de estos diálogos:
La política es, a veces, como un “diálogo para besugos”. Nadie dice lo que piensa; Algunos, no piensan lo que dicen; aquellos, piensan y no dicen; éstos, nadie sabe lo que piensan; de los de más allá una piensa que piensan, pero ellos no piensan que uno piensa
En mi soledad mental pienso que el pienso es el mejor pensamiento. Mientras haya pienso, aunque no se piense, se piensa en la paz.Por eso pienso que es mejor el pienso que el ¿qué pienso? Pero, pensar mucho da dolor de cabeza y mucho pienso da dolor de estómago. ¿serán los piensos malos pensamientos?
Duda: Quien dijo “pienso, luego existo”, ¿se refería al pienso alimentario o al pienso intelectual, que es un pienso que alimenta la inteligencia?
No sé que pensar. Estoy preocupado. Siempre que dialogo conmigo acabo hecho un besugo.


Transcribiré algunos de estos diálogos de vez en cuando, comenzando hoy. Ahí va un ejemplo de estos Diálogos para besugos, que siempre empezaban… así:
- Buenos días.
- Buenas tardes.
- ¿Cómo están ustedes?
- ¿Ustedes... refiriéndose a mí?
- A usted.
- Pues somos unos ustedes muy solitarios.
- ¿Están ustedes solos?
- Ustedes no sé como estarán, yo, que soy usted, estoy más solo que un chorizo de Cantimpalo.
- Un momento, está usted equivocado.
- ¿Están acompañados los chorizos de Cantimpalo?
- No lo sé. Usted ha dicho textualmente: "Yo, que soy usted". Y sin ánimo de interferir en su ego, que yo sepa usted es usted, pero jamás será yo.
- ¡Cómo que yo jamás seré yo!
- Yo, refiriéndome a usted, será yo, siempre que usted sea yo; pero yo, refiriéndome a usted, que soy mí, jamás será yo.
- O sea que yo debo de ser mí si no soy usted a pesar de ser yo. Pues yo no entiendo esto de usted ni de mí.
- Uno es uno siempre.
- Ahora llegan los unos. O sea que aquí estamos yo, que soy yo, usted, mí, usted que soy yo desde usted, yo que es usted desde usted, mí que debe ser un vecino musical y ahora para acabar de resolver los problemas llegan los unos. ¡El completo, vamos!
- No llegan los unos.
- Pues sí no son los unos serán los otros.
- Ni los unos ni los otros.
- O sea que llegan unos pero no llega nadie. ¡Que llegada más solitaria! ¿Les estaba usted esperando?
- Yo no espero a nadie.
- ¿También vendrá Nadie? ¡Jo! No vamos a caber tanta gente.
- Nadie no llega.
- Menos mal. Uno menos.
- Oiga, ¿sabe que usted es un complicado?
- ¿Yo? ¿Complicado yo? ¡Me llama complicado a mí, él que es siete u ocho personas a la vez!
- ¿Dice usted él refiriéndose a mí?
- ¡Ya vuelven los Mis! He dicho él refiriéndome a usted.
- De modo que yo para usted soy él.
- Perdone. Usted, para mí es usted y a veces usted es él.
- ¿Qué es él?
- Usted.
- ¿Y mí? ¿Dónde me deja usted a mí?
- Mí... Mi puedo ser yo desde mí. Usted no puede ser mí, desde yo.
- ¿Desde que yo?
- Desde yo-yo.
- Oiga, deje los juegos ahora que estamos en una conversación muiy seria. ¿A qué yo se refiere al decir yo-yo?
- Yo, soy yo. Usted es usted, pero como usted desde su yo es yo, y yo soy usted, para distinguirme de su yo me llamo yo-yo.
- ¿Usted se llama Yoyo? ¡Que divertido! Jamás conocí a nadie que se llamara Yoyo.
- ¡Dios! ¡Ya me ha bautizado de nuevo! Escuche, ¿usted sabe quién soy yo?
- Yoyo, ¿Yoyo Pérez, tal vez?
- Yo me llamo Agapito Martínez.
- Yo, no.
- ¿Usted no se llama Agapito Martínez?
- No, que va. Yo me llamo Fulgencio Pérez.
- ¿Usted no será pariente de Fulgencio Pérez?
- Mas que parientes, somos la misma persona.
- ¡Fulgencio, a mis brazos!
- ¿Me conoce?
- ¡Claro que le conozco! ¡Llevamos una hora hablando de de usted, de mí, de yo y de los unos! Cuente, cuente, ¿qué hace de mí?
- ¿Mí? ¿Mi a secas o Mi-mi?
- ¡Ha venido también Mimi! Ya estamos todos.
- Pues si están todos, me voy. Buenos días.
- Buenas tardes.

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jueves, 18 de marzo de 2010

Versos con mala baba

A todos nos han llegado mails con críticas más o menos satíricas y jocosas hacia los políticos de nuestro país. Esto, expresión popular del descontento con respecto a la clase dirigente, no pensemos que es cosa nueva alumbrada por la generalización de internet, sino que muy al revés supone simplemente la nueva forma que ha tomado la muy antigua tradición de sátira política que antes se extendía mediante coplas, cancioncillas y versos populares.

Empiezo con las dedicadas al rey Carlos II, con el que se terminó la dinastía Habsburgo en el trono hispano, y que llamaban “el hechizado”. Como bien sabéis, no fue capaz de engendrar un hijo que heredase la corona, y sus retratos no dejan dudas de que no poseía un físico “perfecto”. Veamos la guasa que el pueblo se gastaba con respecto a las características físicas del monarca:

El Príncipe, al parecer, / por lo endeble y patiblando / es hijo de contrabando / pues no se puede tener.

La descendencia del rey era asunto de Estado, y se exigía a la reina, María Luisa de Orleans, que fuese capaz de dar un niño a la dinastía:

Parid, bella flor de lis,
que en ocasión tan extraña
si parís, parís a España;
y si no parís, a París.


El siglo XIX es abundante en estas muestras de cabreo e ingenio popular a partes iguales. El primero que protagonizó una “jartá” de coplillas satíricas fue el rey José Bonaparte, al que pronto bautizaron como Pepe Botella o Botellas (cuando no hay constancia de que fuese aficionado al vino) y, redundado en la equivocada imagen que el imaginario popular se hizo de él, se le consideró tuerto (porque al usar monóculo de varilla cerraba el otro ojo). De esta supuesta afición suya al bebercio y su imaginaria tara física surgieron variadas y curiosas composiciones que se cantaban en tabernas y mesones:

Pepe Botellas, baja al despacho,
No puedo ahora, que estoy borracho
Pepe Botellas, no andas con tino
Naturalmente, lo impide el vino


Grande acompañamiento
Pepino lleva,
Un obus, dos gendarmes
Y sus botellas


Ya se fue por las Ventas
El rey Pepino
Con un par de botellas
Para el camino


Hemos visto hasta ahora composiciones cortas y sencillas. Pero las había más trabajadas, como ésta que se cantaba cuando José I tuvo que dejar Madrid tras la derrota francesa en Bailén:

O amigo Rey de Copas, ¿dónde vas,
Que tan deprisa dejas Madrid?
Y si mal no me engaña mi nariz
No es ámbar lo que exhalas por detrás.
¿Qué excusa a Valdepeñas le darás
Que contigo pensaba ser feliz?
¡Quál debe quedar Yepes de infeliz
Si no prueba sus vinos de hoy en más!
¡Quán triste quedará Carabanchel,
Si se le va el mejor consumidor,
Aun antes de probar su moscatel!
Todo será sollozos y clamor,
Y en medio de tan lúgubre Babel
Clamarán con el grito de dolor,
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe, allá te avengas


Abundando en estas creaciones más complejas que pasaban de la simple coplilla pero destilaban igual cachondeo y mofa:

Al Rey José I

Al ínclito Señor Pepe, rey (en deseo) de las Españas, y (en visión) de las Indias

Salud, gran rey de la rebelde gente;
salud, salud Pepillo diligente,
protector del cultivo de las uvas
y catador experto de las cubas;
hoy te celebra mi insurgente mano
desde el grandioso emporio gaditano;
y sin quebrarme mucho la cabeza
al momento tropezara
mi pluma con tus raras cualidades;
no llenaré el papel de las variedades,
como hacen a tu lado
necios aduladores
de tu persona y denigrado trono,
que te dexan corrido como un mono,
celebrando virtudes que no tienes,
y coronan tus sienes
con laureles de Marte, o bien de Apolo,
cuando al tyrso de Baco aspiras solo


Y cómo no, en el transcurso de la guerra, gritos y canciones patrióticas que animan la lucha contra el francés. Sin duda, la más famosa, y que seguro todos escuchado alguna vez, es ésta:

Con la bombas que tiran
los fanfarrones
se hacen las gaditanas
tirabuzones.


Pero también había otras:

No paseará en carroza /el emperador francés
mientras haya en Zaragoza/ con sangre un aragonés.


¡Vivan los españoles! ¡Viva la Religión!
Yo me cago en el gorro de Napoleón…


Por último, la relación entre Pepe Botella, Napoléón y el que espero protagonice otro capítulo de estos “dardos” populares:

Bonaparte en los infiernos
tiene una silla poltrona,
y a su lado está Godoy
poniendole la Corona

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martes, 8 de diciembre de 2009

Don Mendo mató a Menda

Las imbecilidades que ocasionan injusticias son eternas, intemporales. Parecen ser clase inmortal aquellos que se erigen en árbitros de la calidad y jueces del arte, los que en base a criterios personales dictan sentencia sobre una obra, sea esta literaria cinematográfica, musical, o historietística, por ejemplo. Críticos, se llaman. La Crítica, se suele decir, como si de una divinidad impersonal y etérea se tratara. Como digo, estos (la mayoría) impostores de la calidad ética y estética, que curiosamente en España se funden y confunden con los “artistas” e “intelectuales” paniaguados por la clase política “bienpensante” (aunque curiosamente, cuando estaban los otros, los “malos”, igualmente vivían de la subvención, pero claro, no tan bien), parecen ser caterva antigua e intemporal. Crucifican con términos altisonantes, incomprensibles, afectados y al fin superficiales todas aquellas obras que gozan del favor del público, mientras ensalzan con igual cháchara ininteligible las que son producto de las pajas mentales de sus camaradas de ideología, de gusto (o falta del mismo), de vicio, o de cama, vaya usté a saber. Son legión los autores que se han ganado el favor del público, que se han hecho con un lugar en la historia, pero que en su tiempo, y aún después, fueron y son despellejados por esta suerte de Inquisición erudita y fracasada. Ejemplos actuales los hay a patadas, pero, tras la casual reposición el otro día en TVE de “La venganza de Don Mendo”, me ha dado por glosar el caso de don Pedro Muñoz Seca.

Estamos ante un ejemplo doble de exclusión y vilipendio: en su tiempo, se le echaba en cara la falta de calidad de sus producciones, que sin embargo llenaban los teatros no sólo de público sino también de carcajadas; tras morir, y más llegada la democracia, no se le perdona su ideología conservadora, y se le exilia al olvido como castigo por su convencido catolicismo y defensa de la monarquía( jejeje, como si hubiese sido pequeña sentencia la muerte, llegada en noviembre de 1936 fusilado, como tantos otros, en Paracuellos del Jarama, recordatorio de que en todos sitios cuecen habas y de que la verdadera y culpable enemiga es la propia guerra, y cómplices los que se empeñan en resucitarl). Otro caso, éste en cambio de más feliz discurrir para el protagonista, pues no en vano fue en vida figura del cine nacional, es el de José Luis Sáenz de Heredia, sobre cuya obra maestra, auténtica cima del cine patrio, podéis leer aquí.

Nos encontramos en el caso de Muñoz Seca con un autor teatral que, no sé si los críticos y los historiadores de la literatura lo hacen, cosa que me la refanfinfla, pero yo sitúo junto a Jardiel y Mihura (de los que en gran medida fue maestro) en esa corriente del humor del absurdo que parece olvidada y que se caracterizó, y hablo siempre, como todos deberíamos hacer, en mi humilde parecer, por parir obras de una gran calidad y sobre todo tremendamente divertidas. Y ojo, que este último aspecto, que fuese divertidas, no le quitan ni mérito, ni importancia, ni profundidad: si acaso, aún más, le otorgan las tres cosas. El título más conocido de Muñoz Seca fue La Venganza de don Mendo, divertidísima pieza teatral que se ha representado en miles de ocasiones. ¿Miles? Pues sí, miles, pues se trata de una de esas obras que suelen elegir las compañías de teatro aficionado, sabedores de que las risas y la satisfacción del público están aseguradas. Por supuesto, también ha tenido montajes “serios”: desde su estreno en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1918 hasta la actualidad han sido múltiples y variados, siendo don Mendo interpretado por cómicos de la talla de José Luis Ozores, Manolo Gómez Bur o José Sazatornil, “Saza”. Incluso Tricicle realizó un montaje de la obra en 1999. Algunos de estos montajes fueron realizados también para televisión, donde han dado vida al vengativo caballero Tony Leblanc o Ismael Merlo. Pero, sin lugar a dudas, el don Mendo más conocido es el del sinpar Fernando Fernán Gómez, genio absoluto del teatro, el cine y la literatura española, que dirigió y protagonizó la única película basada en este texto en 1961 (y que fue la que pusieron el otro día).

Muñoz-Seca es considerado el creador de la astracanada, un género teatral cómico que sólo pretende hacer reír a toda costa: la acción, las situaciones, los personajes, el lenguaje e incluso el decorado se centran únicamente en hacer reír. Se explota el uso del retruécano, el sentimentalismo ridículo, el anacronismo y las situaciones disparatadas, a las que se supeditan los personajes y la acción, haciendo uso de juegos de palabras, tipificación regional del habla, nombres propios que dan lugar al equívoco y al chiste, etc. De este género es La Venganza de Don Mendo el mejor y más grande ejemplo: una divertidísima sátira de los dramas históricos y de las comedias sobre el honor del Siglo de Oro. Antecedente del humor absurdo, serían el grandísimo Jardiel Poncela y Miguel Mihura quienes ocupasen su lugar en las preferencias del público teatral tras la Guerra Civil, pues, claro está, él no podía hacerlo al no haber sobrevivido a la contienda. Mezclen algo de Les Luthiers (el juego de palabras), de los Python (el absurdo), de las sagas “como puedas” de Zucker-Abrams (el continuo martilleo de gags), y de Faemino y Cansado (el más absurdo todavía) y aquí lo tienen: don Pedro Muñoz Seca, el tatarabuelo chiflado de todos ellos y padre putativo de los grandes Jardiel y Mihura, a los que también tendremos que recordar en su momento.

Y como una de las cosas que más me gustan son las anécdotas, sobre todo cuando tienen como protagonista a mentes ocurrentes y despiertas, aquí van algunas de ellas, sin importar si son ciertas o no: únicamente el hecho de que se le hayan atribuido es ya prueba de que su ingenio bien podría haberlas parido.

La primera tiene que ver con su valía como versificador. El matrimonio que atendía la portería de su casa, a los que tenía un gran afecto, falleció con pocos días de diferencia. La familia le pidió a Don Pedro que escribiera un epitafio para honrar su memoria, y así lo hizo:

Fue tan grande su bondad,
tal su generosidad
y la virtud de los dos
que están, con seguridad,
en el cielo junto a Dios


La Iglesia tenía que dar el visto bueno, pero el obispo censuró los versos alegando que nadie, ni siquiera él como vicario de Dios, podía asegurar que ambos fallecidos hubiesen ganado gloria eterna. Por tanto, prohibió poner el epitafio. Llegado esto a oídos de Muñoz-Seca, redactó otro:

Fueron muy juntos los dos
el uno del otro en pos
donde va siempre el que muere
pero no están junto a Dios
porque el Obispo no quiere.


El obispo, molesto, escribió al autor reprendiéndole por el cachondeo que rezumaban sus versos y explicando que: "Ni yo ni ningún otro representante de la Santa Iglesia, intervenimos para nada en el destino de los difuntos, por tratarse de un misterio inescrutable, que ni usted, a pesar de su buena voluntad, ni nosotros estamos capacitados para aclarar". Sin embargo, don Pedro no quedó conforme, y escribió un tercer epitafio, que no pudo ser reproducido por cuanto el obispado se negó a ello y dio el tema por zanjado. Este epitafio “definitivo” fue:

Flotando sus almas van
por el eter débilmente,
sin saber que es lo que harán,
porque desgraciadamente
ni Dios sabe donde están.


En otra ocasión, cuenta su nieto Alfonso Ussía, le escribió el ministro de Cultura de la época diciéndole:

"Estimado Sr. Muñoz Seca:
[...] Sin duda, usted es un escritor de gran popularidad, por lo que resulta especialmente lamentable que a menudo el lenguaje empleado en sus obras sea tan vulgar y malsonante [...]"


Al poco tiempo, el ministro recibió respuesta de Muñoz Seca:

"Estimado Sr. Ministro:
En este mismo instante, tengo su carta delante; en breves momentos la tendré detrás."


Un día le preguntó un crítico literario cuáles eran, a su juicio, los cinco más importantes hombres de las letras españolas contemporáneas y don Pedro rápidamente elaboró una respuesta:

Don Miguel de Unam-uno
Benito Pérez Gal-dos
Miguel de Cervan-Tres
Luca de Tena, Don Tor-Cuatro
Benavente, Don Ja-Cinco.


Por último, dos anécdotas relacionadas con su encarcelamiento y posterior ejecución. En la checa de San Antón, donde estuvo preso, comentó a sus carceleros:

"Podréis quitarme las monedas que llevo encima, podréis quitarme el reloj de mi muñeca y las llaves que llevo en el bolsillo, podéis quitarme hasta la libertad y la vida; sólo hay una cosa que no podréis quitarme, por mucho empeño que pongáis… el miedo, este horrible miedo que tengo."

Por último, se dice que lo último que dijo antes de morir, a los integrantes del pelotón de fusilamiento que iba a acabar con su vida fue:

“me temo que ustedes no tienen intención de incluirme en su círculo de amistades”.


Pues nada, aquí os dejo tres escenas de La Venganza de Don Mendo. Primero, los avances bélicos en la Edad Media, con Antonio Garisa como Alfonso VII y Juanjo Menéndez como don Pero, Duque de Toro. Después, la narración de las siete y media que da origen al "drama", con Don Mendo interpretado por Sazatornil. Luego, otras dos más, en este caso de la película dirigida por Fernán Gómez, al igual que la primera: la irrupción de don Mendo en la corte disfrazado de Trovador y el final hiperviolento y "gore" de la obra.








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domingo, 8 de noviembre de 2009

Frases hechas... a sí mismas (III)

Retomamos la explicación “histórica” (o casi) de algunos de los dichos y frases hechas que usamos cotidianamente.

“Eres más feo que Picio”. Es, sin duda, una de las expresiones más populares de la actual lengua castellana; y es que como siempre, a los españoles lo que más nos gusta es “faltar” al prójimo. ¿Pero quién era Picio? La versión más extendida nos lleva a un zapatero granadino, algunas fuentes incluso aventuran que de principios del siglo XIX, que fue condenado a muerte por causas desconocidas y que, a punto de subir al cadalso, llegó su indulto. La tensión sufrida le provocó la caída del pelo, las cejas y pestañas, aparte de otras deformaciones en el rostro. Su aspecto era tan horrible que siempre iba con su cara cubierta, por lo que, se cuenta, fue expulsado de su pueblo al negarse a entrar en la iglesia, para lo cual tendría que descubrirse. Como suele ocurrir en estos casos, la veracidad debe tomarse con pinzas, por lo que ha de considerarse más leyenda que historia, aunque bien es cierto que toda leyenda popular tiene un poso de realidad.

“Ha y gente pa tó”. Apreciación acertadísima que se atribuye al torero cordobés Rafael Guerra, “Guerrita”. Sin embargo, en este caso la situación explicada como contexto de la expresión es falsa de toda falsedad, si nos fijamos bien en los detalles. Os explico lo que popularmente se cree que es el origen de la frase. A principios del XX era habitual que los toreros, tras una corrida importante, organizasen una fiesta a la cual acudían los personajes más insignes de la ciudad para conocer y agasajar al diestro. Imaginad, eso sí, la extracción social habitual de estos diestros, así como su consecuente formación intelectual. Tras una gran tarde en Las Ventas, en la fiesta posterior, a “Guerrita” le presentaron a don José Ortega y Gasset. El diestro preguntó qué era eso de “filósofo”, y cuando le explicaron que era un trabajo que consistía en pensar y reflexionar sobre las cosas, exclamó: “Hay gente pa tó”. El problema es que este Guerrita se retiró en 1899, cuando don José tenía tan sólo 16 años y, desde luego, aún no era el genial pensador en que después se convirtió. Si esta anécdota ocurrió en otras circunstancias, cuando ya estuvo retirado, entonces quizá esta versión sea cierta. Otras “fuentes” atribuyen la frase al torero, algo posterior, Rafael Gómez “el Gallo”, con el que las fechas cuadran más. El caso es que eso de vivir de pensar y reflexionar le resultaba curioso al autor de esta cita, muy probablemente uno que se ganaba el pan encerrándose con un toro, engañándole con un trapo pa que vaya y venga de un sitio a otro, para terminar matándolo de una estocada o una punzada en el “morrillo” (dicho sea esto con todo el respeto que me merece el arte taurino, del que no soy ni defensor ni censor). Vamos, como ahora, que eso de “pensar” es algo banal y vacuo cuando no odioso y pernicioso. Si ayer se entronizaba a los ganaban la vida matando toros (y aún hoy a algunos), hoy se hace con los que cuentan con quién se han acostao o demuestran lo patéticos que son, ellos, su vida y sus entendederas, ante millones de personas. ¡Qué poco ha evolucionado este país!

Vamos con uno de mis preferidos: “Ser más chulo que un ocho”. Siempre me ha encantado esta expresión. “Más chulo que un ocho”, y yo me imaginaba el ocho, y me decía, “pues sí que es chulo sí, es la forma numérica más completa, así regordete, usando todas las líneas en los viejos marcadores digitales”. Y es que el ocho siempre me ha gustado, incluso fue mi dorsal en mis hace tiempo pasados y no excesivamente duraderos años como deportista federado. Pero la explicación, sin embargo, poco tiene que ver con el número ocho en sí. Se trata, como veréis a continuación, de la expresión más castiza que puede haber. A principios del siglo XX, el tranvía que atravesaba el paseo de la Florida hasta llegar a la pradera de San Isidro era precisamente el ocho, y cuando había verbena venía cargado de chulapos y manolas. Surgió entonces la expresión “nada más chulo que un ocho camino de la verbena”, que se fue contrayendo con el tiempo en la actual “más chulo que un ocho”.Ahí queda eso.

Para terminar, una expresión con origen deportivo: “más moral que el Alcoyano”. El origen, claro está, se encuentra en el Club Deportivo Alcoyano, club de fútbol de la ciudad alicantina de Alcoy. Su fundación data del año 1929. En 1945 se proclamó campeón de la Segunda División española, y consiguió el ascenso a primera. En la división de Honor, en la temporada 1945-1946, no logró mantenerse. Sin embargo, la temporada siguiente volvió a liderar la Segunda División, por lo que de nuevo participó en Primera la temporada 1947-1948. Ese año, incluso, logra salvar la categoría, para perderla de nuevo en el curso 1948-1949. Pero de nuevo ahí estuvieron los del Alcoyano, que daban origen con su actitud a la expresión referida, y volvieron a ascender en la 49-50, siendo la siguiente, la 50-51, su última temporada en Primera, en la cual volvieron a perder la categoría para ya no recuperarla más (hasta la fecha, vaya usté a saber). En las temporadas que jugó en Primera, incluso en la que consiguió la permanencia, siempre estaba en los últimos puestos de la clasificación, de ahí que se ganara fama de equipo constante en la lucha y confiado en sus posibilidades, aunque chocase con la opinión más generalizada de que nada tenían que hacer. También se baraja como posible origen del dicho un partido específico, en el que irían perdiendo por mucho (no se sabe si 3, 4, 5, o incluso algunos hablan de 13, aunque esto creo que es exagerado) y protestaron al árbitro por pitar el final un minuto antes de lo debido. Pues eso, más moral que el Alcoyano. Expresión que por otra parte me encanta, pues todos debemos confiar en nuestras posibilidades y esforzarnos en conseguir nuestros objetivos incluso más allá de lo razonable, siempre y cuando sea para bien.
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viernes, 11 de septiembre de 2009

Cuento fantástico

Hoy me váis a permitir que me adentre en el género de la literatura fantástica. Os ofrezco un breve relato que bien podría considerarse dentro de tal corriente literaria, pues en el mismo aparece algún personaje que podría ser considerado más legendario que el Yeti con una actitud inverosímil en los tiempos que corren. Igualmente, como es habitual en este tipo de narraciones, el autor nos transporta a un mundo de ficción que considera preferible al mundo real y que se convierte así en vía de escape de sus frustaciones y desengaños, y en donde los sueños y los anhelos de los habitantes de esa realidad inventada, a diferencia de la propia, sí se pueden convertir en realidad. Como siempre, espero vuestros comentarios sobre este pequeño cuento, pero sobre todo espero que os guste.

- Don José Vicente, que le buscan.

El conserje se había asomado a la puerta de la sala de profesores y, apoyado en el marco, lanzaba su aviso sobre el grupo de docentes reunido en animada conversación.

- ¡Voy enseguida!- exclamó el aludido.

El enseñante salió de la sala con paso tranquilo, se asomó al pasillo y, viendo a una alumna suya con un señor mayor que no conocía, pero que obviamente debía ser su padre, preguntó:

- ¿Me buscaban?

- Sí, verá. Soy el padre de Andrea y quería hablar con usted- le reconoció el hombre, vestido con unos pantalones cortos oscuros, polo azul con marca de la empresa y sandalias.

- Pero, si ha aprobado, ¿no?- respondido confundido don José Vicente

- Sí, y de eso quería hablar.

- Bueno, bien, vayamos a un sitio tranquilo.

- Tú quédate aquí- ordenó su padre a la chica.

Ambos cruzaron el pasillo hasta una sala sin ventanas que servía para atender a los padres y madres que les visitaban así como para reuniones entre distintos miembros del claustro.

- Siéntese, y dígame.

Ambos tomaron asiento en sillas metálicas tapizadas en “sky” negro.

- Pues eso, que usted le ha puesto un cinco a mi hija en su asignatura, pero el caso es que no sabe hacer la “o” con un canuto, a ver cómo se come eso- espetó el indignado progenitor.

- Bueno, mi política es que los chavales hagan lo que puedan, y su hija es muy buena chica, si viera algunos compañeros suyos, que me hacen la vida imposible y no me dejan dar clase.

- Sí, si eso me parece muy bien, pero usted está aquí para enseñar, ¿no? Y por lo que he visto mi hija no ha aprendido absolutamente nada. Sus exámenes son un desastre y no pasan del tres, ¿entonces cómo la aprueba?

- Ya le digo, no vamos a cortar la trayectoria educativa de su hija, sería una pena que repitiera, pobrecita, y abandonar a todas sus amigas de clase, hombre- se excusó el profesor.

- Claro, claro, y que vaya pasando cursos sin enterarse de nada, hasta que un profesor o profesora con dos dedos de frente intente enseñarle algo y, como no tiene base ninguna porque no entiende lo que lee ni sabe expresarse con corrección de forma escrita, no aperenda y el profesor, ejerciendo su función, la suspenda y ahí se quede, ¿no?. ¡Qué vergüenza! – exclamó- ¡Yo mando aquí a mi hija para que la preparen, para que la enseñen, y no para que me la cuiden, que ya tiene 16 años y sabe cuidarse solita! ¡Viene aquí para que en el futuro pueda cumplir todos sus sueños y optar libremente por aquello que quiera en la vida, sin las limitaciones de la falta de preparación! ¡Así que o sus profesores se ponen de acuerdo en la solución a las carencias formativas de mi hija, o les planto una reclamación y llego a la inspección si hace falta!- advirtió severamente- ¿Cree usted que soy un desaprensivo que no se ocupa por su propia hija? O repite, o le hacen un programa de refuerzo o como lo llamen para el año que viene, o lo que sea, decídanlo ustedes que para eso les pagan. Eso sí, si no obtengo respuesta, le juro que remuevo Roma con Santiago para que cumplan con su cometido: ¡enseñar!

Don José Vicente estaba anonadado. Nadie le había preparado para algo así ¡Era una situación inaudita!

- Bueno, bueno, no se ponga usted así, veremos qué se puede hacer…

- Espero que así sea.

El ofuscado padre se levantó, dirigiéndose a la puerta.

- Mañana volveré y espero que me ofrezcan alguna alternativa a esta situación. ¡Adiós!- sentenció al tiempo que se despedía y enfilaba el pasillo en busca de su hija

- No se preocupe, no se preocupe, y vaya con Dios- dijo desde el fondo de la sala el profesor, aún sentado en su silla con cara de sorpresa.

- Vamos, hija, quieran o no quieran, esta gente tendrá que cumplir con su cometido, que como padre no voy a dejar la ecuación de mi hija a la buena de Dios. ¿Qué se creen, que no me preocupo por tí? ¡Habrase visto, aprobarte sin haber entendido nada y pasarte de curso para que sigas igual, o peor! ¡Vámonos!

Y cogiendo del brazo a su hija en ademán fuerte pero afectuoso, salieron ambos por la puerta del centro educativo.
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viernes, 28 de agosto de 2009

"Gol" de Rafael Azcona

Como todos sabéis, este fin de semana empieza la Liga. Por fin llega de nuevo el fútbol, y esta temporada lo hace con gran emoción y prometiendo mucho espectáculo dado el buen momento de juego del Barça y los fichajes millonarios del "Tío Floren". Además, viene acompañado de una revolución televisiva por la aparición de un nuevo canal, Gol TV, ofrecido por algunas empresas de cable (Ono, Orange, Jazztelia) y por la nueva TDT de pago. También se ha sorteado la Champions y nos vamos a divertir: Kaká vuelve a San Siro y Etoo al Nou Camp.

Para celebrar que por fin empieza el "furbol" rescato de entre mis libros y mis recuerdos un relato de fútbol, que también lo es de una vida, que me encantó cuando lo leí en El País Semanal allá por el año 1997. Su autor es- me pongo de pie- Rafael Azcona (q.e.p.d.), uno de los guionistas de cine más prolíficos y geniales del cine español. Bueno, qué leche, seguramente, por la amplitud de su obra y la calidad general de la misma, el más grande de nuestro cine en cuanto al guión se refiere. Este logroñés, tras iniciarse como novelsita y colaborar en la revista satírica La Codorniz, entró en el séptimo arte de la mano del director italiano Marco Ferreri en las célebres El Pisito y El Cochecito. Tras esto, inició sus andanzas con Luis García Berlanga, una pareja que ofreció algunas de las mejores películas de nuestro cine (Plácido, El Verdugo y La Vaquilla son mis preferidas). También escribió guiones para otros directores, como el conquense José Luis Cuerda (la maravillosísima El Bosque Animado, por ejemplo, o La Lengua de las Mariposas), Fernando Trueba (la oscarizada Belle Epoque es un guión suyo), o Carlos Saura (¡Ay, Carmela!). Tras casi medio siglo de magníficos guiones, falleció el año pasado, siendo la última película que lleva su firma Los Girasoles Ciegos de J. L. Cuerda.

Pues bien, otra muestra del genio de Azcona es este relato, que bien podría haber sido filmado por el propio Berlanga. Me encantan las historias de perdedores (Jungla de Cristal, El Apartamento, Vivir de Zhang Yimou, Ed Wood, Poder Absoluto, y tantas otras) y si tienen matices castizos, como es el caso, más aún. Su título, "Gol".

Debía faltar poco más de un minuto para que el árbitro señalara el final de la prórroga, y el 0-0 en el marcador seguía negándole al equipo del viejo Panocha los puntos que necesitaba para ascender automáticamente a primera división. Fue entonces cuando la pelota, despejada de un patadón por alguno de sus compañeros, y como llovida del cielo- nunca mejor dicho, porque estaba diluviando-, vino a caer en el fango que ocultaba las líneas del campo, justo en las cercanías de la que lo partía por la mitad, un territorio en el que Panocha vivaqueaba desde hacía un par de temporadas con el permiso del entrenador: cada vez que obligado por las lesiones o las tarjetas lo levantaba del banquillo, junto a la orden de quitarse el chándal el míster le concedía tácitamente la autorización para quedarse allá arriba: “Salga, Panocha. No le pido que corra, sólo le ruego que no se me siente”, eso le decía aquel cantamañanas convencido de que no existía ninguna diferencia entre la pizarra y el césped y de que los goles los metía él desde la banda con sus mocasines italianos. Pero Panocha no podía negar- al contrario, lo asumía- que si bajaba a defender su puerta luego no tenía resuello para subir a atacar la contraria, y él era- o había sido- eso que se llama un goleador nato.

Todo lo que tengo que hacer- pensó Panocha, ya con el balón en los pies- es levantarlo del barro, levarlo hasta la portería contraria, esperar la salida del portero, dejarlo tirado con un regate, y cuando esos comemierdas de las gradas empiecen a cantar el gol, hacerles un corte de mangas, o mejor, enseñarles los huevos, y echar la pelota fuera con la patada de Charlot.

Miró hacia atrás para calcular sus posibilidades de éxito: aunque los tacos se les quedaran clavados en el lodo, los jugadores rivales- todavía ante la portería del equipo de Panocha, a la que habían acudido para rematar un saque de esquina- no se iban a quedar mirando cómo él avanzaba hacia la de ellos, custodiada únicamente por el portero, y seguro que se alcanzarlo lo zancadillearían sin ningún miramiento. ¿A quién le iba a importar una tarjeta más o menos en el último partido de la temporada y con la prórroga dando las últimas boqueadas? Luego estaban sus propios compañeros, para quienes Panocha era un prescindible suplente sin ninguna autoridad: seguro que habría algún titular dispuesto a echar el bofe por la boca para llegar a su altura y exigirle que le cediera el honor y gloria- con el consiguiente aumento de la ficha- de marcar aquel gol de oro.

Mal nacidos. Pero a mí no me estropean el pasodoble, por la gloria de mi madre, pobrecita, lo que pudo llorar aquella santa cada vez que yo volvía a casa con los zapatos rotos y las canillas llenas de cardenales.

Y allí venían, dos, tres, cuatro y hasta seis de aquellos mal nacidos, inidentificable bajo la capa de barro que ocultaba sus rostros, sus números y hasta el color de sus camisetas, decididos a estropearle el pasodoble. Pero Panocha llevaba en el campo cinco minutos escasos, el entrenador lo había sacado con vistas a la tanda de penaltis- a balón parado prefería la serenidad del veterano a los nervios de los canteranos- y mientras que él conservaba impolutos el pantalón y la camiseta e intactas sus reservas físicas- que no eran muchas, cierto, pero que deberían bastarle para llevar a cabo su proeza-, a los demás les pesaba en las piernas el cansancio acumulado a lo largo de las dos horas de partido, un encuentro que había salido bronco, pródigo en choques físicos, sin otras vías de solución que el patadón y tente tieso.

Venga, Panochita, pica el pelotón, y vamos a ajustarle las cuentas al fútbol y a la vida, que así se las ponían a fernandoséptimo.

Y lo picó, con la puntera de la bota izquierda, que era la buena, saboreando ya su venganza. Qué estupidez degustarla fría, mejor paladearla ardiendo; se iban a enterar de quién era Panocha directivos, entrenadores, jugadores, periodistas, hinchas, aficionados y miserables en general que lo
habían utilizado, cada uno para sus propios fines, durante la tira de años que llevaba en el club, primero como promesa sin otra compensación que el placer de jugar, luego como figura esclavizada y mal pagada, al final como artrósico ejemplar, de una especie a extinguir, estafado por los presidentes, humillado por los místeres, ninguneado por los compañeros, despreciado por los críticos, ridiculizado por el público, puteado por su propia mujer. Porque la desgraciada, apenas intuyó el comienzo de su ocaso, se largó a Los Ángeles con un alero de baloncesto a poco de conocerlo en la fiesta que siguió a la concesión de unos premios al juego limpio. Al ferplei, como decían los mamones de la Federación.

Y yo, mientras aquel negro lleno de dientes me la bailaba, y cómo bailaba el tío, con lo alto que era, que la cabeza de Paquita le quedaba a la altura del ombligo cuando la abrazaba para bailar agarrados, y yo allí, en el borde de la pista, bajito y escayolado, con el tendón de Aquiles hecho cisco tras una alevosa patada que me sacudieron por detrás.¡Toma ferplei, Panochita!

El punterazo había desplazado el balón una veintena de metros, y ahora le esperaba fondeado en un enorme charco. Parecía recién salido de una lavandería, y sin embargo, al darle la segunda patada, Panocha- que ya acezaba como un bulldog subiendo unas escaleras- lo sintió más pesado que la primera, cosa verdaderamente extraña, pues en la primera, a pesar de estar rebozado en barro y con laguna pella de césped pegado a sus costuras, lo había encontrado más liviano y manejable que nunca, y en cambio ahora, aunque estaba limpio como una patena, tuvo la impresión de que pesaba lo que una sandía de tres o cuatro kilos. Y la imagen de la sandía le hizo sentir una sed de beduino, una
sed que le obligó a levantar la cabeza y, sin dejar de correr, abrir la boca para beberse a tragos la lluvia.

Como si pesa una arroba. La directiva, los accionistas, la marca patrocinadora, el nuevo entrenador y la madre que los parió se van a quedar con las ganas de echarme, que es lo primero que harían de subir a primera, darme la libertad, como ellos dicen. A buenas horas, mangas verdes, la libertad me la debieron dar diez años atrás, cuando marcaba quince goles por temporada y el Madrid se interesó por mí.

Esta vez el esférico- el esférico, eso también lo decían ellos- había recorrido una docena de metros y Panocha lo alcanzó cuando empezaba a oír, todavía lejanos, los gritos del nueve, aquel turco en quien ahora tenía la afición puestas sus esperanzas y complacencias, y al que reconoció por el acento:

- ¡Pasa pelota, pasa pelota!

Estaba apañado: a menos de veinte metros de la puerta enemiga y con el indefenso portero como único obstáculo, Panocha no le haría cedido el balón ni por un carro de azafrán- que según su abuela era lo que más valía en el mundo- ni al iluso turco ni al mismísimo Maradona en la plenitud de sus facultades. Y superando el terrible ahoguío que amenazaba con asfixiarlo, le dio la tercera patada a la puñetera sandía- su peso debía andar ahora por los diez o doce kilos, y su corazón por los doscientos o trescientos latidos por minuto- y reemprendió la carrera convencido de que iba a reventar de un momento a otro.

Tengo que llegar. Porque cuando llegue a la línea de meta y eche fuera el balón, la moral del equipo se va a quedar hecha una braga, los que lancen los penaltis los fallarán todos, y los tíos de la directiva, que cuando ganamos presumen de cargo fumando Montecristos en la televisión, esta noche tendrán que quedarse en sus casas llorando lágrimas de sangre. Que se jodan: eso les pasa por no haberme traspasado al Madrid.

Sólo Panocha sabía todo lo que soñó a cuenta del Madrid y de Madrid; él ya había jugado en el Bernabéu contra el Castilla sin sentirse intimidado por su graderío: la conquista de la ciudad empezaba por exigir en el contrato un chalé en una buena zona residencial y el último modelo de BMW que era un coche que le gustaba mucho; hasta se compró un plano para marcar con un rotulador el itinerario de Majadahonda a Chamartín, y a todo el que iba a la capital del reino le pedía que le trajera La Guía del Ocio para estar al tanto de las cosas. Pero los mangantes de su club lo engañaron: según ellos, un ojeador italiano se había puesto en contacto con el presidente, Panochita no debía precipitarse, la Liga italiana era la mejor del mundo, cómo se iba a perder la dolce vita por ir a los sanisidros, donde estuvieran los espaguetis que se quitara el cocido madrileño, y en cuanto a las tías- que era lo más importante- ¿iba a comparar las españolas con las italianas?

Y así, cuando aquella entrada criminal me dejó sin meniscos ni ligamentos y me pasé un año en rehabilitación, ni dolce vita, ni sanisidros, ni espaguetis, ni cocido madrileño, ni italianas ni pollas en vinagre.

De la cal que marcaba los límites del área enemiga no quedaban rastros, pero Panocha, tras calcular que el balón
de había clavado en el barrizal a la altura del ángulo derecho, con una mirada hacia atrás se cercioró de que sus perseguidores no tenían ninguna posibilidad de impedirle llevar a cabo lo que se proponía, y con las manos apoyadas en los muslos y el cuerpo echado hacia adelante dedicó unos segundos a regularizar el resuello; podría haber mandado ya la pelota a la grada de un voleón, pero aquello hubiera sido una chapuza. No, lo bueno era burlar al portero, y ya solo ante los tres palos, cortar en agraz el “¡Goooool!” de la hinchada tirando la bolita fuera en lugar de meterla dentro.

Cabrones. Antes no me dejaban pagar en los bares, y ahora desvían la mirada para no hablarme. Fulanos que entonces me ofrecían a sus hermanas, a sus novias y hasta a sus mujeres, hoy levantan el índice y el meñique para llamarme cornudo a mis espaldas.

Había dejado de llover. La boca le sabía a cuchillo de cocina. Metió la puntera de la bota, siempre la izquierda, bajo la pelota, y la impulsó hacia delante un par de metros para cebar al portero, mientras volvía a oír la voz del turco, que habituado a llamar a todo cristo por su número en su macarrónico italiano, se desgañitaba todavía a la altura de la línea media rival encabezando el tropel de perseguidores:

- ¡Úndichi, úndichi, dami la pelota, puta madre!

Porque, eso sí, las expresiones malsonantes, como decía el presidente del club- un meapilas de mucho cuidado que pretendía hacerles rezar el rosario en las concentraciones- era lo primero que aprendían los extranjeros.

El sombrero le salió perfecto y el portero, en su afán de revolverse, patinó y al perder pie quedó con la cara incrustada en el fango. Panocha, con todo el sosiego que le permitía su disnea, avanzó hacia la puerta contrario acompañado por los rugidos del público, y cuando estuvo a tres metros de la línea de meta se volvió hacia el palco presidencial en particular y hacia la afición en general, extendió el brazo derecho, con la mano izquierda se dio un seco golpe en el bíceps, y empinó el antebrazo contra el cielo; después, con mucha calma, elevó la pelota a l altura de su cadera, y con displicente golpe de tacón la echó fuera justo en el instante en que se le venía encima el montón de gente que había atravesado el campo persiguiéndole:

- ¡Gooooool!


El grito del público pilló al viejo y feliz Panocha de espaldas a la puerta. Cuando de volvió, perplejo, y vio el jodido esférico entre las mallas, ni siquiera pudo descargar su rabia en una blasfemia, porque sus compañeros le cayeron encima para abrazarlo y besuquearlo.

Qué malo eres, Panochita, se dijo, rompiendo a llorar. Pero mientras caía a al suelo, aplastado por aquella masa de carne sudada y gozosa, en las gradas se alzó un himno:

- ¡Panocha, Panocha, Panocha es cojonudo, como Panocha, no hay ninguno!

Y sin dejar de llorar, el viejo Panocha, Panochita, empezó a derretirse en un delicioso deliquio y eyaculó como hacía siglos que no eyaculaba.
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domingo, 16 de agosto de 2009

No queda sino batirse: Arturo Pérez-Reverte

Creo que ya he repetido varias veces en este mi/tu blog (aunque este verano sólo mío por lo que veo, ¡peazo sequía de comentarios, copón!) mi admiración por Arturo Pérez Reverte. Seguro que alguno recuerda cómo en una de las primeras entradas del blog reproduje un artículo suyo sobre Hernán Pérez del Pulgar. Me gustan sobremanera sus novelas, tanto por su forma de escribir como por las historias que cuenta (ahora estoy enfrascado en Corsarios de Levante, la última publicada del Capitán Alatriste, pero suyas han sido novelas que he disfrutado con pasión, como La sombra del águila, El Club Dumas o la mencionada serie de Alatriste). Pero además me entusiasman sus artículos de opinión, por llamarlos de alguna manera, pues tan pronto aborda algún tema de actualidad como recuerda alguna anécdota de su vida o le da por intentar analizar la esencia de este país que llamamos España.

Actualmente publica en la revista XLSemanal, que sale con el ABC a modo de dominical, y que mi padre me guarda amorosamente junto con el suplemento de La Tribuna, que son los diarios que adquiere cada domingo antes de ir a misa (bueno, también compra el Marca pero con ése no te dan ná). A menudo abordo con ilusión la lectura de la página de Pérez-Reverte, pues, como he dicho, me suele gustar lo que dice y cómo lo dice. Y no es que siempre esté de acuerdo con sus opiniones, que no lo estoy, pero le reconozco varias cosas. Primero, una redacción y escritura que me hipnotiza y que degusto palabra a palabra, sílaba a sílaba, porque tiene la rara capacidad de que su voz resuene franca y convincente, como si de una animada conversación de amigos se tratase, en las letras impresas. Segundo, que se atreve, cosas de estar ya de vuelta de todo, a expresar ciertas ideas y pareceres procedentes de ese sentido común del que se dice, y estoy de acuerdo, que es el menos común de los sentidos, y que entran en lo que hoy en día se da en llamar opiniones “políticamente incorrectas”. Tercero, que me alboroza ver expresadas con tanto tino y acierto juicios y consideraciones que a mí se me presentan necesarias de decir, cuando no de gritar, en esta sociedad nuestra tan poco dada a la reflexión y donde los más grandes dislates toman con facilidad fama de verdades inmanentes. Y, cuarto, y quizá lo más importante, ser capaz de atraer mi atención y llevarme a la reflexión cuando aquello que cuenta no cuadra con mis creencias o me incomoda; entonces, lejos de obviarlo, intento recomponer mi opinión sobre el asunto al que se refiere y, confrontando lo que sé y creo con lo que leo, cambiar o reafirmar en cada caso mi juicio y entender. Ahora me resulta difícil citar a otro autor que con asiduidad consiga esto. No, no. Que no, no hay ninguno más, así “de continuo”.

Bueno, el caso es que voy a reproducir algunos de sus artículos (lo cual no sé si a él le haría gracia, pero bueno), aunque, eso sí, os dejo el enlace por si queréis leerlo en el original. La sección se titula, como podéis ver, "No queda sino batirse", frase convertida en muletilla por el Francisco de Quevedo vividor y temerario que nos retrata el autor en su serie de Alatriste.

Seguramente el artículo que más ha trascendido en los últimos tiempos, y no porque provocase que en la prensa corrieran ríos de tinta apoyando sus afirmaciones o refutándolas, que no lo hizo, sino porque se convirtió en un e-mail “en cadena” que se enviaba y reenviaba a través de miles de correos electrónicos, es el titulado “Permitidme tutearos, imbéciles”, del año 2007. En este escrito abordaba la política educativa de los últimos años y la actual situación del sistema ¿educativo?. Es un artículo que me encanta, pero no seré el primero que reproduzca porque quizá toca un tema demasiado importante para estos meses de verano, en que nuestro cerebro, como nuestro cuerpo, está en modo “ahorro de energía”. En vez de eso, he decidido ofreceros otro, que a pesar de en el fondo tocar un tema serio como la estupidez y pensamiento obtuso que se propaga cual gripe A por nuestro país, lo hace de una manera irónica verdaderamente divertida, en cuyo uso es Pérez Reverte, también, otro maestro. Publicado en mayo de este año, venía a colación por la piratería que asola (¿asolaba?, qui lo sá, los periodistas ya se han olvidado) las costas africanas del Índico. Sencillamente genial. Aquí está:

Apatrullando el índico

Imperativos de las artes gráficas obligan a escribir esta página un par de semanas antes de la fecha en que se publica. Lo aclaro porque es posible –poco probable, pero posible– que, cuando lean estas líneas, la fragata española destacada en el Índico haya destruido a cañonazos a toda una flotilla de piratas somalíes, o que nuestros comandos de la Armada, tras recibir vigorosa luz verde del implacable Ministerio de Defensa español, hayan liberado heroicamente a varios rehenes españoles o extranjeros, liándose a tiros, bang, bang, bang, y dándoles a los malandrines las suyas y las del pulpo sin pagar rescate ni pagar nada. Que no creo, la verdad. Aquí eso del bang bang se mira mucho, no vayamos a darle a alguien, que encima es negro y desnutrido, aunque lleve Kalashnikov, y a ver qué dicen luego la prensa, las oenegés y las estrellas del cine español. Pero nunca se sabe.

Hoy quiero hablar de una foto. En ella aparece la titular de Defensa, señora Chacón, con varios portavoces parlamentarios –el señor Anasagasti, la señora Rosa Díez y algún otro padre y madre de la patria– a los que invitó al océano Índico para retratarse a bordo de la fragata Numancia; que como saben forma parte del dispositivo internacional que allí protege, o lo intenta, el tráfico mercante. En la foto, los portavoces varones y hembras sonríen felices, cual si acabaran de cantarle a la marinería lo de «Soldados sin bandera/soldados del amor», satisfechos por llevar al cuerno de África un mensaje de compromiso y firmeza. Mucho ojito, piratas malvados, que con España no se juega. Aquí estamos todos, unidos como una piña colada, para dar aliento a nuestros tiradores de élite. Cuidadín. Etcétera. Estoy seguro de que, después de verlo en el telediario, las familias de los tripulantes de atuneros, petroleros, portacontenedores y otros barcos españoles duermen tranquilas. Relajadísimas. Nuestra Armada está ojo avizor, y nuestros políticos la apoyan. El protocolo operativo contempla el uso de la fuerza, siempre y cuando no peligre la vida de secuestrados ni de secuestradores. O algo así. A ver qué pirata le echa huevos y se atreve ahora.

Debo confesar algo inconfesable. Y, por tanto, lo confieso. Habría dado mi colección completa de primeras ediciones en gabacho de Corto Maltés –blanco y negro, editorial Casterman– porque, en el momento mismo de la foto, una docena de piratas somalíes hubiesen decidido sumarse por su cuenta al homenaje. Me tiembla el dedo de placer, dándole a la tecla, al imaginar a una docena de Isas y Mojamés abordando la Numancia con su cayuco mientras todo el mundo estaba pendiente del fotógrafo. Hola, buenas. Aquí mi cuñado, aquí mi primo. El del lanzagranadas es mi suegro. De momento nos van a pagar ustedes veinte kilos en billetes nuevos. Si no es molestia. Y díganle a la rubia de las gafas y los piños que deje de hablar por el móvil pidiendo auxilio y se siente, coño.

Y luego el operativo. Gabinete de crisis en Moncloa. Café y expertos. Ese presidente Zapatero telefoneando a Obama para preguntarle qué haría él en un caso similar, y el otro respondiendo que ya lo hizo: no pagar un duro y cargarse a los malos. Eso es totalitario, responde Zapatero. Indigno de un presidente afroamericano de color. Entre Sarkozy y tú me vais a desmontar el chiringuito con vuestros putos pistoleros. Nosotros tenemos Alianza de Civilizaciones, chaval. Somos líderes en eso. Además, te informo de que la violencia sólo engendra violencia. La piratería está tocando fondo, dentro de un par de meses empezará a disminuir, y mi gobierno ya toma medidas para que cuando desaparezca del todo, que será pronto, África y sus habitantes encuentren a España preparada para convertir aquello en Hollywood. Que no te enteras, tío.

Y después, tatatachán, el desenlace. Al alba y con viento de levante, tras arduas y enérgicas negociaciones a través de la embajada de Cataluña en Mogadiscio, el ministro Moratinos anuncia otro éxito diplomático y humanitario sin precedentes: «Hemos pagado enérgicamente –dice sin despeinarse– el rescate en un tiempo récord, cosa nada fácil con las transferencias, los horarios de bancos y demás. En cuanto a lo que de verdad preocupa a los españoles, la salud de los piratas, diré que todos se encuentran bien; excepto uno que, al abalanzarse a robarle el reloj al señor Anasagasti, resbaló y se hizo pupita en un dedo. La ministra de Defensa ha fletado un avión para trasladarlo a un hospital de Madrid –ella misma le sostiene el gota a gota de plasma–, y confiamos en su recuperación. Son daños colaterales inevitables en estas operaciones de precisión y alto riesgo. Por otra parte, el cabo primero de infantería de marina Manolo Gómez Cascajo, que en un momento dado sugirió coger los Cetmes y achicharrar por el morro a los piratas, ha sido seriamente amonestado por Defensa, y su próximo destino será censar focas en Chafarinas. Por querer matar negros y por fascista».

Aquí, el enlace original
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miércoles, 22 de julio de 2009

Frases hechas... a sí mismas (II)

Continuamos con el origen de dichos y frases hechas que utilizamos frecuentemente al hablar. Hoy nos centraremos en algunos que tienen un origen histórico. Así, teniendo en cuenta el caos y la preocupación que produjo ayer en Ciudad Real el enorme incendio que asoló las afueras de la parte noroeste de la ciudad, cualquiera podría haber exclamado que “se armó la de San Quintín”, y a aquellos que se mostraban incrédulos porque los medios contra-incendios tardasen en sofocar las llamas se les podría haber recordado que “no se ganó Zamora en una hora”. Si ustedes, apreciados lectores y lectoras, cambiasen su buena costumbre de pasarse por este humilde blog al no renovar el que suscribe sus artículos cada cierto tiempo, podrían espetarme que “Quien fue a Sevilla perdió su silla”. Comencemos, por tanto, dando causa y origen de estos dichos. Pasen y lean, que “así se las ponían a Fernando VII”

“Se armó la de San Quintín”. Se refiere a la batalla entre lo ejércitos de Felipe II de Habsburgo, monarca español, y de Enrique II Valois, rey francés, el 10 de agosto de 1557 en la localidad francesa de San Quentin (San Quintín). La corona francesa, interesada en los territorios italianos de Nápoles y Lombardía, ocupados por los españoles, se alió con el Papa Pablo IV, que inclusó llegó a excomulgar a Felipe II y a su padre Carlos V (ya retirado en Yuste). Además, el de Valois envió al Duque de Guisa a Nápoles para acabar con la presencia española en esa zona del sur de Italia. Como arriesgada y osada respuesta, Felipe II decidió acometer la invasión de Francia. Logró para ello el apoyo de su esposa, María Tudor, reina de Inglaterra, que secundó la acción con hombres y dinero. Igualmente, puso al frente de las tropas hispanas al Duque de Saboya, Manuel Filiberto, al que le habían sido arrebatadas sus tierras por los franceses. Al poner al frente de su caballería a un príncipe afín, Felipe II, el “rey prudente” (como después veremos, a veces demasiado), inauguraba una nueva forma de hacer la guerra. Su padre no habría dudado en ponerse al frente de sus tropas, pero Felipe II fue quizá el primer estadista totalmente “moderno”, que supo diferenciar entre la figura del monarca y la del guerrero. El ejército que fue capaz de recabar constaba de unos 60.000 soldados entre españoles, ingleses y flamencos (Flandes era uno de los territorios que Carlos V había dejado a su hijo Felipe II). El enfrentamiento se produjo en las inmediaciones de la población de San Quintín, en la Picardía francesa. Por un lado, las huestes del de Saboya, con el flanco derecho al mando de alonso de Cáceres, el ala izquierda formada por el temible tercio de Alonso de Navarrete, y cerrando la formación la caballería flamenca del conde de Egmont (once años después, curiosamente, juzgado y ejecutado por traición a la monarquía hispánica por el Tribunal de los Tumultos fundado en Bruselas por el Gran Duque de Alba). Por parte francesa, las tropas acantonadas en la villa, al mando del Almirante Gaspar de Coligny, y el socorro de 35.000 soldados entre las fuerzas dirigidas por el condestable de Montmorency y las de su hermano Andelot. Las hostilidades llegaron a su punto álgido el 10 de agosto, festividad de San Lorenzo. La línea de batalla, el río Somme a su paso por la citada localidad. Acabada la batalla, con la victoria hispana cimentada en la acertada dirección de sus generales y sus superioridad táctica, las pérdidas del ejército francés se contaron en 6.000 hombres, más otros 6.000 franceses capturados y 5.000 mercenarios alemanes que fueron indultados bajo la promesa de no servir más a la monarquía francesa. Las bajas españolas no superaron los 300. El camino hacia París se mostraba expedito para el ejército español, pero Felipe II, desoyendo las recomendaciones de Luis Filiberto de Saboya, decidió no atacar París hasta no haber tomado definitivamente San Quintín, cuyos habitantes resistieron hasta el 27 de agosto (aquí, como decíamos, se paso de "prudente"). Para conmemorar dicha batalla, Felipe II ordenó construir un monasterio bajo la advocación del santo del día, el actual monasterio de San Lorenzo del Escorial. Tras esta victoria, los españoles volvieron a derrotar a los franceses en la batalla de las Gravelinas, forzando la definitiva (no por mucho tiempo) paz de Cateau-Cambresis en 1558. San Quintín, por tanto, una de las batallas más cruentas y a la vez victoriosas y célebres de la historia de España.

“No se ganó Zamora en una hora”. Esta exclamación, que pide paciencia y prudencia, tiene su origen en el sitio de la citada localidad castellana, que duró siete meses y que finalmente no tuvo éxito debido a la famosa traición de Bellido Dolfos. Pero pongámonos en antecedentes. Península Ibérica, siglo XI. La reconquista cristiana va “viento en popa” como demostrará la postrera toma de Toledo en 1085. Antes, en 1065, Fernando I de Castilla y León repartió sus reinos entre sus hijos: a Don Sancho le dejó Castilla; a Don Alfonso, León; para Don García, Galicia; y a sus hijas doña Elvira y Doña Urraca, Toro y Zamora, respectivamente. Sin embargo, este reparto ni fue bien visto por el mayor, a la postre Sancho II de Castilla y León, que se afanó en conseguir los territorios de sus hermanos. Así, se hizo con Galicia haciendo a Don García prisionero, y obligó a Don Alfonso a huir a Toledo y ponerse bajo la protección de su vasallo el rey Al-Mamún, proclamándose Sancho rey de Castilla y de León. Tras esto, tomó Toro, y, sabiendo de la participación de su hermana Urraca en la huida de su hermano Alfonso, sitió la ciudad de Zamora en el 1072. Los zamoranos resistieron durante siete meses, hasta que un noble zamorano llamado Bellido Dolfos se presentó ante Sancho ofreciéndole la posibilidad de entrar en la ciudad mostrándole las zonas desprotegidas de la muralla. El rey, imprudentemente, acompañó una noche al traidor para conocer de primera mano esos supuestos puntos débiles de la resistencia zamorana. Separado de su guardia personal, el monarca castellano fue presa fácil del tal Bellido Dolfos, que acabó con su vida clavándole una daga. El lugar al que se refiere la leyenda se conoce como “el portillo de la traición” y se puede visitar en esa maravillosa ciudad que es Zamora. Alfonso VI se convirtió entonces en Rey de Castilla y León, y con esto dio comienzo a la archiconocida historia de Don Rodrigo Díaz de Vivar, “el Cid Campeador”, lugarteniente de Sancho II que sospechaba que el asesinato de su señor había sido orquestado por su hermano; ahora su seor el rey Alfonso. Pero eso, como se suele decir, es otra historia.

“El que se fue a Sevilla, perdió su silla”. En este caso la conocida frase es una deformación del hecho histórico que la origina, pues en realidad tendría que decirse “el que se fue de Sevilla, perdió su silla”. En el siglo XV, durante el reinado de Enrique IV “el impotente” (hermano de Isabel la católica y padre, o no, de Juana “la Beltraneja”), el arzobispo de Sevilla Alonso I de Fonseca consiguió para su sobrino-nieto Alonso de Fonseca y Acevedo, en ese momento deán de la catedral sevillana por mediación de su tío-abuelo, el arzobispado de Santiago de Compostela. Esta dignidad, muy importante, no estaba exenta de problemas, pues los nobles gallegos ya se habían enfrentado al anterior arzobispo, Rodrigo de Luna. “Alonsito” pronto se metió en problemas y fue apresado y desterrado por los nobles gallegos por al menos diez años. Alonso I no se conformó con conseguirle el arzobispado a su pariente, para lo que intercedió el propio Rey ante el Papado, sino que le propuso intercambiar sus arzobispados y marchar él a Santiago, cumpliéndose así el destierro mientras negociaba con la nobleza su regreso. Cuando consiguió que la vuelta de su sobrino fuese aceptada, Alonso II decidió hacer caso omiso del acuerdo, y no se quiso mover de Sevilla. Tuvo que ser el propio Rey el que obligase al arzobispo de Santiago acantonado en Sevilla a volver a tierras gallegas y devolver la sede sevillana a su tío. Y es que “Alonsito” decía, como muchos han hecho después, que “el que se fue de (a) Sevilla, perdió su silla (arzobispal, se entiende)”.

Terminamos con el “así se las ponían a Fernando VII”. Tras unas explicaciones tan densas, ésta final será más liviana. Se refiere simplemente al gusto del infame monarca español por el billar, afición que bien pudo cultivar en su dorado retiro (como sabemos, no definitivo) tras vender España a Napoleón. Los miembros de la camarilla del rey le solían colocar las bolas (de billar) para que hiciese carambolas con facilidad, haciéndole creer así que era un experto jugador y tenerlo contento. Hay hipótesis menos deportivas y más deshonestas, pero nos quedamos con ésta, que es la explicación ofical. De todas formas, “lo otro” siendo rey y Borbón (se dice, se centa…), tampoco se lo (se las) pondrían difícil (difici-¿las?, que diría la ministra).
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jueves, 9 de julio de 2009

Frases hechas... a sí mismas

“Se va por los cerros de Úbeda”, “tomó las de Villadiego”, “es más feo que picio”, “ha puesto una pica en Flandes”, etc. Hay muchas frases de uso común de las que todos conocemos el significado, pero no sabemos de dónde vienen o porqué tienen el sentido que les damos al hablar. Sobre estas “frases hechas” comienzo aquí una serie que intentará establecer el origen de algunas de ellas.

Quién sabe, quizá en algún momento algo que digamos quede para la historia y pase al inventario general del habla popular como una frase de uso común. Podremos decir entonces, “eso lo dije yo cuando…”, pero nadie nos creerá, claro.

“No hay tu tía”. Esta expresión se utiliza para expresar que algo es imposible, que no tiene remedio. Viene de la palabra árabe tutiya, que significa sulfato de cobre. Éste era un elemento muy utilizado antiguamente para tratar enfermedades oculares. Así, el término “tutía” se utilizó en el habla común como sinónimo de remedio o medicina, y de ahí el sentido que tiene actualmente la frase “no hay tutía” (lo correcto sería escribir “tutía” así, junto), “no hay remedio”, “no hay manera”.

“Por los cerros de Úbeda”. Esta locución tiene un origen histórico. Alfonso VIII tenía cercada la ciudad de Úbeda, en manos de los almohades, y había distribuido a sus tropas por todos los flancos esperando la orden de ataque. Una de las huestes estaba mandada por un tal Alvar Fáñez “el mozo”, que vigilaba el flanco sur. Cuenta la historia que éste caudillo cristiano se encontró con una bella mora en el río, y digamos que se “entretuvo” el hombre con su mora de la morería dejando de lado sus responsabilidades más tiempo del indicado. Las fuentes divergen sobre si finalmente Alfonso VIII venció en esta batalla o no (lo cierto es que históricamente Úbeda no sería reconquistada definitivamente por los cristianos hasta Fernando III el Santo en 1234) pero la ausencia del tal mozo se hizo notar. Al día siguiente, el rey interpeló a su vasallo sobre la causa de su ausencia en la batalla, y Alvar Fáñez contestó que se habia perdido “por esos cerros de Úbeda”.

“Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”. Esta frase se suele utilizar para declarar la dificultad que entraña enfrentarse al poder en general, y al de la Iglesia como institución en particular. Como todo el mundo sabrá, tiene su origen en el Quijote, sí, pero el sentido que se le da actualmente es totalmente ajeno a Cervantes. En la novela Quijote y Sancho topan (dan) con la Iglesia, sí, pero se refiere a la Iglesia como edificio, como construcción, y no como institución. Sancho contó a Don Quijote que, como él le había pedido, le había entregado una carta a su querida Dulcinea. Esto, por supuesto, era invención de Sancho, pero por no llevarle la contraria a su amo, convino en ir con él al Toboso, pueblo de su amada, y buscar a Dulcinea, a la que Sancho supuestamente había visto (Don Quijote, como bien sabéis, no la conocía) y sabría dónde encontrarla. Llegaron de noche al pueblo, y Don Quijote encomendó a Sancho dar con el Alcázar o Palacio donde vivía su señora. Sancho, en cambio, decía que él la había encontrado en una casa pequeña, en un corral. Don Quijote se mofaba de las palabras de su escudero, asegurando que si la casa era pequeña, más bien sería un pequeño apartamiento que ella tendría adosado al palacio para su solaz, y que lo que él llama corral, teniendo en cuenta su poco mundo y escaso seso, cualquier caballero lo reconocería como un patio de armas o solariego. Así, siguieron hacia el edificio que parecía más grande. Llegando al mismo, por la sombra que su torre dibujaba en el suelo amla luz de la luna, determinaron que se trataba de la Iglesia del pueblo, y no de un palacio. “Con la iglesia hemos dado, Sancho” es la cita literal. Ha sido el uso de la misma el que ha llevado al sentido que tiene actualmente, y que nada tiene que ver con el que se le da en la famosa novela.

“Esto parece la Casa de Tócame Roque”. Esta frase expresa una situación caótica, donde reina el alboroto. Tócame Roque no era fue una persona, sino que fue eso, una casa de vecinos, una de esas antiguas “corralas” de Madrid, que al parecer se hizo famosa por los desórdenes y la agitación que se vivía en la misma. Quien la inmortalizó para la posteridad fue don Ramón de la Cruz (1731-1794)en su sainete La Petra y la Juana o el buen casero. Aunque dicha casa fue derribada en 1850, aún hoy se recuerda dónde estaba situada.

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